Fue, en los hechos, el abuelo por antonomasia (Habría que ver cuál es el
profundo sentido de la palabra). Sí se sustituye lo particular, Juan, por lo
general: abuelo. Él es el abuelo. El materno, Francisco, había muerto antes de
mi nacimiento. El otro, Antonio, el paterno, apenas es una imagen en un sillón
vienés, hamacándose con una pipa en la boca, ni se recuerda la voz, solo que
imponía respeto y que obligaba a todos los hijos a estar presente en Año Nuevo
y Navidad en la casa vieja de la 9 de julio 555, aunque estuvieran peleados,
distanciados, enemistados, cosa que los nietos, los primos poco sabíamos de
eso, o lo sabíamos y aprovechábamos para estar juntos cuando nuestros padres no
se visitaban.
Por eso apenas llegábamos al campo de Achiras el tío Juan nos recibía
alborozado, no tanto la tía Ana, que desde el vamos nos preguntaba cuándo nos
iríamos. Sin embargo, al final, la tía del batón a lunares y los ojos inmensos
de cielos también nos protegía o por lo menos no nos retaba o despreciaba. El
tío Juan renegaba mucho, con los hijos, peleados entre ellos a muerte algunos,
enojado con el precio que le pagaba las cerealera de Rasmusen, el alquiler o
renta (ya buscaremos el nombre al dueño del campo de doscientos hectáreas de
Los Dos Gemelos: Zunino), y sus insultos llegaban al cielo, insultos a Dios (“Me
cago en dios y en la putísima virgen”) y al que se le pusiera en frente. A
grito pelado hacia el universo, el tío Juan se alejaba de la casa, se adentraba
al campo siguiendo una alambrada y despotricaba contra dios y los santos y los
bancos y las cerealeras , los insultos ponían roja de ira y de vergüenza a su
mujer y eso duraba tanto como tanto habría sido la ofensa del consignatario de
hacienda, de la cerealera de los Rasmúsen, del aumento de quintales que le
reclamaría Zunino, y no ahorraba palabras de furia e insultos, porque él sí que
tenía en claro quiénes se quedaban con el esfuerzo de los campesinos como él y
tantos de la comarca en aquellos tiempos donde todavía el campesino se afincaba
en los ranchos y arrendaba o cultivaba sus hectáreas con la tecnología que
demoraba en insertarse a la modernidad, hasta que llegó con sus innovaciones arrasadoras, y todos
quedaron en las periferias de las ciudades o viviendo de una renta, que otros
cultivaran para siempre sus tierras si es que no se la despojaban a su muerte y se repartían los
deudos como para concentrarse la riqueza del campo cada vez en menos manos.
En ese entonces tendría entre cincuenta y sesenta años, activo, salía todas
las semanas hacia la ciudad, con su saco, una carterita de cuero donde llevaba
los papeles, las anotaciones de rindes de semillas y cosechas, y mientras
estábamos ahí él siempre tenía unas palabras de aliento, de cariño, algún
presente nos traía, pero más nos atraía
cuando a la noche, ya en silencio,
cuando encendía la vieja radio a transistores, a batería, sintonizaba
radio Moscú en español y ahí se despachaba toda su convicción sobre el
comunismo, sobre la reciente revolución cubana, convicciones que le transmitió
a su hijo homónimo, el Juancito. Escuchábamos con él esas trasmisiones que por
momentos se perdían en el éter, y los comentarios sobre las ventajas de la
cooperación, del comunismo, no recuerdo diatribas contra el peronismo, pero es
posible que como todo campesino no tuviera una buena opinión sobre Perón y su
gobierno derrocado y su nombre proscripto y seguramente habría estado en la
concertación contra Perón, ahí estuvo el partido Comunista. Porque él también
nos enseñó la solidaridad para los que están perseguidos, así lo supimos, de
los hermanos Clemente, dirigentes de la ciudad del PC que escaparon de la
cárcel o algo así y se refugiaron en el campo del tío Juan durante muchos días
incorporados a las tareas de siempre, al arado,
al ordeñe, como si se integraran a la actividad de la familia. El tío
Juan con su exquisita anécdota de llegar a la hora del almuerzo a la casa nuestra
en Río Cuarto y su sobrina, mi madre, la Coca preguntándole si se quería quedar
a comer, que haría bifes con ajos y entonces el tío se despachaba que sí, que
los bifes con ajos eran sus preferidos. Claro que, a la otra oportunidad, se
repetía la escena y la Coca le decía de los bifes, sin ajos, y el tío Juan
encantado porque los ajos le caían mal.
Murió el tío, seguramente cuando
estaba en la cárcel, no lo recuerdo, pero debe ser uno de los seres más
queridos, más venerados, de esos que siempre se los lleva encima.
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