Este sí que es un personaje múltiple, posiblemente un prototipo que cualquiera quisiera ponerlo en alguna de sus historias reales o fraguadas. No lo definiremos ni lo juzgaremos, solo lo pondremos a actuar en la vida, sus gestos y sus acciones dirán de él más que cualquier análisis psicológico, social o sociológico que pretendamos objetivo.
Diré, desde el vamos, que, más allá del relato de sus hechos y actuaciones,
es una persona que quiero, que lo llevo ahí donde están los seres que nos han
marcado en nuestra vida y más ahora que, desde hace meses nada sabemos de él,
como si, literalmente, se lo hubiera tragado la tierra, que es como decir que
se hubiera muerto repentinamente. Ningún indicio de su existencia, ningún dato
de amigos o conocidos nos hacen presumir lo peor, cuando aún le quedaba un
largo trecho de cuerda en el carretel. Tendrá (o tendría) ahora sus 73, número
que no asusta a esta altura de la humanidad.
Lo conocí en el comedor universitario, en esos encuentros de acercamiento a
los grupos con filiaciones políticas u objetivos puntuales como el Movimiento
Contra la Represión. Ahí pudimos frecuentarnos, después habrá ido a vivir a la
covacha de la Calle Mitre frente al río y después no nos separaríamos hasta que
cada cual tendría sus responsabilidades políticas y era inconveniente un
encuentro. Sí, claro, ya por ese entonces primaba la seguridad de nuestros
pasos, el tabicamiento, y se puede decir que ya ni con amigos de militancia se
podía frecuentar, sería una falta de disciplina, en fin, eso era lo que se
aceptaba en pos de la revolución.
Novio eterno, simultáneo novio con quien se le cruzara en el ánimo, morocho
orgulloso que, a falta de una pieza dental delantera se colocaba un chicle para
que sus sonrissa no delatará su precariedad. Porque no se sabía de qué vivía,
quién sufragaba sus gastos, esa parte de la vida me fue desconocido, solo sé
que era de Villa Dolores, que era amigo de otro coterráneo, el Piro G. y que
fue con él que me acerqué a la lectura del Quinto congreso del PRT y desde ahí
anduvimos acollarados en los primeros escarceos revolucionarios. Supe que
cuando nos distanciamos con la Julia el tipo fue por ahí y le tiró los galgos,
o sea, no le hacía asco a nada, no importaba pelos ni señales, amigos o
respeto, se ve que el hombre en ese aspecto se creía el galán del mundo.
De su vida anterior, de su familia en Villa Dolores nada conocíamos, ese
era un misterio, ni siquiera conocíamos algún trabajo o conchabo con que
sufragar sus gastos. Tiempo después pusimos un bar con un hermano, un comedor
de menús diarios y el Negro era uno de los comensales habituales. Supongo que
nos pagaría en término, porque era un negocio. Cuando lo dejé y entre a la
Sancor, quedó Oscar a cargo y el Negro seguía yendo ahí, cotidianamente.
Supongo que habrá sido al mediodía del 30 de mayo del 75. Un día después de
nuestra detención. Dice Oscar que llega el Negro a su almuerzo habitual y que
Oscar le cuenta de nuestra detención. Dice que fue un disparar sin saludo, sin
preguntas, un huir despavorido y nunca más se lo vio, nunca más retorno al bar
Montecarlo y no se supo más nada de él. Pasaron los años de cárcel, habrán
pasado unos cuantos años más hasta que algún día nos encontramos. Supimos de su
huida al sur, de que allá hizo de todo en el ámbito del periodismo, que allá
formó familia, dos hijos, ya separado, uno de los hijos con problemas
neurológicos, y su instalación en Buenos Aires como corresponsal en el Congreso
de la Nación de radios y periódicos del sur. Allí fue que nos encontramos en
Buenos Aires, en su casa alquilada, precaria, un negro con pinta de chanta,
charlatán, dedicado al periodismo, a la literatura, bailarín de tango,
conquistador de mujer que se le acercara, relaciones de poca duración, con una
de ellas llegó a Río Cuarto, yo con la ilusión de un aporte para la Feria del
Libro a partir del conocimiento que él tendría de la movida literaria en la
Capital, vino, usufructuó la casa de Achiras con su novia, pasó de visita por
la feria y se fue. Así siguió el Negro, ya entablamos una comunicación
epistolar que la limitábamos más a lo literario porque se lo veía a un tipo
negado de su pasado, más refractario a todo el progresismo, indefinido a la
postre, un relegado de su historia, un acomodaticio, de esos que andan
escapando de la realidad. A pesar de eso uno lo sigue queriendo, porque pesa
más la historia compartida. Luego lo seguimos en su incursión por un país
africano, ya nos acordaremos, Andorra o Marruecos, mejor, con una mujer de
plata, que tenía casa por ahí, o era una profesional de charlas formadoras, eso
lo llevó a Francia, a vivir cerca del puente de Avignón, y venirse a la
Argentina con la pandemia, caer en un hotel de mala muerte, pasar la pandemia
ahí, encerrado, palabras de él de recuperar la actividad periodística, retomar
con corresponsalías hasta su cumpleaños en abril del año pasado, sin respuesta,
sin saber qué ocurrió, y nada más, hace un año que nada se sabe, nadie sabe y
ni tiene noticias, y entonces pensamos lo peor aunque hasta tanto no se tenga
una confirmación no sería un desaparecido hasta que aparezca su cuerpo. En fin,
es larga la historia del Negro, pero como se ve, todo un personaje, con un
libro publicado, Sopa Seca, de cuentos, de vivencias y muchas historias de amor
para contar.

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