Pedro Ramírez, el de La Banda

 

Él era el más niño, Pedrito, posiblemente fue detenido cuando aún no era mayor de edad y uno tiene en la memoria una historia de dolor y ausencias, de padres imprecisos, de hermanas mayores que lo criaron, de dolores, con sus dibujos magníficos, con sus poemas y escritos cargados de marcas, tristezas, carencias, deseos, como un sufrimiento que se expresa en palabras. Fue intenso, me llevé varios escritos entre las pertenencias que pude sacar de la cárcel, y busqué afanosamente estar en contacto con ellos, que no los olvidaba, lo estuvimos con las limitaciones obvias y al Beto no lo vi más, llegaron cartas de su padre, envié cosas a su casa y con Pedro quedó ahí, salió, hubo escritos que conservo, ahí contaba sus dolores, como si al recuperar la libertad hubieran quedado intactos las llagas, las heridas, las ausencias, como si hubiera entrado en un estado de alienación, desesperación, de no encuentro con la vida. A lo mejor exagero, a lo mejor no, bastaría con releer los textos y confirmar. Lo cierto es que hubo un viaje cuatro o cinco años después de la libertad hacia La Banda y no sé si pudimos encontrarnos, si acaso fue un abrazo fugaz o si tal vez nada. En un viaje posterior anduve merodeando con un vehículo cargado de humanos por la supuesta calle de su casa y tampoco hubo nada. Pasaron los años y otro amigo (que también tendrá un texto largo), me dijo que se encontró con él en La Rioja en un festival y que me mandaba saludos. Fue como saber que aquella amistad nacida tras las rejas estaba intacta y le escribí y tuve una respuesta y así siguió, que era padre, que se recibió de abogado, que fue secretario de cultura de La Banda, que es escultor, y ya en la época de las redes, nos enredamos por ahí, con textos, mensajes de salutación, de promesas de encuentro, y lo veo en la foto, un hombre grande, no es el alfeñique debilucho, ingenuo de aquel recuerdo, parece ser un hombre duro que tiene expresiones  inapelables, que no tolera las debilidades, los dobles discursos, a los tibios, aunque se nota que no ha perdido esa sensibilidad de niño dolorido. No hubo más encuentros físicos, es posible que nunca nos hayamos visto y que no nos veamos salvo se den las circunstancia, quién sabe, si insistimos, si vemos que vale la pena, es posible que hagamos alguna vez el esfuerzo de andar por las cercanías y darnos ese abrazo, conversar un rato, sabernos vivos y seguir cada cual con la mirada que tiene del mundo, de la vida y del momento que atravesamos como país.

 

Debería rastrear las anotaciones en las redes, los mensajes intercalados, lo que nos enviamos, quizás solo para darle más espesor de extensión a la semblanza. Porque lo cierto es que este amigo, este hermano quedó ahí clavado como una foto en el portarretrato de nuestra mesa de luz selectiva. Quizás no sea recíproco, vaya uno a saber cómo se nos anidan los recuerdos a cada ser humano. Podría seguir, rescatando los momentos que se nos vienen cuando uno se deja ir hacia el pasado. Importa saber que esos afectos encerrados, esos abrazos de pabellones, esa intensidad de la palabra, del saludo, del abrazo, la palabra que consuela, la que alienta, o la que comparte esa visita reciente, esa carta que nos llegó, esa noticia que nos mantiene vivos y esos intentos de acercarnos al arte literario, a la palabra poética, marcada, manchada con ese dolor cotidiano que solo nuestra fuerza juvenil, nuestros sueños utópicos hicieron posible que no nos dañaran tanto, que al menos nos dieran el aire para seguir respirando la vida, que de eso se trató ese tiempo: sobrevivir para que la vida no se nos fuera con la libertad que no teníamos.

 

 

No hay manera de precisar cuándo compartimos la cárcel, lo que sí es seguro que los últimos meses que estuvimos en el penal de La Plata, antes de la libertad fueron los días más intensos de nuestra relación, conjuntamente con el Beto Lalli, de Zárate.

La intensidad del afecto, las confesiones, los intercambios de sueños y creaciones, hacen pensar que el tiempo de convivencia fue muy largo, y en la imaginación lo extiendo desde la primera llegada a La Plata, que luego continuó en Caseros y se consolidó otra vez en La Plata. Y a lo mejor solo fue durante la última estadía ahí, en los meses previos a la libertad. Tal vez quedó la fortaleza del encuentro, en esa trilogía que formábamos con el Beto.

 

Es posible que nos hayamos conocido en Caseros, a lo mejor las cartas nos permiten precisar las fechas y los lugares, pero eso poco importa porque son más de cuarenta años los que pretendemos traerlos a la memoria de hoy con precisión quirúrgica.

 

¿Y cómo apareció Pedro, Pedrito en nuestra vida carcelera? Sería porque era más chico, uno de los de más corta edad, sería porque parecía desprotegido, que había sufrido mucho, que el entorno familiar de tías, o hermanas mayores, que lo cuidaron y sobre todo por su capacidad de dibujar, de escribir poesías, textos reflexivos que nos intercambiábamos y convertimos esa estadía dolorosa en un taller de crecimiento espiritual, de compartir textos, lecturas, charlas interminables de promesas de amistad para toda la vida. Quedó en el corazón y en el alma como una de las relaciones más profundas que pudimos construir. Y así quedó flotando en libertad, con las ganas de darnos esos abrazos que forjamos detrás de las rejas, de continuar con los sueños construidos en textos, en frases, en dibujos, todo girando en un mundo feliz que nos esperaría con la salida de esa prisión que nos hizo madurar de golpe, nos salteamos años de formación y la vida que nos aguardaba, cualquiera fuera, sería una maravilla comparada con lo que se puede vivir detrás de rejas y paredones.

