Durante veinte años, más o menos, estuvimos bajo su
influencia médica. Lejos de la medicina alopática, sin pisar un consultorio de
ninguna especialidad, el Manuel era quien regía nuestra salud y, a decir
verdad, para sintetizarla de una, mal no nos fue, estuvimos ahí siempre
contenidos, era un placer esos encuentros que iban muchísimo más allá de un
estudio de iris o de las preguntas insidiosas de apariencia inocente, o
desconcertantes de los homeópatas. Méritos al canto. Llegamos a él con un
cuadro de cólicos intestinales que nos habían hecho recorrer todo el espinel de
la medicina alopática, las sondas anales, gástricas, medicamentos, dietas
estrictas y ya sin resultado una sucesión de dos inyecciones en la nalga por
semana como para calmar el dolor y seguir trabajando. Apareció el colocynthis,
alguna otra gota y consecuente en las tomas tres o cuatro veces al día, los
cólicos fueron cediendo, de tanto en tanto cada vez con menor intensidad y a
los pocos meses desaparecieron por completo, fenómeno que ocurre hasta hoy,
veinticinco años después. Cómo no entregarse de cuerpo entero a esa visión de
la medicina, con las certezas de que en nosotros y en otros ocurrían cambios
milagrosos, sorprendentes y entonces siguió de tanto en tanto una visita, por
ahí pasaban dos años sin concurrir hasta que llegamos al dieciséis y se produjo
un quiebre irreparable. Pero se trata del personaje, un hombre joven,
desgarbado, a veces con barba, a veces cara limpia, de pocas palabras en la
consulta, reconcentrado en los aparatos del iris, en la búsqueda minuciosa de
los síntomas en mamotretos antiguos de homeopatía, un Vademecum practicado con
la escuela del Dr. Cremonini de Córdoba. Y después venía la charla, que podía durar
horas, centrado en la política, en la medicina oficial y sus críticas feroces,
desde adentro, y entonces remitirnos a ciertas lecturas, miradas que ponían al
descubierto el gran negocio de la medicina, o el uso de la salud como negocio
formidable. A partir de ahí nos acercamos a la medicina germánica del doctor
Hamer, la historia de la homeopatía, el sentido de sus gotas, y centrados en el
uso de las vacunas, un anti vacunas a fondo, mucho antes de que surgiera con la
pandemia la explosión de los negadores de la realidad. Fuimos antivacunas desde
siempre por lo que nos nutrimos de todos los conceptos que reafirmaban esa
mirada. En lo político se daba una cierta coincidencia, aunque sobre todo se
notaba el gran respeto por nuestra personal historia, jamás un cuestionamiento
y se solazaba en la charla, sacaba a relucir sus inquietudes, el poder mundial
de los monopolios, de las fundaciones Rockefeller, ese poder oscuro que domina
el mundo y del que nosotros solo éramos una piecita apetecible. Me remitía a
páginas, a escritos mientras crecía la inquietud porque uno sabía que en la
sala de espera había más de una persona aguardando su turno. Las caras serias y
gestos poco amistosos de ellos al salir daban cuenta del exabrupto de quedarse
por horas en una mera consulta médica. Mientras, con los años engordó un tanto,
dejó permanente su barba, amplió sus procedimientos a Fores de Bach, a otras
medicinas naturales y si no fuera por el título habilitante de médico cualquier
podría pensar o creer que estábamos frente a un chantapufi embaucador. En las
estanterías primera cubriendo tres paredes del consultorio estaban los libros
de abogacía de su cuñado, un personaje que tuvo su paso por gobiernos
reaccionarios, con cargos altos y que distaba enormemente en conceptos con su
cuñado. Se ve que esa era la casa de su mujer, de los padres, que el monigote
abogado viviría en algún parque cerrado de la urbe porteña o en Nueva York y él
ocupó ese espacio con sus instrumentos de homeopatía, el lector de iris, una
camilla y un pequeño apartado para algunos tomos específicos. En alguno de esos
años volaron todos los libros, quedaron algunos estantes y desparramados había
ahí literatura de ficción casi todos los libros sagrados de todas las
religiones, el coral, los Vedas, el Tanaj, las biblias, el Popol Vuh, mezclados
con todo tipo de publicación referenciando las medicinas naturales, las flores,
las constelaciones, las vacunas, esos libros que hablaban de la oscuridad de
los poderosos, algún compendio de poesía, alguna novela consagrada, ni rastro
de los libros que nutrieron a su cuñado para llegar a ese puesto y afianzar el
poder de los que mandan.
Vino la pandemia y es posible que de tanto rumiar conceptos
como a Quijano se le fue secando la cabeza. Por supuesto que en las mesitas
ratonas de la sala de espera estaban los periódicos de los nacionalistas de
derecha más recalcitrantes, los de Dios, Patria y Hogar, el famoso Biondini, y
si estaban ahí es porque el Manuel era un adepto de esa ideología, y se tornaba
cada vez más complicado tomar un tema urticante de la vida nacional. Sin
embargo, no fue por ahí el desplante, que eso queda en la nebulosa. Un día se
presenta con la teoría de los terraplanistas. No puedo negar que siempre lo
escuché con mucho respeto, cada orientación de él sobre lecturas o movimientos
de algún modo nos llevaban al mismo puerto, nos sentíamos reconfortados, así
que nos nutrió de páginas para la búsqueda y confirmación de la teoría de este
movimiento. Apenas fue ahondar en la cosa cuando no saltaron todas las
contradicciones, y ahí comprendimos que se había producido una brecha en el
diálogo y que no valía la pena insistir en el asunto. Pero la cosa vino cuando
se produjo la hecatombe pulmonar, cuando la neumonía atacó con todo y no hubo
respuesta asertiva de Manuel, al contrario, minimizó la cosa y estuvimos a un
tris de pasar al otro lado. Después nos dio su versión de que ese estado
significaba que ya el organismo había superado el trance y que por el contrario
la internación significó abortar el proceso de curación definitiva. Después
vino la cuestión urinaria y tampoco hubo respuesta, ya a esa altura, con la
pandemia, los cuidados íbamos allí y no había barbijos ni cuidados, la negación
del Covid era fulminante y sentimos que ya nada teníamos que hacer ahí, de a
poco caímos en la medicina oficial, nos controló la tensión que tampoco le dio
importancia, el Manuel, vino una primera operación de próstata con resultados
excelentes, y vino la continuidad de cuidados, con medicación de por vida para
la tensión, pero si se llegó a eso es porque tampoco hubo un seguimiento a
fondo de toda la problemática de la edad, en fin, una vez lo llamamos por
teléfono y fue una respuesta casi de desplante, no hubo ninguna preocupación
por esos valores altísimos de la tensión y fue el toque definitivo como para
que nunca más nos acercáramos al consultorio de la calle San Juan. Esto no
quiere decir que nos hayamos alejado o dejado de pensar en el retorno al
tratamiento homeopático, ya lo veremos, pero queda el Manuel como un exponente
fanático metido en un consultorio, quizás un sabio loco, quizás un alterado, un
tipo cargado de ideas raras, producto de esa visión cerrada de la vida, de la
historia, con esa familia, con esa orientación política ideológica y con esa
mirada fatal, fulminante de todo lo que significa médicos y medicamentos de la
medicina oficial.

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