Carlos Arias, Carlitos

 

Hacia el andén 

Acá puse todo que me interesa llevar, me cabe en este bolso marrón, en esta bolsa de plástico. Ya el frío de la tarde me persigue, como me persiguen los fantasmas.  Preguntaré por dónde ir, aunque me sé el camino de memoria. Me están llamando de allá, de donde vine, a dónde nunca pero nunca quise volver. Llegué en el tren de la tarde hace treinta años y en ese tren me volveré. Dicen que en treinta años se han muerto mis amigos, dicen tantas cosas que nada sé. Veo cómo se ha descascarado la estación, cómo se fueron descascarando los sueños. Solo iré a mi punto de llegada, allí esperaré el tren que me lleve de retorno a mi casa. Nunca quise volver sobre mis pasos, aunque el camino me quedó en la memoria, lo caminaré a contramano, iré reconociendo las señales de la ciudad que me recibió. Había un puente, un tanque, vagones en las vías, había gente que iba y venía con sus sueños y sus niños. Preguntaré por el tren de la tarde, alguien sabrá darme una señal. Leeré en los ojos de ellos, del jefe de la estación y de todos los hombres y mujeres que esperan una señal para mi partida. Cuando lo tenga esperaré el tren, lo esperaré hasta que llegue, aunque sea esa la última espera de mi vida. En este banco quedo a la espera del llamado, solo, así como llegué, así me iré. En mis bolsos llevó lo que tengo, es poco, no hace bulto, pero, remedando al poeta, confiesan que he vivido.

GUION DOS:

Domingo a la tarde. La ciudad descansa. El hombre deja su casa, la que lo albergó durante los últimos treinta años y se va. Siente que llegó la hora de marchar, de volver a la ciudad de la cual huyó porque le resultaba imposible mirar la cara de su gente. Una vergüenza por un dolo que nunca cometió. Ya no le importa el olvido, importa volver hacia los suyos, terminar ahí el recorrido de su vida. Preguntará en una esquina cualquiera por dónde ir, recorrerá con sus ojos gastados las ruinas que el tiempo deja como señales en las cosas, y en la nebulosa de su recuerdo, volverá a ver el puente que cruzó al llegar a la estación, volverá por ahí a encontrarse con la gente en el andén, un lugar al que nunca volvió, que nunca quiso girar la cabeza para no ver si dejaba alguna huella delatora en su huida. Volverá a la estación, preguntará por los horarios de partida, recorrerá el lugar y la gente con sus bolsos y sus niños y sus sueños y se acomodará en un banco cualquiera, cuando la tarde cae, encenderá un cigarrillo y se quedará a esperar un tren que nunca llegará.

GUION TRES: Sale. Ha tomado la decisión de dejar la casa, las calles la ciudad que lo tuvo los últimos treinta años. Lleva lo que quiere llevarse después. Un puñado de triunfos, un manojo de recuerdos. Saldrá y ya sus pasos no volverán a pisar esta calle, esta esquina donde la mujer le señala un rumbo, estas veredas de barrio de un domingo por la tarde, sereno, constante irá hacia allá, hacia el lugar que lo vio llegar, recorrerá los recuerdos que le quedaron aquella tarde, irá viendo las señales del tiempo en las paredes, y afrontará el puente que lo cruzó una vez y lo cruzará ahora hasta la estación, hasta el andén, donde se encontrará con la gente. Se extrañará del silencio de los hombres y mujeres, no le importará, él sabe que en algún momento el tren llegará. Buscará un asiento hacia el norte, allí, cuando los últimos rayos de sol se esconden detrás de la estación, encenderá un cigarrillo y ahí quedará, a esperar el tren que nunca llegará.

