El Toro grande

Apócope o apodo de su apellido y para diferenciarlo de sus dos hermanos, Raúl y Arnoldo, así le quedó; su nombre era Rodolfo, lo cierto es que en la memoria sobrevive ese apodo y desde ahí lo rememoramos. El conocimiento cabal o la relación más intensa se dio en esos meses desde octubre del 76 hasta marzo del siguiente, meses más o meses menos, que compartimos la celda en Sierra Chica, el Pabellón 11, celda 45. Antes era un compañero más de la ranchada, apenas un trato de pertenecer al mismo espacio político, de saber de sus hermanos, uno en cada organización, más jóvenes, bastante más jóvenes que él y ese desconocimiento ocurría porque aún en la cárcel se mantenían los tabicamientos, medidas de seguridad estrictas, sobre todo de lo que cada cual hizo, de sus acciones apenas si sabíamos a qué causa pertenecía y hasta ahí nomás. En nuestro caso, eso interesaba aún menos o no tenía obligación o necesidad de saberlo.

Sin embargo, cuando lo reconocí al llegar al pabellón 8 de la penitenciaria cordobesa pudimos hablar algunas palabras para convenir que alguna vez, unos cuantos años atrás, habíamos compartido una tarea, mejor sería decir, un encuentro donde se leyeron las resoluciones del quinto congreso del PRT, discutir sobre eso, empaparse de la ideología y los principios básicos, cuando uno recién asomaba la nariz, se interiorizaba en las plataformas políticas de las organizaciones y corrientes políticas innumerables. Fue una tarde en una casa de estudiantes, no era una casa operativa, ahí cerquita de la Vélez Sarsfield por la Fructuosa Rivera o alguna calle aledaña. A media cuadra de la avenida, en una cocina comedor entre mates y criollitos se leyó el Quinto Congreso y estaba el negro Raúl, estaba el Piro, dos o tres más y entre ellos este muchacho trigueño, de mirada estrábica, de gestos duros que, en algún momento, hacia el final, tocó la guitarra, temas de Killapayún, de Viglietti, de Atahualpa, y la reunión se hizo peña y es posible que se haya repetido alguna vez más, pero sería inventar una sucesión cuando a lo mejor fue esa la única vez.

