El chancho largo en Sierra Chica

 

Para hablar de pabellón de castigo, de sanción larga, de aislamiento y condiciones infrahumanas tenemos que remitirnos al castigo masivo al pabellón por una acción inadmisible en esas condiciones para las autoridades penitenciarias. Era una tarde cualquiera y los presos salimos al recreo y con una decisión. Negarnos a volver al pabellón sin antes hablar con el alcalde para hacerle una serie de pedidos, reclamos, derechos que se nos estaban conculcando. Digamos que hacíamos una medida de fuerza conjunta, aceptada por todos, es de suponer, aunque es posible que la conversación con el celador llave en mano abriéndonos la puerta para el retorno haya sido de un grupo previamente seleccionado. Esperamos un largo rato, no hubo deliberaciones, sí el compromiso del director del Penal de recibirnos días después a una delegación para tratar todos los puntos del reclamo. Lo decimos así porque los hechos lo dicen, entramos al interior, un pasillo y luego las grandes rejas del pabellón, a cada celda, a preparar el mate y continuar con las actividades de cada cual. No recuerdo el compañero de celda, ya habíamos sufrido varios traslados internos y a lo mejor estaba solo, que solía ocurrir con frecuencia. A eso de las seis de la tarde, se escucha el sonoro temblor de las puertas gigantes del pabellón y un tropel del que ya habíamos ido perdiendo memoria se escuchó a lo largo del pabellón. La entrada de la Guardia Externa era una señal de mal agüero. A las ordenes gritadas, se nos conminaba a preparar el mono uno a uno, fueron abriendo las celdas y dejado el mono en la puerta, con las manos atrás, cabeza gacha, a patadas y bastonazos nos fueron llevando en fila india hasta el pabellón de castigo que sería el último de la serie de pabellones, porque después podríamos ver que junto al pabellón de castigo había un patio de recreo y salían los presos por la mañana y por la tarde.

Allí fuimos arrojados de a uno en celdas que solo tenían una cama de material, el hueco para el baño y una ventana mínima que daba a ese patio de recreo. A los golpes nos dejaron ahí solo con el uniforme de rutina. Pasaron horas hasta que se hizo silencio, nos habían depositado a todos, o sea que habríamos ocupado todo el pabellón, seríamos cien, no tengo precisiones. Esa noche no nos trajeron comida. Ya de madrugada nos arrojaron un colchón inmundo y una frazada con la advertencia de que con el conteo de la mañana lo debíamos devolver enrollado. Así pasamos la primera noche de una serie interminable que la memoria nos dice treinta días y bien que podrían ser más. A la mañana una taza de mate cocido con un pedazo de pan, al mediodía un plato de guiso o fideos o marrón terroso, un cucharón, una sopa a la noche eso era todo, sin nada qué hacer, qué tomar, absolutamente desnudos de elementos. Ahí fue que el Morse nos salvó de la locura. Ya uno sabe que en la cárcel donde hay un resquicio hay una posibilidad de comunicación, y ese ventanuco cerrado con chapones a la hora del recreo también permitió el pasaje de noticias, y, aunque parezca increíble algún cigarrillo que se fumaría a la madrugada, cuando no hubiera peligro de presencia de celadores, cuyas ronda eran frecuentes con una mirilla más imponente que pudimos tenerlas bajo control apenas nos organizamos en las comunicaciones internas, con el sistema de golpes sucesivos de advertencias de las distintas entradas del personal penitenciario. Claro que el olor a cigarrillo es inconfundible, delator y entonces había alguna hora del día donde se podía fumar unas secas y guardarlo, aunque era preferible tomarse el mundo de golpe porque todos los días había requisa, desnudarse, controlar todo en ese lugar vacío solo para amedrentar, humillar, para eso son los pabellones de castigo, que había días por la mañana que venían y arrojaban agua al piso y a la cama de material y ahí quedaba mojado, húmedo, frío, no es de débiles permanecer inmutable en esas celdas por tiempo indefinido.

