Esta etapa del recorrido ha sido repasada una y mil veces, se ha intentado
armar un texto narrativo con sus avatares, El Rengo, tal vez otro nombre y
podría adjuntarse a todas estas vivencias. Pero ahora la contaremos sin
ficciones, digamos que no inventaremos nada que no haya ocurrido, porque con lo
vivenciado desde esa noche que salimos en tren desde Retiro rumbo a Rosario,
hasta que dejamos la ciudad diez o quince días después hay mucha tela para
cortar. Ya estábamos aleccionados, habíamos viajado desde Mar del Plata con las
instrucciones del Rengo, es posible que hayamos pernoctado en Plaza
Constitución (o en Retiro) y tomamos el tren que salía a la noche rumbo a
Rosario. Trescientos kilómetros por delante serían cinco, seis horas de viaje,
llegaríamos de madrugada. Ubicados en un vagón, disimulando entre nosotros,
sentados en distintos asientos, salió el tren, aguardamos la señal del Rengo y
cuando ocurrió rumbeamos hacia los fuelles, no solo éramos nosotros, el
movimiento de fuelleros era intenso, y trepamos al techo del vagón. Algo duchos
ya, nos paramos de espaldas a la marcha del tren, el Rengo bailoteaba, hasta
que hubo una seña, urgente, vemos que el Rengo se tira de panza al techo del
vagón, sigue con las señas y fue darse vuelta y ver ahí nomás un puente
inesperado, fue tirarse sin miramientos, y sentir sobre nuestras cabezas un
zumbido atroz, el que nos hubiera estampado contra los hierros, ya bien que no
lo estaríamos contando. Después nos reiríamos, nos acordaríamos del
Correcaminos estampado en puentes parecidos. Lo cierto es que el susto duró un
largo rato, Alejandro quedó tieso, inmóvil, no había forma de pararlo, teníamos
que bajar y a los empujones pudimos descender por la otra punta, volver a
nuestros asientos y dejar que el tiempo transcurriera. Tratábamos de no estar
juntos, pero era inevitable. El Rengo iba hacia el vagón bar comedor, hacia los
baños, nosotros conversábamos con otros pasajeros, muchos se dieron cuenta de
que éramos polizontes, pero nadie se le ocurriría delatarnos. Hice una buena
relación con un hombre de más de treinta, profesor universitario, mis bártulos
estaban en el mismo asiento, es posible que Rafael sacó la guitarra y cantó para
el vagón. Había una consigna que nos enseñó el Rengo, el guarda pasaría a
recoger los boletos de los que se bajaban en estaciones cercanas, por ejemplo,
en San Pedro, o San Nicolás. El tren iba más lejos, es posible que llegara
hasta Resistencia en el Chaco, así que cuando venía el guarda, decíamos que
bajábamos en Rosario, nos miraba y seguía picando boletos. Cuando estuviéramos
cerca de Rosario debíamos otra vez subirnos repetir la escena del fuelle. Así
fuimos, dormitamos, alerta a todo, hasta que entrando a Rosario, sin que nos
percatáramos, entró el guarda, y fue directo al Rengo, que dormía a pierna
suelta, hasta roncaba, lo despierta, le pide el boleto, el Rengo no le contesta
y fue el silbato del guarda, y fue mirarnos a nosotros mientras el tren, su
locomotora, hacía sonar su entrada, un
ritmo lento entraba a la estación y el guarda llamando a los policías de la
estación, y fue el desparramo, con el coche aún en marcha, apenas se movía,
saltamos al andén y a correr. Corrimos una cuadra, cuando vemos que otro nos
corre, viene atrás a los gritos y alcanzamos a escuchar su voz que nos
detuviéramos. Era el profesor que nos alcanzaba uno de los bolsos que en la
huida nos habíamos dejado en el tren. Así fue la entrada a la Chicago
argentina. Serían las tres de la mañana, de inmediato encontramos en las
cercanías una boite, un club nocturno, allí fue Rafael, cantó, obtuvo alguna
paga mientras nosotros lo esperábamos en la puerta, y ahí llegó la policía,
documentos, acusación de merodeo, cualquier acusación y fuimos a parar a la
central de policía, incluido el músico que tuvo que suspender su actuación para
acompañar el procedimiento. Era el 29 de septiembre, al otro día fue el Censo
Nacional. Allí pasaron los censistas y nos registraron, por supuesto que no fue
graciosa ni liviana la noche en la central. De alguna manera teníamos noticias
de la dureza, la crueldad de la policía de Rosario. Lo primero que hicieron fue
separarnos, incomunicarnos entre nosotros y cuando supieron que tenían dos
cordobeses, uno estudiante universitario, el interrogatorio se hizo más
profundo en una sala de interrogatorio, con esa luz en la cara, preguntas a
quemarropa, que los sindicatos, que los comunistas, a qué organización
pertenecía, si habíamos estado en el cordobazo, ser cordobés, joven, estudiante
era suficiente sospecha. Por supuesto
que nos hicimos los perfectos idiotas, ni una palabra, hippies y punto. A Rafael
y Alejandro les fue más cómodo, pasamos la noche, vino el censo, nos dieron
algo de comer, nos devolvieron los bártulos y salimos ya con el salvoconducto
de haber sido registrados por la policía a recorrer Rosario. Por supuesto que
lo primero fue llegar al monumento a la Bandera, ordenar algo de comer, buscar
las direcciones que contábamos ahí, una de ellas era la de una amiga de Rafael,
una chica que estudiaba óptica en Rosario, quien nos recibió en su departamento
y nos ubicó por las cercanías como para permanecer un par de días recorriendo
la ciudad. Es poco lo que queda en el recuerdo, pero sí un viaje en bote por
uno de los lagos cercanos en un parque gigante arbolado en la periferia de la
ciudad.

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