El garaje está vacío. La bicicleta no está. Alberto abre la puerta que da a la calle, mira hacia ambos lados, camina hasta los jardines linderos. Se rasca la cabeza, retorna al garaje y queda parado frente a una pared de ventanucos con vidrios de colores. Palpa el espacio donde debería estar la bicicleta, mueve las manos por el aire y se sienta en el piso. Mete su cabeza dentro de la capucha de su campera y queda así, hasta que oscurece.
Se enciende una luz, y el bulto en el piso se mueve, se irgue, trastabilla y se encamina hacia la puerta metálica de tres hojas. Gira el picaporte, atraviesa el umbral, entorna la puerta. La llave queda puesta del lado interior del garaje. Alberto camina tambaleante. Deja la vereda y continúa su marcha por el medio de la calle. Las luces de los faros de un vehículo suben y bajan, el conductor hace sonar la bocina, pero Alberto continúa sin siquiera girar la cabeza hacia atrás. En la esquina, se escucha un insulto y el frenético doblar del vehículo hacia la derecha, derrapando sus neumáticos en el pavimento.
Cruza la bocacalle con pasos inseguros, aunque continuos. Un muchacho se le acerca, lo toma del brazo y lo conduce hacia la vereda. No se resiste, se deja conducir. El muchacho le habla, le señala por dónde debe caminar y Alberto asiente con un movimiento de cabeza. El muchacho se queda apoyado en el tronco de un árbol y lo ve irse.
Alberto llega a la esquina y dobla hacia su derecha. Sigue con su paso inseguro, como si quisiera detenerse. De pronto, toma impulso, trota, llega hasta el costado de la iglesia y entra. Algunos fieles oran. No se ve al cura párroco. Una mujer barre detrás del altar. Hacia ella va. La mujer detiene su tarea y con señas le indica una dirección al costado del altar. Con paso decidido, Alberto se introduce en una habitación.
Diez minutos después, sale el cura, de altura descomunal, abrazando a Alberto por el hombro e indicándole la puerta de salida. Algunos fieles siguen sus pasos cuando se retira cabizbajo haciendo un ademán de saludo con su mano levantada.
Cruza la esquina en diagonal y se para frente a la carnicería. El negocio está cerrado, con sus persianas metálicas bajas. Alberto golpea el vidrio con los nudillos, una dos cinco veces. Una luz se enciende y una mujer se acerca a la vidriera. Mueve su cabeza, reitera el gesto una y otra vez. Alberto permanece impasible. La mujer apaga la luz. Alberto insiste con sus golpes, acompasados, sistemáticos.
El patrullero se detiene junto al cordón de la vereda. Los dos policías se bajan. Alberto habla, gesticula, señala el costado de la carnicería; los policías lo escuchan, lo invitan a subir al patrullero. Recorren varias manzanas del barrio hasta que se detiene frente a la casa del portón metálico de tres hojas. Se baja Alberto y el patrullero se pierde en la noche.
Alberto entra al garaje y se queda mirando el espacio donde debería estar la bicicleta. Se toma la cabeza con ambas manos, se estira el cabello, sacude su cuerpo y, otra vez, se desparrama en el piso.
El sol entra por uno de los ventanucos del garaje. El bulto en el suelo se mueve, se despereza, se levanta y otra vez se encamina hacia la calle.
Posa
sus manos en un manubrio imaginario y acelera su paso, trota. Ahora
sí sonríe, por el medio de la calle.
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