El Pelado Eduardo, Lalo

Una historia de dolor, una muerte evitable, si no provocada. Nos conocimos desde antes de la cárcel, por el vínculo directo familiar de mi ex compañera, tuvimos la oportunidad de vernos un par de veces, de no compartir acciones o encuentros políticos, hasta podríamos creer que no había militancia en él, por eso cuando es detenido con varios y llevado a la cárcel con más intensidad iniciamos nuestro acercamiento al movimiento Contra la Represión, organismo conformado básicamente por estudiantes universitarios. Sabíamos que era estudiante de Economía, de Ciencias Económicas, conocían en parte su enfermedad, manejable, aunque con períodos de brotes psicóticos que requerían internación o medicación específica. Siempre recordamos un día que me pidió o le pedí que me llevara a un lugar cerca del aeropuerto. Tenía un Fiat 600, rojo si mal no recuerdo, o azul y en un momento tomó con una calle de una pendiente pronunciada, iba a mil, noté que se reía de manera llamativa, entramos a la avenida de abajo con un susto de mi parte que se ve que no lo pude olvidar hasta ahora.

Y fue uno de los primeros compañeros que abracé al entrar al Pabellón 11 de la Penitenciaria. Estaba calmo, con su sonrisa cálida, su andar pausado, su risa fácil, ya con más de un año de prisión, desde octubre del 73, fue uno de los primeros en ser detenido. Luego, con la cárcel como Campo de Concentración pasamos ese período en celdas diferentes, y recién volvimos a encontrarnos cuando  en Sierra Chica, primero, y en La Plata después, por intersección de la familia lo trajeron a mi celda para tener un cuidado más directo en esos períodos donde la esquizofrenia lo ponía en estado de difícil contención.

Ese período de meses, impreciso, fue muy difícil de manejar, aunque no hubo violencia ni situaciones extremas. Tomando la medicación se lograba un estado de calma, y era de esperar que con los días saliera de esos ataques. Verdaderamente eran dos personas diferentes. Poseído de gestos fuertes, inquietos, había que calmar su ansiedad, su palabra alocada, sus disputas con fantasmas. El más notorio, insistente se daba con Ernesto Sábato. Decía que uno de los dos tenía que morir, que no podían seguir los dos vivos. Es posible que haya un parecido físico entre ambos, ahora que se lo piensa a la distancia, pero era una furia desenfrenada, insultos hacia el escritor diciéndole que debía morir, o moriría él. Luego pasaba y era un frenético ir y venir por los metros de la celda, un reír desencajado, llantos y como si no nos reconociera, como si no supiera dónde estábamos, sin duda era una persona fuera de sí. Salir a los recreos era un descanso, giraba y giraba, reía y entre todos se lo controlaba, se lo acompañaba. De noche despertaba, llamaba a los celadores, golpeaba la puerta, se lo sedaba, fueron días de mucha angustia y uno sentía que debía acompañarlo, así lo hicimos porque de todos modos no había riesgo alguno más allá de estar atento a sus requerimientos. Luego se iba el alterado y volvía el Eduardo tranquilo, uno podría decir que volvía más apagado, con menos energías, es posible que cada ataque implicaba un desgaste de su humanidad, pero ya en la normalidad, transcurrían los días con calma, lo cierto es que era un ser de algún modo disminuido.

Cuando nos trasladan de Sierra Chica es posible que otra vez en La Plata estuvimos juntos, pedí que lo trajeran o pedimos desde las familias para tener al menos un mayor control.

Y luego vino Caseros, un penal atroz, de aniquilamiento psíquico a pesar de su modernidad. Estaríamos en el recreo interior cuando nos enteramos de su muerte, fue un golpe feroz, de no creer, que se haya suicidado era una posibilidad cuando él estuviera en estado normal, digamos. Pero lo cierto es que si no se le daba una medicación especial se le podía inducir a su muerte, y allí entronca toda la denuncia, porque sin duda la inhumanidad del régimen carcelario no tuvo en cuenta esta necesidad de cuidados especiales y es posible que se lo haya abandonado a su suerte, no es posible que a un interno se lo deje solo en la celda cuando el resto sale del pabellón al salón de recreo, o a cualquier actividad. Dejarlo solo fue facilitarle la muerte, sea por propia decisión, sea porque alguien lo impulsó, eso no es un tema del que pueda decir una palabra certera.

Por eso el Pelado, el Lalo, el Eduardo quedó en el recuerdo de todos como un buen tipo, amable, solidario, eficiente, un ser silencioso y alegre, sin destacarse en euforias ni desplantes. La esquizofrenia es incurable, apenas llevadera con medicamentos y cuidados extremos, cosa que en una cárcel es casi imposible que exista algo parecido. Por eso sentimos que Lalo fue asesinado por el régimen represivo carcelario y así lo recuerda la plaza que lleva su nombre en el espacio de la memoria que quedó luego de la implosión de la cárcel donde ocurrió su muerte.

 

 

Comentarios