Federico

Acá tenemos una personalidad, esos seres que vibran con música propia, intelectual que profundiza y habla de lo que sabe y conoce con autoridad, que naturalmente llegó a ocupar un cargo digno en una carrera de las humanidades como el cine y a poco andar con definiciones claras respecto al rumbo del país, a los posicionamientos políticos ideológicos quedó involucrado, era la época de la cosecha previa de la represión, armado de causas o aplicación estricta de las resoluciones de un gobierno que se derechizaba y excluía los cuestionamientos al sistema. Por eso estuvo antes del golpe, como uno más, sin destacarse, sin duda un hombre formado intelectualmente, no necesariamente un teórico de izquierda, del marxismo, tal vez una formación más de tipo espiritual, además de tener diez años más que la media de jóvenes que poblábamos el pabellón de la Penitenciaria con todos los matices de militancias y compromisos. Poco es lo que podemos decir de él hasta marzo del 76, que nos tocó compartir esos seis meses de infierno en una celda con otros quince o más compañeros, cada cual con sus improntas, sus aspectos destacados o su pasar desapercibido.

Por eso se destaca la figura de Federico ahora sí como cineasta, pero fue un poco más allá de las cuestiones técnicas del cine, de su compromiso social o de las grandes producciones cinematográficas. Aquí aparece el Federico relator de películas, contador de películas, en la sala oscura del cine imaginario, con los actores principales elegidos por los asistentes al cine, en medio del silencio, cuando ya parecía que las hienas habían colmado su sed de golpes y mortificaciones, desde la cama rinconera, en uno de los ángulos hacia el pasillo surgía la voz de Federico ante una audiencia muda, expectante, cada cual acomodando su humanidad para vivir el cine, para meterse en las acciones, en las escenas, en la historia. Las paredes oscuras se convertían en telones donde cada espectador proyectaba su imaginación, la imaginación incitada por la palabra cálida, impersonal, segura de Federico que se tomaba el lapso de mostrar tiempo y espacio, acciones y resúmenes, con la maestría del que sabe, y ahí nos quedábamos el tiempo real que durara la película, que algunos atrevidos, insaciables, pedían después del aplauso, de las vivas, de los comentarios, una más y no jodemos más, que alguna vez pudo ocurrir pero que Federico sabía guardar las cartas para la próxima mano, cuántas manos tendríamos aún que sobrellevar y no era cuestión de gastar las cartas en una sola jugada.

Pasaron los años y los vientos de la memoria arremolinan los recuerdos y uno no termina de saber cuándo y dónde fue que vio Lo que el Viento se Llevó, o la Rosa Púrpura del Cairo o el Secreto de Santa Lucia, acaso esas y otras películas por las que pagamos una entrada significativa, demasiado costosas, las vimos  en alguna de aquellas noches del 76 cuando la furia criminal arreciaba más que el viento alocado  que despetalizaba las rosas púrpuras, obligaba a guardar los secretos del vino bajo siete llaves. No lo sabremos nunca, no importa saberlo; de lo que sí hay que saber es que tenemos en la memoria el número de butaca desde la cual asistimos a esas filmaciones, desde la primera fila, la segunda butaca, en cercanías de una de las pantallas más fabulosas que hayamos podido apreciar en la vida. Una voz en off suave, pausada, clara, anunciaba el film a disfrutar, con los protagonistas de los mismos, los originales o los que surgieran del reparto exigido por los espectadores. Tras eso, la maravilla de introducirnos en el tiempo de la historia, la ubicación del espacio donde transcurrirían los principales actos de la película. Para los menos conocedores venía una descripción acabada de los rasgos de los personajes y, por supuesto se detenía aviesamente en los muslos largos, en los senos firmes, en los labios sensuales, que acaba de embardunar con un rouge brillante, cosa que los desprevenidos espectadores no perdieran de vista cada movimiento, cada insinuación sensual de la protagonista, exagerada por la voz del relator, tal vez presionado por la voracidad de los espectadores que pretendían ir un poco más arriba de la falda, alguna escena de esas que sacuden nuestra humanidad masculina.

