El Negro Ceballos, el Grunchi

 


Para escribir un largo relato, puede ser el personaje protagónico de una novela bizarra; puede ser un prototipo de individuo a retratar, con sus altibajos, sus hundimientos, su entorno complejo, su final esperable.

Empezar por la época de la Córdoba gloriosa, la Córdoba en ebullición que obligaba a los estudiantes universitarios venidos de las lejanías a tomar partido, no se podía andar por la calle con indiferencia, todo lo que ocurría afectaba a la juventud, la sensibilizaba, la obligaba a dar una respuesta. Y cada cual la fue buscando desde donde pudo, como supo, con la gente que le tocó actuar, no hubo un rumbo definido, aunque todo apuntara a lo mismo, la intención de cambiar el mundo para que todos los humanos pudieran vivir una vida mejor.

Con el Negro compartimos un tiempo una casa de estudiantes. Fue allá en la calle Friuli, paralela a la Avenida Vélez Sarsfield, salida hacia el sur, hacia Río Cuarto. Allí estaban el Azulejo, el Tito Cuchietti, el flaco Callerio, todos oriundos del imperio, estudiantes de química, de economía, días y meses intensos, con el Chile y su dictadura, con Trelew, el nuevo entorno democrático, el surgimiento de distintas organizaciones de izquierda, infinidad, para todos los gustos, para todas las inclinaciones, de esta revolución, de este movimiento, este líder, aquella consigna. El Negro era un muchacho esmirriado, silencioso, no se destacaba en nada, pero había una picardía y un ingenuo que se manifestaba en cualquier ocasión. Uno habla de estos tiempos y quizás fueron apenas unos meses, porque los lazos en ese tiempo se hacían fuertes, indestructibles y durarían para el resto de la vida.

En un período durante el cual el dolor de espalda, de columna no me dejaba en paz, con calmantes, asistencia por acupuntura y lo que estuviera en mano, el Negro me sugirió y luego me acompañó a un barrio detrás de parque Sarmiento, barrio con calles con nombres de flores donde tenía el consultorio un amigo de su padre, un masajista, componedor de huesos. Fueron varias sesiones, él también se atendía y los resultados no fueron extraordinarios, pero atemperaron los dolores.

Después, el influjo del despertar político, del surgimiento de organizaciones, de movilizaciones, marchas y acciones de todo tipo nos llevaron por rumbos similares pero distintos, casi sin contacto, sin saber nada del otro, tal vez algún encuentro fugaz en la calle, en una marcha, vino la dictadura genocida y recién en democracia se dieron las condiciones para volvernos a ver.

Vino ese encuentro en Río Cuarto, más gordo, más bien vestido. Recuerdo que no hubo un abrazo fulminante de los reencuentros, apenas un saludo distante y la relación consistió en intercambios de trabajo, él ya como un empresario de la serigrafía o de contrataciones gubernamentales, se lo veía en vehículos de alta gama para ese entonces. Un comerciante, apenas, y no hubo intercambio de historias, ni de nombres que nos faltaban, ni de futuro. Esos años de silencio siguieron y ahí nos enteramos que había estado en Brasil, que desplegó su inquietud por la química, armó un gran taller serigráfico, o mediador de trabajos, intermediador, nosotros le hicimos impresiones textiles y no nos animamos con otros trabajos de envergadura. En fugaces encuentros supimos del nacimiento de un hijo, de peleas con su mujer, de alcohol, sustancias, una vida disipada dirían los antiguos, una caída económica, una casa de barrio como en decadencia de la vida y se perdió de vista. Supimos por otras voces que había recalado en España, en una ciudad cercana a Barcelona y lo perdimos en el recuerdo, como se van esos seres de nuestra vida como que ya nada más tenemos para decirnos, ni nos importa, ni nos interesa. En esos tiempos de silencio, de miedo subsistente, el Negro manifestaba su ausencia con la historia, un desaprendido, un negador de la historia, como si quisiera no recordar, como si nada hubiera pasado, como avergonzado de los hechos pasados. A esos los llamábamos los quebrados, los olvidadizos, los que renunciaban a todo y se dedicaban a salvar la ropa que les quedaba. Pero era la manera que tenía cada cual para seguir la vida, para muchos, quebrada por completa.

