El Huguito

 

Así lo llamaba su compañera, a la postre su mujer, la abnegada mujer que lo bancó en sus últimos diez años movida por un amor especial, o la conmiseración o por sentimientos a los que uno no está en condiciones de acceder y menos juzgar.

 Apareció en nuestra vida así, como el novio flamante de esa amiga, que en ese entonces con sus ahorros había comprado la patente de un remiss, puso el auto a trabajar y el Huguito fue primero su chofer y luego, amante y al fin compañero. Hubo otras secuencias en esa relación, pero la dejamos acá para iniciar desde ahí la semblanza de este personaje digno de figurar entre los seres depreciables, porque ya lo sabemos que todos tenemos algo para rescatar, en nuestra dignidad, pero en este caso hay que raspar bien fuerte el fondo de la olla para sacar algo que valga la pena. Si tenemos que mencionar algo, su don para conquistar el amor incondicional de nuestra amiga y su habilidad para ciertos oficios, producto de su soberbia, pero que era un buscador, un inquieto buscador de nuevos procedimientos, y lo dejamos como un punto a favor del mencionado.

Fue a partir de ese conocimiento, que se nos presentó como, además de remisero, un buen electricista.

Y en esa tarea estaba, colocando los cables de la pieza del fondo y del pasillo, hablando hasta por los codos, bien de él, mal de todos los electricistas, cuando lo sorprendió una cruel enfermedad, esas enfermedades que ya no existen, el terrible lupus tomó su cuerpo y si sobrevivió fue gracias a la labor inmediata conjunta entre la amiga, su hermana y nosotros que pudo internarse en el Clínicas de Córdoba y desde ahí salió con los riñones destruidos, para iniciar un largo proceso de diálisis semanales, pero vivo. Siempre queda como ejemplo de lo que una enfermedad puede acarrearte, un hecho trascendente puede hacer que dejes de ser lo que era, cambien radicalmente tus conceptos, tu manera de ver el mundo, de tratar al otro, de considerarte, de bajar un grado tu soberbia, saber de la fragilidad, ser otro. Pues bien, en este caso ocurrió todo lo contrario: los aspectos negativos del Huguito se multiplicaron de manera tal que ya su presencia, su compartir algo con él se tornaba insoportable.

Sin duda ya nos habría colmado la tolerancia cuando lo tomó el lupus. Esto salta como conclusión de lo dicho más arriba: que volvería un hombre bueno, agradecido de la vida, vendría a devolver en parte el amor y el respeto que pusieron tantos para salvarle la vida. Y literalmente fue así, se le salvó la vida gracias a un llamado telefónico a un sobrino que era residente en el Clínicas, acá ya se lo había desahuciado, un lupus es cosa sería, no hubo forma y su jefa amante compañera, en el auto de la hermana lo cargaron en el asiento de atrás y lo llevaron a Córdoba. Lo vimos en ese asiento trasero, era una masa informe, roja, casi no respiraba, un brote inaudito, creo que fueron por no dejar pasar una oportunidad, un hacer lo que se puede. Y llegaron, fue atendido de inmediato gracias a los oficios del Milo, el sobrino, y allí estuvo varios días, quizás semanas, hasta que retornó salvado, con los riñones sin funcionar, pero al menos con perspectiva de vida. De a poco recuperó el tono muscular, las actividades, inició el doloroso insufrible proceso de diálisis tres veces por semana, horas y horas dedicadas a la limpieza de la sangre, incluso usando el vehículo para hacer él mismo el servicio de diálisis a otros pacientes hasta que años después llegó el trasplante y la perspectiva de una vida mucho mejor.

