Claudio

Se metió en nuestra vida cuando entraba el siglo, más de veinte años, desde aquel jovencito poeta, inquieto, simpático, siempre con alguna broma, una salida ingeniosa, siempre poniéndose de referente, imposible de codificar, de catalogarlo en algún estamento. Pero es una larga historia como para sintetizarla en tres o cuatro escenas.

En ese andar en cercanías, cerca de la poesía, creciendo en afinidades, en respeto, ofreciéndole nuestra casa para sus escasísimas posibilidades de tener unas vacaciones, hasta llevarlo en un momento a incorporarlo como empleado, como ayudante, y apostamos a una buena performance, pero fue de solo ver tomar una trincheta, o cualquier instrumento de serigrafía para saber que no estaba en condiciones de crecer, al contrario, es como si su capacidad poética obnubilara otros aspectos, además de constituir un elemento disperso para todo el mundo, por lo que a poco andar quedó como una anécdota que, por reflejo, un esbirro lo usó como que lo estábamos explotando, trabajo en negro, mejor dejarlo en el olvido. Y él tuvo problemas en otro trabajo, y solo en la calle como vendedor de miel ha podido sobrellevar, y su entrada en la biblioteca con más o con menos le dio esa estabilidad que se mantiene a pesar de todos los engorros que genera con sus desplantes, que no es de mala gente, sino de un desubicado, o mejor alguien que no sabe dejar que los demás sean los protagonistas. Solo hay que dejarlo que escriba, son poemas de honda profundidad, con mucha filosofía, pensamientos hondos que quedan desvanecidos por esa manera atropellada. De sentirlo como un hijo, de respetar sus ideas, de buscarle la vuelta como para que largue el bochín y pueda escuchar a alguien, porque la inteligencia superior no le alcanza para ser ubicuo. Encima de eso, un tipo simple, sin afeites, aunque con contradicciones vivas, más allá de tener una mirada progresista, jamás estará del lado de un torturador, un violento, un infame.

 

 

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