En alguna noche fatídica nadie avisó que no habría función, intempestivamente entró la patota al pabellón y se llevaron a Federico. Fueron días de silencio, mustio, cerrado, nos mirábamos en el desconcierto, no se pueden relatar esos momentos sin caer en la exageración. Lo cierto es que todos éramos rehenes y esta vez no le tocó en suerte la muerte a Federico. Había sido trasladado a algún centro militar como garantía de que no ocurrirían acciones llamadas subversivas, atentados o cosas parecidas ante la visita del excelentísimo general de la muerte a la provincia. Pasada la cuestión, sin novedad en el frente, general, Federico y el resto de los trasladados fue retornado al pabellón, que fue una algarabía. Volvería el cine, pero más volvieron, tal vez los únicos que volvieron, los compañeros que no engrosaron la lista de fusilados de la penitenciaria.

Vino el traslado salvador, el salvataje de la muerte, fuimos a parar a distintos penales, en el primer traslado caímos en Sierra Chica y no se recuerda haberlo vuelto a ver, quizás sí, pero todo queda en la nebulosa, porque a partir de ahí teníamos más relación con el compañero de celda, o los vecinos, o con quienes ya teníamos una relación de amistad mayor que el compañerismo.

Hubo de llegar la democracia, el retorno de gobiernos constitucionales, el fin de la dictadura para saber de la suerte corrida por tantos, cada cual adherido a su gente, a su destino, a esa necesidad de recuperar los tiempos perdidos, secuestrados, arrancados de la vida común, y de a poco fuimos recuperando la memoria mientras perdíamos el miedo, porque se lo quiera o no llevábamos encima un estigma, y era silencio, y desconocimiento, callarse la boca, dejar que la vida transcurriera y ocurrieron hecho horrorosos hasta que llegó Néstor y de alguna manera se abrieron las ventanas de la historia. Es posible que allí recién Federico con su compañera hayan decidido el retorno del exilio y sería por alguna de esas comunicaciones, de escritos, de encuentros que supimos de su vida, que aún vivía, porque la vida y la muerte se separaban de un hilo fino, delgado, que se cortaba en cualquier momento. Fue bueno saber que estaba vivo, que había escrito una especie de obra de teatro  para un libro de los ex presos, un texto que no nos convenció desde el punto de vista literario pero qué importa eso, se había salvado, gracias al influjo, a la influencia de los cineastas del mundo pudo conseguir una visa, salir al exilio en Francia, continuar la vida ahí, con su compañera, la Negra artista, esos dibujos formidables, y su incursión con la psicología, eso poco importa cada cual siguió con lo que supo o pudo hasta reencontrarnos en un abrazo, primero por las redes, luego en las aulas que lo vieron Decano, y desde ahí todo lo que circunda en la vida de un mortal, con la tragedia de su compañera yéndose por esa enfermedad o síndrome maldito del Alzheimer, él ahora solo, con sus cuadros, sus dibujos premiados de la artista, sus vasijas, su historias, su casona inmensa y rica que no se la puede mantener con una pensión y ya en la edad donde se nos llama para irnos a otra parte, acabar con la historia de Federico  sin mezclar con la historia que no conocemos, solo lo vivido en su cercanía desde allá, desde aquel rincón de la celda de la Penitenciaria solazándonos con su voz y sus películas que las seguiremos escuchando y viendo hasta que se nos cierren del todo los ojos y se apague el corazón.

De hecho que corrió mucho más agua bajo los puentes y ya culminando el 25 y con un par de encuentros cara a cara y michos, muchísimos largos diálogos telefónicos y correos y cosas del estilo da para seguir, ahondar, explicar, cuando Federico llega a esta altura de su vida con un cuerpo que no le responde a las ganas que su espíritu le infunde y de eso podemos seguir charlando, escribiendo solo que por razones de avanzar con el blog lo dejamos acá, sabiendo que deberemos volver y que hay un fragmento de este escrito que se le remitiremos como forma de expresarle el cariño y respeto que tenemos por él.

 

 

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