Más que hablar de lo que uno conoce de él, de cuerpo
presente, podría hablarse mucho más de lo que se supone de él, de lo que
cuentan, de lo que se especula. Bien podríamos despojarlo de todo eso, dejar al
otro, al conocido como si fuera solamente esa persona, como si no le pudiéramos
agregar a su impronta ningún rasgo que desentone con lo que uno puede
atestiguar. Y eso sería lo correcto, porque no está bien hablar mal del otro
sin haberlo visto, apenas por habladurías y cuando esas habladurías lo ponen en
un estado de indefensión, uno ya no sabe si lo que está frente a uno es un
impostor, una careta, una faceta, una parte del todo que somos y que a cada
cual le mostramos lo que nos conviene, o lo que queremos aparentar. Tal vez fue
un adelantado, alguien capaz de ejercer su sexualidad amplia sin ponerse
colorado, pero a la postre me quedo a la mitad, no puedo jugar con los
conceptos, ni siquiera me atrevería a dejarlo por escrito, por lo menos no
poner ninguna señal en su descripción que sea capaz de ponerlo en descubierto,
porque así como la palabra enaltece, mal empleada denigra, confunde, baja del
pedestal a los elevados y coloca en su lugar a los esbirros.
Entonces, haremos un personaje sesgado, le sacaremos el
nombre que pueda identificarlo, le llamaremos Eugenio, sí, ese nombre tiene
resonancia y sirve para enancarme a él y desde ahí soltar todo lo que se dice
del otro, que no se confunda, tres o cuatro anécdotas que lo pintan de cuerpo
entero, incluso alguna que se la puede inventar, mejor hacer memoria de esas
ambigüedades con que los seres humanos diferentes se presentan ante el conjunto
y perviven ambas facetas sin que a nadie se le caiga una moneda.
Fue un verano cuando nos enteramos que se había ido a
Europa, es posible que a España. Se fue con un amigo a quien se le reconocía
explícitamente su homosexualidad, como tantos otros, con familia constituida,
con hijos y oficio conocido, sin ninguna escena o acción que lo pusiera en
estado de degradación, que se lo señalara con el dedo como una mala persona, al
contrario. En medio de su bienestar artístico, o profesional, no como alguien
que abandona el lugar rutilante en la pantalla y tira la chancleta. Y fue
entonces el comentario que no era un viaje común sino una especie de huida para
el encuentro del amor. Se especializaron en un oficio siempre ligado a manos
femeninas, tuvieron un periodo en el Viejo Mundo y al retorno montaron un
negocio con el producto de ese oficio, un tiempo, no se sabe cuánto, pero cada
cual al tiempo volvió a su núcleo familiar, uno ya asimilado y aceptado, el
otro, nuestro personaje, vaya uno a saber cómo se las ingenió o cómo se lo
aceptó, quizás estemos hablando desde el atraso, desde la no comprensión porque
a ojos vista todo el mundo sabía que era una pareja de amor y que había llegado
a su fin. Por cierto que, en los tiempos que siguieron y pasando sin aviso a lo
vivido, nunca salió el nombre de uno o de otro, dependiera de con quien
estuviéramos, como si esa relación jamás hubiera existido. Lo cierto es que ya
en sus dos oficios eximios, la vida continuó como si ese viaje jamás hubiera
existido. Y es ahí cuando aparecen las otras historias. Por boca de uno de esos
reos de la noche, de la alta noche de madrugadas de alcohol y drogas en las
calles de la ciudad, de salida del boliche no viene y se encuentra en una
esquina con el susodicho personaje en evidente provocación de levante
masculino, que no con disfraz, sino como un espectro doble de quien habría
dejado un rato antes su trabajo y salía a buscar el amor pasajero, cobrar un
poco de amor carnal con el primero que se le cruzara. Y el reo bien que conocía
al personaje, lo había tratado, no podía confundirse. El espanto, el asombro,
la decepción, la bronca, todo pasó por las consideraciones, que fue necesario
insistir en asegurar que era verdad, que no fue una equivocación, y bastaron unos
cuantos fines de semana para que la escena del levante en la madrugada fuera
una postal, como si el personaje le resultara irresistible y salía a beber un
poco de la sed que lo carcomía, a expensas de su reputación o ya sin importarle
la misma.
Después vinieron las confirmaciones más abyectas, que la
permanencia o no en su actividad de trabajo dependiente de él estaba
condicionado a si ofrecía sus servicios sexuales al patrón (a la inversa de lo
habitual), y muchos cayeron en sus redes y algunos permanecieron mucho tiempo a
su lado y podrían contarse historias increíbles, pero en honor a la dignidad y
el respeto lo callamos para no levantar más polvareda.
Hay un grado de perversión, odiosa, hay una manera de
sobrellevar un impulso, a veces de mala gana, con malas artes, o exponiendo
toda la integridad. Desde ese panorama apenas insinuado podrían armarse
truculentas historias para solaz de los lectores. Porque si esto es verdad, y
no hay por qué dudar de la palabra de los testigos, lo cierto es que toda la
otra parte es un dechado de entrega, de buenas acciones, con las que se puede
estar de acuerdo o no, pero que mostraban, y muestran otra cara que resulta difícil
ensamblarlas a ambas porque lo mejor es mimetizar las anécdotas, que este sea
un personaje al azar, aun cuando se deba saber que no es un invento de la
ficción, sino una parte cercenada a una integridad de un ser existente, de
carne y hueso.
Por supuesto que no irá en la
carpeta de personajes, irá a parar a cualquier parte, a esos rincones donde la
sola presencia ahí confunde, distorsiona la verdad y pasa como un vaso con agua
en medio de un ataque de tos.
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