Hacia
el andén
Acá
puse todo que me interesa llevar, me cabe en este bolso marrón, en esta bolsa
de plástico. Ya el frío de la tarde me persigue, como me persiguen los
fantasmas. Preguntaré por dónde ir, aunque me sé el camino de memoria. Me
están llamando de allá, de donde vine, a dónde nunca pero nunca quise volver.
Llegué en el tren de la tarde hace treinta años y en ese tren me volveré. Dicen
que en treinta años se han muerto mis amigos, dicen tantas cosas que nada sé.
Veo cómo se ha descascarado la estación, cómo se fueron descascarando los
sueños. Solo iré a mi punto de llegada, allí esperaré el tren que me lleve de
retorno a mi casa. Nunca quise volver sobre mis pasos, aunque el camino me
quedó en la memoria, lo caminaré a contramano, iré reconociendo las señales de
la ciudad que me recibió. Había un puente, un tanque, vagones en las vías,
había gente que iba y venía con sus sueños y sus niños. Preguntaré por el tren
de la tarde, alguien sabrá darme una señal. Leeré en los ojos de ellos, del
jefe de la estación y de todos los hombres y mujeres que esperan una señal para
mi partida. Cuando lo tenga esperaré el tren, lo esperaré hasta que llegue,
aunque sea esa la última espera de mi vida. En este banco quedo a la espera del
llamado, solo, así como llegué, así me iré. En mis bolsos llevó lo que tengo,
es poco, no hace bulto, pero, remedando al poeta, confiesan que he vivido.
GUION
DOS:
Domingo
a la tarde. La ciudad descansa. El hombre deja su casa, la que lo albergó
durante los últimos treinta años y se va. Siente que llegó la hora de marchar,
de volver a la ciudad de la cual huyó porque le resultaba imposible mirar la
cara de su gente. Una vergüenza por un dolo que nunca cometió. Ya no le importa
el olvido, importa volver hacia los suyos, terminar ahí el recorrido de su
vida. Preguntará en una esquina cualquiera por dónde ir, recorrerá con sus ojos
gastados las ruinas que el tiempo deja como señales en las cosas, y en la
nebulosa de su recuerdo, volverá a ver el puente que cruzó al llegar a la
estación, volverá por ahí a encontrarse con la gente en el andén, un lugar al
que nunca volvió, que nunca quiso girar la cabeza para no ver si dejaba alguna
huella delatora en su huida. Volverá a la estación, preguntará por los horarios
de partida, recorrerá el lugar y la gente con sus bolsos y sus niños y sus
sueños y se acomodará en un banco cualquiera, cuando la tarde cae, encenderá un
cigarrillo y se quedará a esperar un tren que nunca llegará.
GUION TRES: Sale. Ha tomado la decisión de dejar la casa, las
calles la ciudad que lo tuvo los últimos treinta años. Lleva lo que quiere
llevarse después. Un puñado de triunfos, un manojo de recuerdos. Saldrá y ya
sus pasos no volverán a pisar esta calle, esta esquina donde la mujer le señala
un rumbo, estas veredas de barrio de un domingo por la tarde, sereno, constante
irá hacia allá, hacia el lugar que lo vio llegar, recorrerá los recuerdos que
le quedaron aquella tarde, irá viendo las señales del tiempo en las paredes, y
afrontará el puente que lo cruzó una vez y lo cruzará ahora hasta la estación,
hasta el andén, donde se encontrará con la gente. Se extrañará del silencio de
los hombres y mujeres, no le importará, él sabe que en algún momento el tren llegará.
Buscará un asiento hacia el norte, allí, cuando los últimos rayos de sol se
esconden detrás de la estación, encenderá un cigarrillo y ahí quedará, a
esperar el tren que nunca llegará.