Entre otras de sus historias supimos que había sido detenido por unos días en el 76 o por ahí. Que no tenía militancia alguna, salvo amigos contactos, los que ocurren en una ciudad chica que cuando vino la represión se llevó a todos, los organizados y los contactos y los aledaños. Y esto fue así porque los conceptos del Huguito respecto al accionar de las organizaciones, al tiempo de resistencia y búsquedas lo calificaba con los epítetos propios de los genocidas: terroristas, subversivos, y todo lo que podría ocurrírsele, porque desde su pedestal de sabelotodo, de ser más, de soberbio, sin darse cuenta de su insignificancia, odiaba a todos, insultaba al que estuviera cerca, defenestraba a trabajadores, mozos, albañiles, ninguno  como él para hacer las cosas, son todos vagos y mal estresados, por eso compraba herramientas para ser el artífice de sus propios logros. Los conceptos machistas, los valores morales que desplegaba, las discusiones  odiosas con su mujer, la imposibilidad de dialogar de algún tema urticante fue haciendo más distante la relación aunque el cariño por su mujer hizo que continuaran los encuentros, a veces pasables, otras veces insufribles mientras su vida se iba deteriorando, un enjambre de medicamentos, los brazos que le habían quedado deformes de la diálisis, la incapacidad para sostener grandes esfuerzos hasta que el enamoradizo dejó plantada a la consorte que le salvó la vida, se fue con una peluquera a vivir de sus expensas hasta que la peluquera lo desprendió de una patada, lo merecido y volvió, sabía que la mujer lo perdonaría, lo esperaría, lo cobijaría y así fue, primero con una casa en el barrio donde allí se empezó a ver su debilidad por los objetos  que podrían acumularse, una especie de Diógenes moderno, chicherías, herramientas, tapitas y potes,  bolsitas y tornillos herrumbrados, todo fue acumulando a su alrededor. Allí fue que la mujer le brindó un departamento al fondo, construyó una prefabricada adelante y él quedó ahí, acumulando basura, objetos atiborrados de mugre, juntando día a día más odio, más distancia con el mundo, cada vez más aislado, menos servicial, menos tratable, más odioso. Entre sus andanzas tuvo el tupé de estar en primera fila para anotarse para la pensión de ex presos políticos y lo logró, de eso vivió sus últimos años y se casó con la mujer y la mujer heredó la pensión a pesar de ser lo más reaccionario, antiperonista y reaccionaria que pueda caber en un ser humano, que lo salva por ser una persona con sentimientos buenos, aunque sus ideas sean atroces, paradojas de la vida.

Qué decir de semejante bicho humano, lo anecdótico sería interminable. Queda como referente de que no siempre cuando nos colocan en situaciones extremas uno sale de ahí agradecido de la vida. Un ser quejoso, intratable, poco sociable, ventajero, cada acción seguida de un interés avieso, con un entorno familiar del tipo, dejando a hijas en situación difícil, y se fue cuando ya no pudo más, o sea desde el lupus hasta su último día se dedicó a joder al prójimo, a sacer ventajas, a mostrarse como un perfecto modelo de ser despreciable, que es mejor perderlo que encontrarlo. Por supuesto que, desde la última vez en una comida, donde la discusión acabó si no a las piñas, a los gritos, a levantarse y nunca más, porque rebasó el vaso, pasó la raya, porque no era posible permitirle cualquier aseveración, cualquier concepto, más allá de su enfermedad, o precisamente por la historia de su enfermedad y la razón de su seguir viviendo. Después fuimos al casamiento formal y ahí acabó la última mirada y se fue, y sintiendo que su mujer podría desde ahí recuperar un poco de dignidad y vivir el tiempo que le queda sin tanta carga inútil, contradictoria, inentendible.

Bien que se pueden agregar anécdotas, reflexiones sobre este ser prototipo de lo despreciable humano, de esos seres que siendo un cuatro de copas,  un último orejón del tarro, sus posturas aspiracionales, su alta estima, y sus conceptos ideológicos lo perfilaron para ser un ser por encima de los demás, pero la vida que tiene sus partes justas lo puso en su lugar y terminó la vida como desinflado, como habiendo agotado hasta el último suspiro de maldad y desprecio con que mantuvo su vida generando escozor, incomodidad, desconcierto porque por momentos uno no podía calificar la razón de una actitud de sometimiento, un concepto soez, una reacción innecesaria. Sí, podemos decir que conocimos al ser más abyecto, lejos de otros innombrables aunque este pobre infeliz no mató a nadie ni sometió con violencia, solo su presencia era el causal del malestar que se generaba a su alrededor.

 

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