Darío Bordón

 

Uno lo ve aparecer una mañana, entrar al refugio vidriado que funcionaba como escritorio en el taller de la Bolívar y ofrecerse para cualquier trabajo. No tenía idea de serigrafía, de impresiones, pero mostró un palmarés de trabajos realizados, oficios diversos desde la mecánica, electricista, changas en su barrio de origen allá en el conurbano bonaerense, en algún barrio de la provincia de Buenos Aires. Apenas si pudo pasar por la estrecha puerta del cubículo, tan grandote y con tendencia a la obesidad. Su acento porteño quedó manifiesto y dio la impresión de un muchacho sano, con ganas de trabajar. Con aires de superioridad o de creer estar un paso más elevado que el resto generó chisporroteos con la chica de gráfica, era una risa, pero el Darío fue evolucionando en el oficio, tomó la manigueta, el matrizado, los troqueles, digamos que se comió rápidamente los secretos del oficio y sin ser un excelente impresor estaba entre los mejores y sobre todo un tipo cumplidor, constante, un buen empleado. Eso llevó a estrechar los vínculos, a saber de su madre, con ella vivía, una mujer que lo crio porque apenas niño sufrió su padre un accidente, una muerte trágica en avión, fuera del país y desde ahí la madre lo sostuvo como pudo y cuando asistimos por primera vez a la pieza donde alquilaban nos quedó esa impresión de pobreza o de descuido que nunca más se borra de la memoria. Con constancia adquirió una moto mientras su cuerpo se ensanchaba, las facturas y rasquetas pasaban de largo en semejante humanidad y aun con esa humanidad pudimos compartir partidos de futbol y mal que mal se desempeñaba con algo de energía y criterio. Nunca le conocimos una novia, tampoco amigos entrañables, esa parte siempre quedó en el silencio y uno hasta podía dejar libre la imaginación y cuestionar esa relación con la madre. Nada concreto, apenas suposiciones por lecturas o conocimiento, pero de ahí no pasamos. Cuando ya no se pudo sostener el taller, él se fue con el vehículo, es Escort que ya había sufrido una inundación que le dejó averías para siempre; le ofrecimos el Escort como compensación y entre tanto fue armando su propio taller, ahora en una casa alquilada, en un garaje improvisado al costado, pero mal que mal se las arregló para subsistir, luego medio día  de atención al público en una casa de repuestos y adentrarse en los secretos de la dirección técnica del futbol, mientras engordaba y ejercía esos prolegómenos de técnicos con los equipos de niños de la iglesia evangélica a la que pertenecía. Es posible que haya llegado a nosotros a través del Andrés Ducurón y eso nos cerraría la historia, que no vino de la nada, dentro de alguna de las iglesias evangélicas. Recibido de técnico lo vemos dirigiendo uno y otro equipo con suerte dispar, con comentarios diversos, contradictorios, y será que uno lo mira con el cariño que se supo ganar le disculpa, quizás por su posición política adecuada, su mirada buena del mundo, su origen humilde y su vida de escasez. No tiene nada de particular, seguirá así, como dependiente, quizás el taller de impresiones haya quedado atrás, lo cierto es que ahora está con su madre viviendo en una casa que pudo hacer con el Procrear y eso al menos permite acabar con esta biografía superficial de un tipo que al encontrarnos viene el abrazo gustoso, y así seguirá porque son seres que nos quedan como buena gente y uno les desea que al final de cuenta obtengan lo que tanto buscan con ese esmero y paciencia de los de abajo.

 

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