 Creo que nos habían aplicado el castigo mayor lo que en la jerga se llamaba la larga: 30 días de aislamiento en el pabellón de castigo, sesenta días aislado en la celda con los elementos, pero sin visitas ni correspondencia, y noventa vaya uno a saber con qué restricciones. Seguramente estaría tipificada como rebelión o enfrentamiento.

Los días se hacían eternamente largos, murmullos de conversaciones de otros presos en sus rondas por el patio de recreo, los sonidos de rejas, la entrada del rancho, las requisas, alguna esporádica salida a las duchas heladas. Me pregunto si acaso nos darían champú, jaboncitos y toallones. Pero no, un jabón federal, agua helada, con el guardia atrás apurando el trámite, volver desnudo a la celda y secarse con el uniforme y seguir la vida.

No habrá pasado un día cuando ya sabíamos quienes teníamos en las celdas contiguas para el pasaje de información, de noticias que nos llegaban, de perspectivas, porque nada se queda quieto aun en esas condiciones deplorables, es el conjunto el que ordena, el que suma, despierta. Me tocó en suerte tener en la celda de la derecha, hacia la entrada del pabellón a un amigo coterráneo, que, aunque no pertenecíamos a la misma organización, pudimos hablar horas y horas, durante esos días que no eran de frío intenso, aunque en Sierra Chica estamos en una latitud sur sentida y el frío es mayor y el uniforme es de tela gruesa, todo el año. Expertos en Morse la charla se hacía distendida, ida y vuelta con noticias, con recuerdos, preguntas o conocimientos compartidos. Por momentos, cuando los informativos funcionaban, el pabellón se convertía en un cajón de resonancia con golpes solo escuchados por la sensibilidad auditiva del preso con su oreja pegada a la pared. Sí, claro, así como los guitarristas sacan callos en sus yemas, nosotros adquirimos durezas inconcebibles en los nudillos, nunca se les ocurrió hacernos una requisa visual en las manos, detentarían que ahí, en esos nudos teníamos todo el poder del mundo para romper el aislamiento y la destrucción que se persigue cuando se manda a un preso a un pabellón de castigo.

No cumplimos la pena. Algunos cometieron infracciones cotidianas, que los sorprendieron por la mirilla haciendo gimnasia, que se trepaban a la ventana, un mal gesto al celador, un cigarrillo clandestino, estar durmiendo fuera de hora, cantar en voz demasiado estridente, no respetar el silencio de la noche, podría seguir enumerando razones para que un ser humano sea castigado, y cada castigo significaba un agregado de días de aislamiento. Nos reíamos de un compañero que había llegado ya a triplicar la condena, o sea que tenía una eternidad de castigo por delante.

Pero un día abren la celdas, nos conducen a un salón para que retiremos los monos que habían quedado ahí en resguardo: yerba, kerosene, azúcar, leche en polvo, alguna galletita, los cigarrillos, la ropa interior, cuadernos, cartas, libros, pava, calentador, qué más, envuelto en una frazada gris, atado como mono que se precie, fue sacar uno a uno los elementos, ya en la celda original del pabellón, ver que todo era inservible, que el kerosene había contaminado todo, que ese cigarrillo ansiado era un pasto seco con olor  a combustible, pero estábamos en la celda propia, de a dos, como si hubiéramos recuperado un pedacito de libertad. Vendría la próxima cantina o en los mandados de la tarde otros presos no castigados nos proveerían de lo indispensable, yerba, cigarrillos, azúcar, papeles para cartas y estampillas. No pasó de ese día. A la mañana, o esa misma noche, nos sacaron del pabellón, no solo a los castigados sino a muchos más y con el buen trato característico de patadas, bastonazos, escupidas, insultos atravesamos otra vez la doble fila de esbirros, habremos subido a camiones, trasladados, avión y llegamos una mañana a la cárcel de La Plata que, por las condiciones edilicias y el trato nos pareció que entrábamos a un tobogán de mejoría.

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