Una historia de dolor, una muerte evitable, si no provocada.
Nos conocimos desde antes de la cárcel, por el vínculo directo familiar de mi
ex compañera, tuvimos la oportunidad de vernos un par de veces, de no compartir
acciones o encuentros políticos, hasta podríamos creer que no había militancia
en él, por eso cuando es detenido con varios y llevado a la cárcel con más
intensidad iniciamos nuestro acercamiento al movimiento Contra la Represión,
organismo conformado básicamente por estudiantes universitarios. Sabíamos que
era estudiante de Economía, de Ciencias Económicas, conocían en parte su
enfermedad, manejable, aunque con períodos de brotes psicóticos que requerían
internación o medicación específica. Siempre recordamos un día que me pidió o
le pedí que me llevara a un lugar cerca del aeropuerto. Tenía un Fiat 600, rojo
si mal no recuerdo, o azul y en un momento tomó con una calle de una pendiente
pronunciada, iba a mil, noté que se reía de manera llamativa, entramos a la
avenida de abajo con un susto de mi parte que se ve que no lo pude olvidar
hasta ahora.
Y fue uno de los primeros compañeros que abracé al entrar al
Pabellón 11 de la Penitenciaria. Estaba calmo, con su sonrisa cálida, su andar
pausado, su risa fácil, ya con más de un año de prisión, desde octubre del 73,
fue uno de los primeros en ser detenido. Luego, con la cárcel como Campo de
Concentración pasamos ese período en celdas diferentes, y recién volvimos a
encontrarnos cuando en Sierra Chica,
primero, y en La Plata después, por intersección de la familia lo trajeron a mi
celda para tener un cuidado más directo en esos períodos donde la esquizofrenia
lo ponía en estado de difícil contención.
Ese período de meses, impreciso, fue muy difícil de manejar,
aunque no hubo violencia ni situaciones extremas. Tomando la medicación se
lograba un estado de calma, y era de esperar que con los días saliera de esos
ataques. Verdaderamente eran dos personas diferentes. Poseído de gestos
fuertes, inquietos, había que calmar su ansiedad, su palabra alocada, sus
disputas con fantasmas. El más notorio, insistente se daba con Ernesto Sábato.
Decía que uno de los dos tenía que morir, que no podían seguir los dos vivos.
Es posible que haya un parecido físico entre ambos, ahora que se lo piensa a la
distancia, pero era una furia desenfrenada, insultos hacia el escritor
diciéndole que debía morir, o moriría él. Luego pasaba y era un frenético ir y
venir por los metros de la celda, un reír desencajado, llantos y como si no nos
reconociera, como si no supiera dónde estábamos, sin duda era una persona fuera
de sí. Salir a los recreos era un descanso, giraba y giraba, reía y entre todos
se lo controlaba, se lo acompañaba. De noche despertaba, llamaba a los
celadores, golpeaba la puerta, se lo sedaba, fueron días de mucha angustia y
uno sentía que debía acompañarlo, así lo hicimos porque de todos modos no había
riesgo alguno más allá de estar atento a sus requerimientos. Luego se iba el
alterado y volvía el Eduardo tranquilo, uno podría decir que volvía más
apagado, con menos energías, es posible que cada ataque implicaba un desgaste
de su humanidad, pero ya en la normalidad, transcurrían los días con calma, lo
cierto es que era un ser de algún modo disminuido.
Cuando nos trasladan de Sierra Chica es posible que otra vez
en La Plata estuvimos juntos, pedí que lo trajeran o pedimos desde las familias
para tener al menos un mayor control.
Y luego vino Caseros, un penal atroz, de aniquilamiento
psíquico a pesar de su modernidad. Estaríamos en el recreo interior cuando nos
enteramos de su muerte, fue un golpe feroz, de no creer, que se haya suicidado
era una posibilidad cuando él estuviera en estado normal, digamos. Pero lo
cierto es que si no se le daba una medicación especial se le podía inducir a su
muerte, y allí entronca toda la denuncia, porque sin duda la inhumanidad del
régimen carcelario no tuvo en cuenta esta necesidad de cuidados especiales y es
posible que se lo haya abandonado a su suerte, no es posible que a un interno
se lo deje solo en la celda cuando el resto sale del pabellón al salón de
recreo, o a cualquier actividad. Dejarlo solo fue facilitarle la muerte, sea
por propia decisión, sea porque alguien lo impulsó, eso no es un tema del que
pueda decir una palabra certera.
Por eso el Pelado, el Lalo, el Eduardo quedó en el recuerdo
de todos como un buen tipo, amable, solidario, eficiente, un ser silencioso y
alegre, sin destacarse en euforias ni desplantes. La esquizofrenia es
incurable, apenas llevadera con medicamentos y cuidados extremos, cosa que en
una cárcel es casi imposible que exista algo parecido. Por eso sentimos que
Lalo fue asesinado por el régimen represivo carcelario y así lo recuerda la
plaza que lleva su nombre en el espacio de la memoria que quedó luego de la
implosión de la cárcel donde ocurrió su muerte.

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