 

No habrá esa escena, no la habrá. Apenas será un pasaje por el film, en una pantalla se inventa un destino, como el cierre de una vida, pero no. No habrá ese viaje de retorno, acá quedará, acá se queda. Ya se está yendo de la conciencia. En sus habituales desvaríos vuelve a una fábrica de su ciudad, tiene el pasaje sacado para en cualquier momento volver, con la misma ficción que la película del retorno desde el andén. Para reconstruir la historia del personaje habrá que recurrir a lo hechos conocidos y a los dichos del comediante. Muchísimas cuestiones fueron comprobables, no hubo necesidad de armar un minuto del prófugo, aunque hubo infinidad de indicios que así lo mostraban. Sin embargo, uno podría definir la huida, el ser prófugo de la vergüenza, de saber que todo lo construido en imagen frente a los demás se destruía irremediablemente, entonces lo mejor era irse de la vida y no se pudo ir, también una de esas historias de los libros, esas que te dicen de una soga que se corta o del arrepentimiento en el último segundo antes de patear el silla para quedar colgado de la viga. No era morir, era desaparecer, ni siquiera dejar rastros a tal punto que nadie se atrevió a buscarlo, a seguirlo, a reclamarlo, porque cuando algún dato puntual surgió no hubo movimiento alguno o por lo menos no lo pudimos saber. Todos estos datos atropellados son solo para ir armando los elementos que nos dotarán de la trama para contar de la historia de un personaje que conocemos por lo que dijo, por lo que hizo, por lo que es, aunque nos quedan en la nebulosa una inmensa oscuridad, o nubes tapadas por hechos contados tantas veces que terminamos por adjudicarles la pura verdad; quizás él mismo terminó aceptando esa verdad disfrazada hasta que la conciencia lo empezó a abandonar y saltaron otras fichas ocultas, lo que dificulta armar el rompecabezas entero.

El hombre llegó con un bolso y algún dinero en el bolsillo. Descendió en la terminal de ómnibus recientemente inaugurada y esperó. Es posible que esa noche haya dormido en un hotel de la zona, no hay registro, lo cierto es que al día siguiente o días después retornó a la terminal, se sentó en uno de los bancos del interior, cercano a las boleterías y desde ahí fue rescatado por un pastor evangélico, o alguien lo llevó a un templo o podríamos cambiar la historia y decir que anduvo errante y vio una iglesia de dios y entró. Y luego la historia se desarrollará con linealidad. Hay datos para ir engarzando la trama hasta este final previsible en cualquier ser humano, sin que se pudiera hacer un retorno, aunque fuera oculto para andar por última vez las calles de su barrio, de su gente, de su larga historia, porque fueron más de setenta años que lo vieron andar por la ciudad rivereña.

La primera etapa transcurre entre la cocina de la entidad de socorro, la pensión o albergue primero del mismo lugar, aunque al entrar en la cocina hubo que buscar un lugar cercano de dormitorio, y así fue que se instaló en una calle transitada, con otros jóvenes que a la postre terminaron por impedir que se sintiera a gusto y buscara por los alrededores algún lugar para vivir. Es posible que ya hubiera conseguido el primer trabajo, el que luego realizaría por muchos años, el de diariero que en sus inicios consistió en el reparto en bicicleta, o por lo menos eso se decía, luego en la esquina, en el kiosco lo que le permitió granjearse la amistad de muchísima gente, muchos profesionales admirados por la cultura, los conocimientos y el don de gente del personaje. Fue por una amistad cercana a los dueños del kiosco que pudo refugiarse en una habitación amplia, cocina incluida, con un baño cercano y fue como si el hombre hubiera encontrado el lugar de su existencia.

Viene desde ahí la historia más conocida, la que se puede contar con lujos de detalles, plagada de anécdotas, cada cual más admirable de la manera cómo el hombre fue rehaciendo una vida, la intensidad de una vida cuando otros ya se hubieran dado por vencido.

