Uno lo ve aparecer
una mañana, entrar al refugio vidriado que funcionaba como escritorio en el
taller de la Bolívar y ofrecerse para cualquier trabajo. No tenía idea de
serigrafía, de impresiones, pero mostró un palmarés de trabajos realizados,
oficios diversos desde la mecánica, electricista, changas en su barrio de
origen allá en el conurbano bonaerense, en algún barrio de la provincia de
Buenos Aires. Apenas si pudo pasar por la estrecha puerta del cubículo, tan
grandote y con tendencia a la obesidad. Su acento porteño quedó manifiesto y
dio la impresión de un muchacho sano, con ganas de trabajar. Con aires de superioridad
o de creer estar un paso más elevado que el resto generó chisporroteos con la
chica de gráfica, era una risa, pero el Darío fue evolucionando en el oficio,
tomó la manigueta, el matrizado, los troqueles, digamos que se comió
rápidamente los secretos del oficio y sin ser un excelente impresor estaba
entre los mejores y sobre todo un tipo cumplidor, constante, un buen empleado.
Eso llevó a estrechar los vínculos, a saber de su madre, con ella vivía, una
mujer que lo crio porque apenas niño sufrió su padre un accidente, una muerte
trágica en avión, fuera del país y desde ahí la madre lo sostuvo como pudo y
cuando asistimos por primera vez a la pieza donde alquilaban nos quedó esa
impresión de pobreza o de descuido que nunca más se borra de la memoria. Con
constancia adquirió una moto mientras su cuerpo se ensanchaba, las facturas y
rasquetas pasaban de largo en semejante humanidad y aun con esa humanidad
pudimos compartir partidos de futbol y mal que mal se desempeñaba con algo de
energía y criterio. Nunca le conocimos una novia, tampoco amigos entrañables,
esa parte siempre quedó en el silencio y uno hasta podía dejar libre la
imaginación y cuestionar esa relación con la madre. Nada concreto, apenas
suposiciones por lecturas o conocimiento, pero de ahí no pasamos. Cuando ya no
se pudo sostener el taller, él se fue con el vehículo, es Escort que ya había
sufrido una inundación que le dejó averías para siempre; le ofrecimos el Escort
como compensación y entre tanto fue armando su propio taller, ahora en una casa
alquilada, en un garaje improvisado al costado, pero mal que mal se las arregló
para subsistir, luego medio día de
atención al público en una casa de repuestos y adentrarse en los secretos de la
dirección técnica del futbol, mientras engordaba y ejercía esos prolegómenos de
técnicos con los equipos de niños de la iglesia evangélica a la que pertenecía.
Es posible que haya llegado a nosotros a través del Andrés Ducurón y eso nos
cerraría la historia, que no vino de la nada, dentro de alguna de las iglesias
evangélicas. Recibido de técnico lo vemos dirigiendo uno y otro equipo con
suerte dispar, con comentarios diversos, contradictorios, y será que uno lo
mira con el cariño que se supo ganar le disculpa, quizás por su posición
política adecuada, su mirada buena del mundo, su origen humilde y su vida de
escasez. No tiene nada de particular, seguirá así, como dependiente, quizás el
taller de impresiones haya quedado atrás, lo cierto es que ahora está con su
madre viviendo en una casa que pudo hacer con el Procrear y eso al menos
permite acabar con esta biografía superficial de un tipo que al encontrarnos
viene el abrazo gustoso, y así seguirá porque son seres que nos quedan como
buena gente y uno les desea que al final de cuenta obtengan lo que tanto buscan
con ese esmero y paciencia de los de abajo.
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