Después que no supimos más de él y aparecían comentarios sueltos de amigos que anduvieron por Barcelona y viajaban que el Negro sobrevivía por allá, con la existencia del estado español y que su salud estaba resquebrajada por secuelas por el alto consumo de alcohol y sustancias alucinógenas, aunque estaba en tratamiento estricto y se lo veía tirando.

Por eso fue sorpresivo, más que nada doloroso, verlo esa mañana en el Viejo Hospital, en el pabellón de Salud Mental. Estaba acompañado por su prima mayor, apenas si me reconoció, pronunciaba palabras inconexas, la mirada extraviada y de alguna manera sin obra social, casi sin familia, acudieron a lo público como para intentar una recuperación. De eso hará ocho, nueve años. Era un hombre destruido, delgado, con signos de alteración psíquica, física, anímica.

Después supimos la historia reciente, de cómo el gobierno español terminó  abruptamente de subsidiar su salud deteriorada, sus males  de por vida en el esófago, en los riñones, producto de una cirrosis que adquirió veinte años atrás y si bien nos consta que desde esa fecha hasta su muerte  no probó ni un solo sorbo de alcohol, ni consumió sustancia alguna, ni cigarrillos ni macoña, apenas si la salud pública de la ciudad pudo dar con la tecla en algunos medicamentos que le permitió al menos recuperar el habla, que no la plena coherencia y de a poco se integró al Hospital de Día, con su psiquiatra y psicólogo y un accionar en algunos de los talleres que le permitió interactuar con otros, aunque sus características esenciales, su ser reo, su búsqueda de lo bizarro no le permitieron retornar a una normalidad, si acaso eso era posible. Lo cierto es que hubo acercamiento a sus viejos amigos de la militancia, estuvo en algunos actos, realizó artesanías, aunque ya solo porque la relación con su prima terminó de la peor forma y su relación con el hermano apenas si era de ayuda económica y administración de papeles. Sin embargo, en los últimos años logró afincarse en una casa interna, se manejó en soledad con la alimentación, la higiene, la recreación y vino el Covid que pegó sin duda más fuerte a los desprotegidos, fue trasladado a un instituto en la capital cordobesa, tuvimos una charla telefónica donde se lo sentía y percibía similar aunque más débil o desorientado y no fue sorpresiva que una mañana su hermano llamara para avisarnos de su partida.

Mucho habría para contar de estos últimos años en los cuales me convertí de algún modo en su asistente, en quien estuvo más cerca de él, ayudándolo en lo que estaba al alcance. Pasarlo a buscar todas las semanas para su asistencia al taller de literatura, incitarlo a escribir su historia, muchos de esos textos quedaron como testimonio de su paso por el Hospital de Día en la Revista La Minga, por ahí andarán sus escritos locos, desvariados, siempre confrontativo, soez, porque es posible que a pesar de sus incapacidades y disminuciones no perdía el orgullo de tanto vivido, porque en la vida demostró que pudo llegar bien alto, que se propuso algo y lo consiguió, que aun en ese estado demostró sus capacidades manuales, sus experimentos químicos, sus sueños de retornar a una actividad laboral continua, pero sin duda los efectos de ese consumo sin límites, de los medicamentos que voltean a cualquiera y de la falta de motivaciones reales, con un hijo que apenas si lo pudo ver una vez en la década, ya grande, ya un muchacho con su propia vida, murió sin su asistencia y es posible que el hijo rearme su historia poniendo a su padre en ese triste lugar que lo vio al crecer, casi un indigente, un alienado, un solitario, y hablo por él en su defensa que esa huida del infierno, ese escondrijo en la dictadura y su escape a Brasil y todo lo que en ese entorno hizo para sobrellevar el destierro, la ruptura de la vida caló hundo y si bien no justifica excesos ni por asomo marca un punto que no se lo puede desconocer. Al final, uno terminó queriéndolo, a pesar de sus continuas cabroneadas, aceptando sus berrinches, sus exabruptos sabiendo que él nos valoraba infinitamente un agradecido de que me haya cruzado en su vida en estas circunstancias finales de su existencia.

 

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