Apenas instalado fue armando su mobiliario, objeto por objeto, incorporando un confort posible en ese espacio de una pieza del fondo de una casa que para otros hubiera resultado una pocilga. Ya el lugar se pobló de libros, de música clásica, de olores de comidas. Ya empezaron a desfilar invitados, al menos encuentros de charlas y comidas simples, él como un anfitrión esmerado, prueba de ello son los innumerables tomos, recortes de revistas o de envases y anotaciones en cuadernos de las recetas de comidas más diversas, conocidas y extravagantes imaginadas para convidar a sus invitados. Ya en eso entonces retoma, o inicia su actividad donde la gente de teatro y no le va nada mal, interpreta papeles acordes, es aceptado, requerido, mimado y ya los pasos siguientes fueron iniciar estudios de idiomas, no cualquiera: el francés y seguir sumando libros en sus precarias estanterías. Envalentonado, se atreve a mostrar argumentos, textos de su autoría para una posible representación teatral y por supuesto es un asiduo participante de los ciclos de cine arte, allí se lo tiene en todo acontecimiento cultural y por todo ello empieza a ser conocido, no solo por su presencia en esa esquina emblemática con los diarios bajo el brazo sino por su andar por la cultura siempre con un perfil bajo, cigarrillo en mano y la sonrisa puesta, impecable en su vestimenta, en su aseo personal. Es posible que de entrada hubiera incorporado lo que serían sus compañías inseparables, dos o tres gatas que naturalmente dormían en su cama.

Fue  por su bonhomía, su integridad humana, su presencia agradable que tuvo la posibilidad de que esa habitación grande se convirtiera con una ampliación en un departamento integral completo que llevó a adquirir un mobiliario moderno gracias a los créditos de compras del gobierno kirchnerista, él, un lector acérrimo del diario La Nación, un hombre con pensamiento reaccionarios aunque en la vida cotidiana fue siempre un hombre solidario abierto a las necesidades de los demás, ocurre que su prosapia no pudo dejar de lado a pesar de las muestras de cariño, apoyo u entrega que le ofrecían a manos llenas los del otro bando de su mirada política. Ya los años, el cansancio, la salud impidió continuar con su actividad en los diarios por lo que también tuvo todo el apoyo, la entrega para que en poco tiempo obtuviera una jubilación digna aun sin los aportes, por su edad, porque la dignidad humana se ve en esos momentos. Ya con eso, sus últimos años fueron placenteros, con anécdotas a raudales que se irán enumerando a medida que avancemos en la historia del personaje.

Y una persona central en la historia es una mujer, de nombre conocido por estas latitudes, Alcira, un nombre que remite a antiguo, de cierta prosapia y es con esa mujer que el personaje transcurrió sus treinta años de euforia, de estar en la cúspide social, o si no fue tal, durante esa relación es que el personaje pudo conocer el mundo, podríamos decirlo literalmente, aunque hayan sido viajes largos a los principales centros de Europa. Una mujer que no se caía de la boca del personaje. Etérea, frágil, con una enfermedad que le acortó la vida drásticamente, que en los recuerdos solo aparece como acompañándolo, no se habla de habilidades particulares, para la cocina, o algún deporte, nada, quizás el respeto supremo llevó al hombre a callar de ella, a solo nombrarla, por momentos casi como una presencia activa en esas largas conversaciones regadas de alcohol y humo. Ya se sabe, hacen abrir el corazón, aparecen cuestiones guardadas y qué mejor ocasión que sacarla a la luz de la noche, total eso queda entre cuatro paredes y los límites se han perdido porque el alcohol desdibuja los contornos, aunque el hombre en esos tiempos jamás entro a la ebriedad. Fue mucho después en un retorno que se rompió la cara y después, cuando inició su trabajo de destrucción un quiste, un tumor, una demencia, o lo que fuera, quizás simplemente los años que sobrepasan a los noventa, ya hubo que sacarle de la mesa la botella porque solo un trago y la pérdida de ubicuidad y de equilibrio. Si bien su pequeño cuerpo era maleable era peso muerto para ubicarlo en la cama y que durmiera lo que para otros era la mona, aunque para él simplemente ya había perdido su resistencia a un trago de vino. Quedó el cigarrillo, noventa años de tabaco ininterrumpido, ya en las últimas épocas sin control como sin disfrute, podían ser dos atados sin registro, hasta que también cesó el deseo y ya es olvido.