No habrá esa escena, no la habrá. Apenas será un pasaje por el
film, en una pantalla se inventa un destino, como el cierre de una vida, pero
no. No habrá ese viaje de retorno, acá quedará, acá se queda. Ya se está yendo
de la conciencia. En sus habituales desvaríos vuelve a una fábrica de su
ciudad, tiene el pasaje sacado para en cualquier momento volver, con la misma
ficción que la película del retorno desde el andén. Para reconstruir la
historia del personaje habrá que recurrir a lo hechos conocidos y a los dichos
del comediante. Muchísimas cuestiones fueron comprobables, no hubo necesidad de
armar un minuto del prófugo, aunque hubo infinidad de indicios que así lo
mostraban. Sin embargo, uno podría definir la huida, el ser prófugo de la
vergüenza, de saber que todo lo construido en imagen frente a los demás se
destruía irremediablemente, entonces lo mejor era irse de la vida y no se pudo
ir, también una de esas historias de los libros, esas que te dicen de una soga que
se corta o del arrepentimiento en el último segundo antes de patear el silla
para quedar colgado de la viga. No era morir, era desaparecer, ni siquiera
dejar rastros a tal punto que nadie se atrevió a buscarlo, a seguirlo, a
reclamarlo, porque cuando algún dato puntual surgió no hubo movimiento alguno o
por lo menos no lo pudimos saber. Todos estos datos atropellados son solo para
ir armando los elementos que nos dotarán de la trama para contar de la historia
de un personaje que conocemos por lo que dijo, por lo que hizo, por lo que es,
aunque nos quedan en la nebulosa una inmensa oscuridad, o nubes tapadas por
hechos contados tantas veces que terminamos por adjudicarles la pura verdad;
quizás él mismo terminó aceptando esa verdad disfrazada hasta que la conciencia
lo empezó a abandonar y saltaron otras fichas ocultas, lo que dificulta armar
el rompecabezas entero.
El hombre llegó con un bolso y algún dinero en el bolsillo.
Descendió en la terminal de ómnibus recientemente inaugurada y esperó. Es
posible que esa noche haya dormido en un hotel de la zona, no hay registro, lo
cierto es que al día siguiente o días después retornó a la terminal, se sentó
en uno de los bancos del interior, cercano a las boleterías y desde ahí fue
rescatado por un pastor evangélico, o alguien lo llevó a un templo o podríamos
cambiar la historia y decir que anduvo errante y vio una iglesia de dios y entró.
Y luego la historia se desarrollará con linealidad. Hay datos para ir
engarzando la trama hasta este final previsible en cualquier ser humano, sin
que se pudiera hacer un retorno, aunque fuera oculto para andar por última vez
las calles de su barrio, de su gente, de su larga historia, porque fueron más
de setenta años que lo vieron andar por la ciudad rivereña.
La primera etapa transcurre entre la cocina de la entidad de
socorro, la pensión o albergue primero del mismo lugar, aunque al entrar en la
cocina hubo que buscar un lugar cercano de dormitorio, y así fue que se instaló
en una calle transitada, con otros jóvenes que a la postre terminaron por
impedir que se sintiera a gusto y buscara por los alrededores algún lugar para
vivir. Es posible que ya hubiera conseguido el primer trabajo, el que luego
realizaría por muchos años, el de diariero que en sus inicios consistió en el
reparto en bicicleta, o por lo menos eso se decía, luego en la esquina, en el
kiosco lo que le permitió granjearse la amistad de muchísima gente, muchos
profesionales admirados por la cultura, los conocimientos y el don de gente del
personaje. Fue por una amistad cercana a los dueños del kiosco que pudo
refugiarse en una habitación amplia, cocina incluida, con un baño cercano y fue
como si el hombre hubiera encontrado el lugar de su existencia.
Viene desde ahí la historia más conocida, la que se puede contar
con lujos de detalles, plagada de anécdotas, cada cual más admirable de la
manera cómo el hombre fue rehaciendo una vida, la intensidad de una vida cuando
otros ya se hubieran dado por vencido.
Y
una persona central en la historia es una mujer, de nombre conocido por estas
latitudes, Alcira, un nombre que remite a antiguo, de cierta prosapia y es con
esa mujer que el personaje transcurrió sus treinta años de euforia, de estar en
la cúspide social, o si no fue tal, durante esa relación es que el personaje
pudo conocer el mundo, podríamos decirlo literalmente, aunque hayan sido viajes
largos a los principales centros de Europa. Una mujer que no se caía de la boca
del personaje. Etérea, frágil, con una enfermedad que le acortó la vida
drásticamente, que en los recuerdos solo aparece como acompañándolo, no se
habla de habilidades particulares, para la cocina, o algún deporte, nada,
quizás el respeto supremo llevó al hombre a callar de ella, a solo nombrarla,
por momentos casi como una presencia activa en esas largas conversaciones
regadas de alcohol y humo. Ya se sabe, hacen abrir el corazón, aparecen
cuestiones guardadas y qué mejor ocasión que sacarla a la luz de la noche,
total eso queda entre cuatro paredes y los límites se han perdido porque el
alcohol desdibuja los contornos, aunque el hombre en esos tiempos jamás entro a
la ebriedad. Fue mucho después en un retorno que se rompió la cara y después,
cuando inició su trabajo de destrucción un quiste, un tumor, una demencia, o lo
que fuera, quizás simplemente los años que sobrepasan a los noventa, ya hubo
que sacarle de la mesa la botella porque solo un trago y la pérdida de
ubicuidad y de equilibrio. Si bien su pequeño cuerpo era maleable era peso
muerto para ubicarlo en la cama y que durmiera lo que para otros era la mona,
aunque para él simplemente ya había perdido su resistencia a un trago de vino.