Y las cosas no fueron como pensamos, apenas unos intercambios de cartas, ya en libertad,  a él se le demoró su salida, quizás un año más y fue entonces que supimos de su retorno a La Banda y nos llegamos hasta allá, en un viaje memorable a dedo con el hermano menor que ya no está y no sé, no recuerdo que ocurrió, tal vez no estaba en condiciones de recibirnos, o nos recibió y fue algo muy formal, no lo recuerdo, porque iba con compañía de Walter, justo estaba un partido memorable de Estudiantes de Río Cuarto, que sirvió de excusa para el viaje, fuimos a la cancha, ganó el local y después nos volvimos. Recuerdo esa tarde que llegamos, que dormimos a las orillas del rio Dulce, cerca del puente que cruza desde Santiago a La Banda.

Allí están los registros fotográficos de ese viaje, de paisaje, de la carpa naranja junto al río, pero lo llamativo es que no hay ninguna foto con Pedrito, nada.

 

Podríamos volver a la cárcel, de hecho, que no es la nostalgia la que manda, al contrario. Se trata de rescatar escenas vívidas de esa relación intensa que construimos sumado el Beto. Sí, era compartir lo que se tenía de afectos, las inclinaciones por un poema, una canción, los dibujos sufridos de Pedro, las humoradas de Beto, éramos tres hermanos compañeros que nos servíamos de apoyo, de consuelo, de alegría compartida ante cada buena noticia. Por eso recuerdo tanto mi salida desde La Plata, con el dolor de dejarlos a ellos, que me dieron algún regalo, qué bueno sería reconstruir esa relación con los detalles que nos quedan, o que aparecen seguramente en ese imaginario encuentro, aparecerán hechos olvidados y es posible que mucho de los que digamos sean sueños, invenciones, cosas de la memoria buena que se empeña en no dejar que se borren las mejores cosas de la vida. Porque sea como fuere, ese tiempo con Pedro fue una de las cosas memorables de la existencia.

Nos viene el recuerdo de su paso por la Penitenciaria de Córdoba, como rehén de los genocidas, el maltrato especial que sufrió en esos traslados, eso está en la nebulosa, pero es como si ese miedo, ese susto, ese haber estado tan cerca de la muerte siendo casi un niño le hizo una mueca triste permanente, que apenas si disimulaba su sonrisa, o su risa sonora.

Después la vida nos puso en camino, a los tumbos, tratando de que la realidad se pareciera a los sueños construidos, nada de eso ocurrió, pero lo cierto es que por lo que sabemos y sentimos tras cuarenta largos años ninguno ha dejado de ser aquel que fue allá en la cárcel, no se renunció a los principios, y más o menos renegados o esperanzados, estamos de pie, siempre a la espera de esa utopía de un mundo mejor.

Vinieron muchos años de silencio, de nada saber, no había internet, ni correo electrónico, y el teléfono tampoco era viable, las cartas se fueron espaciando hasta desaparecer, ahí están de testigos algunas escritas en los inicios de la democracia.

Allá por el 2000 fuimos a Santiago a un encuentro de poetas, íbamos varios en delegación, fuimos en mi vehículo cinco escritores y otros dos en colectivo, una experiencia inolvidable y andando los siete crucé el puente, anduve merodeando por la calle donde supuestamente vivía o vivió Pedrito, pero no lo hallé o no insistí mucho porque la situación no me lo permitió. Solo que en alguna de las tardes o noches del encuentro leí algunos de los poemas, uno de ellos dedicado al santiagueño más venerado, al turco Moukarzel, y otro leído inspirado en la figura la historia, la amistad especial con Pedro, el de La Banda.

Hasta que muchos años después supe de él por un encuentro en La Rioja con el Negro Toledo, él me trajo sus saludos, sus abrazos, y supe que cumplía una función importante en el gobierno de su ciudad, secretario de Cultura y ya con las redes algunos intercambios de correos, de mensajes, de audios, casi sin conocernos en nuestro derrotero, o apenas, sé que se recibió de abogado, no era eso lo que me hubiera imaginado de él, todo mi mundo idílico de amor y futuro con mi pareja e hija se vino a pique, aunque luego reencontré el amor y la vida, y los hijos y ahí estamos siempre, poco importa esto. Completaremos con datos escritos, con registros de cartas o recuerdos esta semblanza y si acaso creemos que vale la pena irá de alguna manera a Pedro Ramírez, el Pedrito de La Banda.

 

Vengo a la tierra de Pedro

el de La Banda.

Niño Ramírez

benjamín de poetas.

 

Vengo a rastrear tu itinerario

de dibujos y palabras arrinconadas

de espanto.

Quiero saber si te has curado

después de tanto oprobio.

 

Vengo por tu abrazo que no hay olvido

Pedrito, amigo, santiagueño.

Estás conmigo.

 


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