La llegada a Sierra Chica fue retomar
la ilusión de que aun podríamos conservar la vida. La libertad era una
entelequia, ni por asomo podíamos ponernos a pensar en que algún día
volveríamos a la calle. De a dos nos ubicaron en el pabellón once a todos los
que nos sacaron de la Penitenciaria de Córdoba, recuperamos algunos derechos,
aunque ese pabellón era considerado en principio como el de los irrecuperables.
Así nos habían catalogado, los recuperables, los recuperados y los
irrecuperables, para la sociedad, para la vida.
A los pocos meses hubo un
movimiento general de presos, intercambios de pabellones, reorganización de los
tres o cuatro pabellones de presos políticos, los que llegamos de Córdoba y
otros que ya estaban de antes o vinieron después de otras cárceles. Hubo
entonces cambios imprevistos y fui a parar a un pabellón considerado de
recuperables. Significó un inmediato cambio de régimen, más horas de recreo, de
visita, entradas de diarios, más cantinas, mejor atención médica, biblioteca,
y, además una hora de televisión, y una hora de futbol en la cancha grande del
penal.
Allá fuimos, césped, aire puro,
dos equipos, un partido increíble y todo lo que ello implicaba en la conciencia
de cada cual, sin duda eran las zanahorias que nos ponían por delante para ver
si acaso queríamos más beneficios, porque a juzgar por el pedigrí político, el
prontuario real de muchos de los que jugamos esos dos o tres partidos nos decía
que estaban equivocados en las calificaciones o catálogos de la peligrosidad o
era alguna estrategia de desgaste. Lo cierto es que fue inaudito, inolvidables
esos partidos de mañana, una cancha de once, despuntamos el vicio del futbol
que en la cárcel de penitenciaria la cancha era el mismísimo patio de recreo,
de tierra y curvo, ya lo hemos contado.
Las sensaciones que se guardan
nos dicen de una cancha inmensa, un verde cuidado, y si bien estaba dentro del
perímetro de la cárcel, con su muro inviolable, altísimo, parecía que
estuviéramos en una plaza, al aire libre, con el juego de los niños y los pájaros,
porque es posible que la memoria, haya borrado la presencia de “cobanis”
vigilándonos, ni se recuerda que hubiera un árbitro que pusiera juicio en el
partido. No se recuerda puntualmente a ningún compañero jugando. A l mejor
estuvo el Mirmi, el Almendra, el Pelado, el Juancito, el Dico, quién lo sabe.
Estuvimos todos jugando ahí, jóvenes que volvimos a ser libres corriendo tras
de una pelota, quizás hasta olvidados de la presencia ominosa del muro y su abrupta
ruptura, barrara con la libertad.
Por supuesto que duró lo que un
pelado en la nieve, hubo una nueva reorganización y fuimos a parar al de los
irrecuperables, ni el más peligroso, pero por ahí andábamos, Claro que del
mismo modo había perejiles y militantes, y en los recuperados quedaron varios “cabecillas”.
El desconcierto no era tal, tal vez nos reímos de eso, porque a la postre
seguíamos estando presos y dentro de todo, las condiciones eran al menos de
sobrevivir en todos los pabellones.

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