Pero si viene a la memoria el Toro grande es por la conmoción compartida cuando tras un traslado incierto en un Hércules, un recibimiento de golpizas y gritos e insultos en un establecimiento carcelario incierto nos depositaron en una celda de esas tantas veces vistas en películas. Un techo abovedado, una gruesa puerta con pasa plato y mirilla vigilante, un ventanuco allá arriba, que exponía el espesor de las paredes, cincuenta centímetros o más, la cucheta a un costado, el hueco junto a la puerta para las necesidades fisiológicas, y lo que llamábamos burra, para enceres y ropa y una mesita empotrada en el otro rincón. Habíamos llegado con barba y pelo de seis siete meses, con esa única ropa puesta, con la mugre de los meses, con el cuerpo dolorido, el futuro incierto, el aislamiento total, carente de noticias de la familia y apenas datos sobre la realidad del país. Sin saber de la suerte corrida por tantos amigos, compañeros, parientes. Limpio, tras el baño con agua helada, de esa mugre acumulada, luego del pasaje por el peluquero al ras y provisto del uniforme gris o marrón grueso tras el paso por pañol, ahí quedamos con el Toro, aliviados y en desconcierto. Fue esperar que las aguas se calmaran, que se oyeran los cerrojos del pabellón para trepar hacia el ventanuco y buscar alguna señal de ubicación; era cerca del mediodía y con todo el riesgo de ser detectado por la mirilla fatal trepé hasta el ventanuco y vi, a veinte, treinta metros, medio como sentado en el ventanuco, a un muchacho, tomando mates o fumando; tal vez estaba asomado y veía su mate y el humo del cigarrillo. De inmediato, fue la comunicación con el lenguaje de las manos. ¿Dónde estamos? Y el compañero del mate responde, rápido: Sierra Chica. Fue bajar de un salto y abrazarnos con el Toro, no habíamos sido trasladados a un penal militar, sabíamos que de esos lugares no se volvía. Treparse otra vez para continuar la comunicación y enterarse que podríamos tomar mate, tener cigarrillos, recibir visitas, escribir cartas, una cantina, una enumeración de beneficios que era imposible de asimilar de un solo golpe. Esos abrazos con Toro son abrazos de los que retornan de la muerte. Así lo vivimos. Hasta ese mismo día, en Córdoba, esperábamos al día siguiente para al menos vivir un día más. Ahora sabíamos que estaríamos vivos, que la vida continuaba, aun presos, pero teníamos más o menos la vida garantizada. No pensábamos en la libertad, era una entelequia inimaginable. Ya vendría el tiempo que apurarían los deseos de andar por las calles, en libertad. Entonces, lo que vino a partir de ahí fue una gracia del existir, cada cosa que se incorporaba a nuestra vida en común era un grito de felicidad, el primer mate, los cigarrillos compartidos, la escritura de una carta para la familia, el recreo y el abrazo con el resto de los compañeros. Todo eso lo vivimos en intensidad con Toranzo, el más grande de los hermanos. Después vinieron las lecturas, los aprendizajes, la enseñanza de la música, de los acordes de la guitarra con anotaciones matemáticas, porque es de decir que el Toro era un tipo con una inteligencia superior, aunque tuviera ciertas dificultades para expresarse con locuacidad.  No podría precisar los años que tendría, aparentaba unos cuantos más que nosotros, quizás rondaría los treinta y no recuerdo si había formado una familia. Supe que después sí, pero lo datos se quedan imprecisos. Tengo en la memoria como un tic, una manía involuntaria de hablar  y cuando estaba más concentrado sacar la lengua o revolearla por la boca como si trabara palabras, como si las palabras se le encajaran en la garganta, siempre con el gesto reconcentrado, severo,  de sonrisa difícil pero es como si llevara el peso de una estirpe, porque él venía de pueblos de piel curtida, de pelo renegrido, de manos hechas  en el trabajo, esa mirada desde los ojos oscuros penetrante, viva, con toda una historia por detrás. Esos meses fueron de cantos, de recorrido del folklore, de conversaciones largas sobre la vida, sobre el futuro, sobre los sueños. Pasamos las horas extendiendo el reducido espacio en el que nos movíamos, agrandándolo con la gimnasia prohibida, con las ceremonias del mate, la lectura de un diario, los comentarios, el compartir una carta recibida, la vida profunda que se vive en una celda con alguien al que apenas se conoce pero que hay algo superior que te une y que ese encuentro te hace indestructible. Así fue ese encuentro con el Toro, que a los pocos meses un desbande de presos a distintos pabellones con variadas peligrosidades según su calificación, nos cambió de pabellón, ni siquiera compartimos un recreo y vinieron otros traslados a cárceles y fuimos recuperando la libertad. Pero al Toro no lo vi más. Un Toranzo con quien compartimos el dolor por el asesinato de  Arnoldo Higinio,  Torancito, su hermano menor, uno de los veintinueve Héroes de la Penitenciaria de Córdoba, es más joven de todos los fusilados, con apenas diecinueve años. Pude encontrarme alguna vez con su otro hermano, el que vive en San Luis.

Por Federico supe de su derrotero, de su andar por las ligas Agrarias del Chaco, por el Impenetrable, con proyectos de escrituras, no importa, el Toro anda por ahí, en la vida, porque tenía la impresión de que no soportaría tanto dolor, además de provenir de una familia muy humilde, de allá de San Francisco del Chañar, del norte cordobés, con otra hermana secuestrada y desaparecida, en fin, algunas noticias nos llegaron vía Federico que compartió con él alguna experiencia reciente, y lo dejo andar, porque en el recuerdo quedan aquellos abrazos enérgicos, con los que festejamos la esperanza de seguir viviendo tras el terror de la Penitenciaria. Sin duda ese día fue un antes y un después, un parte aguas de esos que abren un capítulo de la existencia. Quizás por eso la figura del Toro grande se agiganta aún más porque no fue en soledad que supimos que la vida seguiría, fue en la palabra, en el abrazo y en la mirada que nos fundimos para sonreír aun en esas circunstancias.

La foto de la entrada es de 2017.  A la derecha están abrazados, Raúl y el Toro grande, Rodolfo. La mujer es la hermana Elda y su compañero.

 

 

 

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