No fue fácil llegar a Mar del
Plata, un desvío de nuestro plan original de seguir hasta Brasil. No podemos precisar el día que salimos
hacia allá, pudo ser el 24 de septiembre. Nos había
sido simple llegar a Buenos Aires. Ahí nos encontraríamos con otros mochileros,
con Carlitos especialmente. En Buenos Aires nos relacionamos con Alejandro un
muchachito de cierta alcurnia, quien tenía un amigo o familiar que le prestaba
una casa en Mar del Plata, en el barrio de Los Troncos y nos invitó, que
podíamos parar en esa casa.
Es posible que lo hayamos conocido en la ruta de salida hacia Mar del
Plata, haciendo dedo y nos sumamos, porque nos fueron llevando camiones o
vehículos hacia nuestro destino.
Salimos a dedo y la primera
detención ocurrió en Las Armas. La policía caminera nos condujo hasta la
comisaría por averiguación de antecedentes: registro de nombres, el primer interrogatorio que tendríamos a lo largo del
viaje, cordobeses, habían sucedido el Cordobazo, todos éramos sospechosos. No
pasó de eso, pero quedó en la memoria; habremos estado algunas horas y
continuamos el viaje, llegamos a la ciudad y nos encaminamos hacia la casa en
el barrio Los Troncos.
Y la imagen que convoca a este
recuerdo es cuando íbamos caminando por la avenida costanera, alejada unos cien
metros de la costa, como en una curva, por una vereda cuyas casas me
sorprendieron por su tamaño, belleza y cuidado. Dimos en tapera en la casa amiga. Estábamos
frescos, recién salidos, llevábamos una especie de bolsas de dormir, por lo que
habremos dormido en alguna estación de tren o cerca del mar. No creo que haya
sido a la intemperie, porque era septiembre, naturalmente frío en Mar del
Plata, pero lo pasamos.
Habremos salido de inmediato en busca de comida, imperiosa. Recuerdo
ofrecernos en un restaurante al lavado de platos o lo que fuera a cambio de
comida. Es posible que ya en ese entonces surgiera el mangueo de cigarrillos en
la calle.
Esa noche, andando con los
bártulos a cuestas, Rafael u otro entró a manguear un plato de comida en un
comedor de una esquina céntrica y volvió con una fuente de tallarines o pastas
con pan que nos cambió el ánimo.
Algo de dinero llevábamos, digamos que al precio de hoy serían cien mil
pesos, un poco más, y Rafael tuvo la idea de duplicar esos magros morlacos en
el Casino. Cómo no entrar al Casino de Mar del Plata. Allá fue Rafael porque era
el único mayor y tenía saco, su saco de gamuza marrón oscuro. Encaró y
lo frenaron en seco. Volvió por las
escalinatas. Debía entrar con corbata. Así fue que se anudó el cinto en
el cuello de la camisa floreada, y pasó, no pudieron detenerlo, para volver a
la media hora habiendo dilapidado todo el capital que contábamos para cualquier
emergencia. y se adosó el cinto como
corbata, no lo pudieron detener. Entró, habrá estado media hora y salió. Había
perdido hasta el último centavo, desde ese momento estábamos secos bien secos y
todo lo que necesitábamos para sobrevivir: la comida, los vicios
y el alojamiento debería llegar con el ingenio, la limosna, el mangueo o la
actuación musical de Rafael, porque
en ningún momento se nos ocurrió ni pasó por la cabeza robar, hurtar, quedarnos
con lo que no era nuestro. Habremos conseguido algo más en algún boliche donde
Rafael se ofrecía como espectáculo, dos o tres días apenas y a dormir en la
estación de tren con interrupciones porque la policía nos corría, hasta que
apareció el Rengo y desde ahí supimos que podríamos reemprender la marcha en el
próximo tren que salía rumbo a Buenos Aires.
No hay precisión en la memoria respecto a cuándo conocimos al Rengo. Pero
es de suponer que fue en la estación de tren de Mar del Plata donde nos corrían
los guardias y la policía, no podíamos quedarnos a dormir ahí. Supongamos,
entonces que fue ese el momento en que lo conocimos al Rengo, que hubo un viaje
hasta Capital y después otro hasta Rosario, ese ya contado, que lo incluiremos
acá para darle continuidad al relato. El Rengo nos propuso viajar con él hasta
Buenos Aires, y es ahí cuando nos adiestra en viajar en el fuelle. Jugados como
estábamos, sin un mango y con sueño, esperamos el tren que partiría en pocas
horas hacia la Capital. Estábamos Rafael, Alejandro y yo, quizás alguien más
que lo perdimos en la memoria. El Rengo, un muchacho de tonada indefinida,
rengo con una pierna torcida nos instruyó sobre cómo sería viajar hasta Buenos
Aires sin pagar, en fuelle. Consistía en subir juntos a un vagón, sentarnos
como cualquier pasajero y cuando aparecía el guarda reclamando los boletos (lo
veníamos viendo o lo anticipaba el movimiento del vagón continuo), con disimulo
nos levantaríamos, iríamos hacia el fondo del vagón, saldríamos al exterior y
nos encontraríamos en el fuelle que une a los vagones. Por un costado
treparíamos al techo y caminaríamos por él en sentido contrario a la marcha del
tren, nos bajaríamos en la otra punta, por el fuelle, calculando que el guarda
ya hubiera pasado por nuestro vagón, nos tomaríamos el tiempo arriba, y
volveríamos a sentarnos. Si acaso volvía el guarda deberíamos hacer el mismo
procedimiento. Pero nada de eso pasó, salimos, subimos al techo, bajamos por el
otro extremo y llegamos a Buenos Aires y es ahí donde el Rengo nos invita a
continuar ese día o el siguiente hasta Rosario. Nos cuenta que él viajaba por
el país así, solo o en compañías y que nunca tuvo problemas. Así que decidimos
continuar con él, ordenamos los bártulos, ya estábamos en plena marcha hacia el
norte, con destino posible de Brasil.

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