Fue ese tiempo de antes de la furia, casi diez meses de
compartir un pabellón, aunque nunca estuvimos en la misma celda. De los seis meses de terror sistemático lo
sabíamos en una de las celdas del frente, del ala de enfrente y no podríamos
decir que tuvo un trato especial de crueldad, no queremos inventar lo que fue o
no fue, lo cierto es que fue un sobreviviente como tantos otros, que no tuvo
secuelas visibles como otros, hemiplejías o disminuciones de sentidos. Y eso
siempre fue como un misterio, que tampoco importa a esta altura dilucidarlo,
porque uno sabía que Joaquín era uno de los militantes de mayor jerarquía, uno
de los más grandes en edad, con una trayectoria de obrero tucumano azucarero,
que se había fugado del penal de Villa Urquiza en la dictadura de Onganía y
entonces sería presa codiciada por los siniestros. Sabíamos del castigo intenso
a ciertos nombres, de cómo se descargaban por placer, por mofa, por venganza,
porque no lo hemos hablado con otros, pero no podemos decir que los fusilados
de la Penitenciaria, los treinta y pico eran los cabecillas los que ellos
consideraban responsables, los que tuvieran más trayectoria. La figura del
Pelado trascendió la cárcel, tuvo el periplo de todos, quizás fue uno de los
que más años estuvo y siempre queda como
una revelación aquellas palabras de Joaquín cuando nos afirmaba entrando a
recorrer el pabellón donde ocurrieron tantos horrores que nosotros, los
compañeros le habíamos enseñado a leer y escribir, a completar su formación que
la inició desde ahí, y la continuó ya en libertad para recibirse de maestro,
para vivir de esa profesión y jubilarse como tal, lo que puede parecer
inverosímil y ya sabemos que muchas veces la realidad se torna increíble.
Sabemos de una hija con Síndrome de Down, sabemos de muertes prematuras en su
familia, es posible que también tenga sus desaparecidos, pero esta semblanza
superficial no puede obviar el respeto que Joaquín inspiraba en todos los
compañeros, su palabra equilibrada, su tono sereno, su tonada norteña, su condición
de obrero genuino, de nacer en un pueblo de trabajadores, de una militancia
comprometida, implacable, pero que uno lo recuerda y se le aparece su sonrisa
cálida, afectiva, compartida, su manera generosa de ofrecerse y por supuesto
que desde nuestras procedencias de clase media, intelectual o social, él
emergía como lo que se consideraba los líderes de esa revolución soñada,
llevada adelante por los cuadros proletarios, que, como Joaquín, tenían
arraigados sus principios transformadores, que tenían todo para ganar, nada que
perder, y entonces nos quedamos con esa figura del changuito cañero, no
importa, poco conocemos de su real devenir pero lo sabemos ahora viviendo en un
pueblo serrano, activo en las redes, siempre prudente, siempre atado a aquellos
ideales, no es fácil que se le pueda trocar por políticas conciliadoras, de un
frentismo que va un poco más allá de lo que se consideraba las clanes
populares. Eso poco importa, esto alcanza como para dejar un retrato de las
vivencias con este gran compañero, encima futbolísticamente gallina lo que nos
hace abrazar aun en esas contiendas.
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