Sin hijos, con un supuesto patrimonio de holgura, con datos imprecisos de propiedades, apenas esbozos de ambas familias, el personaje y su mujer conocieron mundo. Es de destacar su buena memoria para esos detalles nimios, no para reiterar la misma historia infinidad de veces con la particularidad de estar contando como cantamos el himno, de memoria, sin perder detalles, sin modificar un punto de vista, un libreto bien aprendido que daba para ponerlo en tela de juicio por su capacidad actoral, o por lo menos por ver que de ese ser por momentos sereno, tímido, un ser para adentro, salía un actor a representar papeles diferentes en la vida. Claro que todo esto no importa, si es cierto o si no lo es, pero es claro que esos pies hoyaron por la torre de Pizza, cerca de Torre de Eiffel, en las aguas de Venecia y así en infinidad de lugares. De aquellos viajes no podemos dar testimonio fiel, porque el hombre llegó a estos lares con lo puesto, todo lo que había en su último domicilio, un departamento confortable quedó allá y vaya uno a saber quién se hizo cargo: si los acreedores, los rateros, los miserables, porque sobre eso nunca más se habló, ni se reclamó, ni siquiera surgió algún deseo de recuperar, aunque sea un cuadro querido. Ni siquiera teníamos una foto de la mujer como para refrendar la historia. Sin embargo, el negocio de su padre, el producto por el que fue famoso, las relaciones de uno de sus hermanos con una mujer famosa, la profesión médica de uno de los hermanos, la actividad farmacéutica de la familia política, todo eso se pudo comprobar, se supo por lo que dio pie para darle veracidad a resto de las historias. Hombre del mejor club náutico de la ciudad, el más selecto, el de la gente de clase alta, de lectura cotidiana del diario de Mitre, cultor de la música clásica, asistente a todos los conciertos que ocurrieron en esos tiempos, poseedor de una memoria para esos temas que, y ahí viene otra faceta impresionante del personaje, con él se podría llevar adelante una conversación de horas, hasta las altas madrugadas, hablando de todos los temas posibles, pero sobre todo desde la perspectiva de una vida con intensidad de situaciones, hablar del hombre, de la vida, porque además de sus años y su experiencia, estaban los libros leídos, los cientos de libros que quedaron según él en su departamento y lo atestiguaban los cientos que poblaban ahora una pared completa del living de su nuevo domicilio.

Como no podía ser de otro modo, fue la pandemia la que acelero los tiempos del deterioro. Ya fue imposible su asistencia, su aseo, su alimentación, y perdido el manejo real del dinero se entró en una hecatombe que se intentó detener con servicios externos para no interferir en la vida, siempre sagrada. Y no hubo más que su internación en un hogar, con el agravante de un supuesto tumor cerebral de imposible extracción, y solo queda aguardar la evolución natural de la vida. Esta etapa oscura apenas si la mencionaremos, ya se sabe, estamos en las postrimerías y ya ha dejado de ser el personaje, ha perdido la cordura, la visión del tiempo y del espacio y es un ser vivo que evoluciona hacia su fin.

 

En esta, la segunda etapa, con los pocos ingresos percibidos, sus ahorros, y ayudas de amigos pudo concretar un viaje que resulta paradójico, hacia la isla comunista, hacia esa Cuba que lo albergó durante quince días con los amigos del teatro y le dejó una experiencia imborrable a esta altura de la vida.

Detalles relevantes son los aspectos de su salud, pensando en alguien que ha consumido cigarrillos por décadas, que lo siguió haciendo cotidianamente, que jamás hubo un intento de dejar y cuando es diagnosticado, o sale una placa el profesional lo palmea, lo felicita por no haber fumado nunca, sus pulmones están intactos, menos mal, de esas anécdotas podríamos volcarlas en desorden hasta llegar a la inexorable, un día cualquiera, se apagó y en su féretro era un niño viejo, un pequeño ser con una vida grande. Cualquiera que lo nombre, que lo recuerde, sonreirá, porque a nadie le pudo generar algún disgusto; después elucubraremos si todo fue teatro o si su don actoral quedó impregnado en cada acto de su vida.

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