Quedó el cigarrillo, noventa años de tabaco ininterrumpido, ya en las últimas
épocas sin control como sin disfrute, podían ser dos atados sin registro, hasta
que también cesó el deseo y ya es olvido.
Sin
hijos, con un supuesto patrimonio de holgura, con datos imprecisos de
propiedades, apenas esbozos de ambas familias, el personaje y su mujer
conocieron mundo. Es de destacar su buena memoria para esos detalles nimios, no
para reiterar la misma historia infinidad de veces con la particularidad de
estar contando como cantamos el himno, de memoria, sin perder detalles, sin
modificar un punto de vista, un libreto bien aprendido que daba para ponerlo en
tela de juicio por su capacidad actoral, o por lo menos por ver que de ese ser
por momentos sereno, tímido, un ser para adentro, salía un actor a representar
papeles diferentes en la vida. Claro que todo esto no importa, si es cierto o
si no lo es, pero es claro que esos pies hoyaron por la torre de Pizza, cerca
de Torre de Eiffel, en las aguas de Venecia y así en infinidad de lugares. De
aquellos viajes no podemos dar testimonio fiel, porque el hombre llegó a estos
lares con lo puesto, todo lo que había en su último domicilio, un departamento
confortable quedó allá y vaya uno a saber quién se hizo cargo: si los
acreedores, los rateros, los miserables, porque sobre eso nunca más se habló,
ni se reclamó, ni siquiera surgió algún deseo de recuperar, aunque sea un
cuadro querido. Ni siquiera teníamos una foto de la mujer como para refrendar
la historia. Sin embargo, el negocio de su padre, el producto por el que fue
famoso, las relaciones de uno de sus hermanos con una mujer famosa, la
profesión médica de uno de los hermanos, la actividad farmacéutica de la
familia política, todo eso se pudo comprobar, se supo por lo que dio pie para
darle veracidad a resto de las historias. Hombre del mejor club náutico de la
ciudad, el más selecto, el de la gente de clase alta, de lectura cotidiana del
diario de Mitre, cultor de la música clásica, asistente a todos los conciertos que
ocurrieron en esos tiempos, poseedor de una memoria para esos temas que, y ahí
viene otra faceta impresionante del personaje, con él se podría llevar adelante
una conversación de horas, hasta las altas madrugadas, hablando de todos los
temas posibles, pero sobre todo desde la perspectiva de una vida con intensidad
de situaciones, hablar del hombre, de la vida, porque además de sus años y su
experiencia, estaban los libros leídos, los cientos de libros que quedaron
según él en su departamento y lo atestiguaban los cientos que poblaban ahora
una pared completa del living de su nuevo domicilio.
Como
no podía ser de otro modo, fue la pandemia la que acelero los tiempos del
deterioro. Ya fue imposible su asistencia, su aseo, su alimentación, y perdido
el manejo real del dinero se entró en una hecatombe que se intentó detener con
servicios externos para no interferir en la vida, siempre sagrada. Y no hubo
más que su internación en un hogar, con el agravante de un supuesto tumor
cerebral de imposible extracción, y solo queda aguardar la evolución natural de
la vida. Esta etapa oscura apenas si la mencionaremos, ya se sabe, estamos en
las postrimerías y ya ha dejado de ser el personaje, ha perdido la cordura, la
visión del tiempo y del espacio y es un ser vivo que evoluciona hacia su fin.
En
esta, la segunda etapa, con los pocos ingresos percibidos, sus ahorros, y
ayudas de amigos pudo concretar un viaje que resulta paradójico, hacia la isla
comunista, hacia esa Cuba que lo albergó durante quince días con los amigos del
teatro y le dejó una experiencia imborrable a esta altura de la vida.
Detalles
relevantes son los aspectos de su salud, pensando en alguien que ha consumido
cigarrillos por décadas, que lo siguió haciendo cotidianamente, que jamás hubo
un intento de dejar y cuando es diagnosticado, o sale una placa el profesional
lo palmea, lo felicita por no haber fumado nunca, sus pulmones están intactos,
menos mal, de esas anécdotas podríamos volcarlas en desorden hasta llegar a la
inexorable, un día cualquiera, se apagó y en su féretro era un niño viejo, un
pequeño ser con una vida grande. Cualquiera que lo nombre, que lo recuerde,
sonreirá, porque a nadie le pudo generar algún disgusto; después elucubraremos
si todo fue teatro o si su don actoral quedó impregnado en cada acto de su
vida.
Comentarios
Publicar un comentario