Jorge Suárez

 

El beneficiario de la camioneta flamante, producto de los ahorros de la Chola, su suegra curandera que, ya en las postrimerías de su vida, le regaló como caída del cielo. Un personaje querible y, a la vez, para sufrirle sus ocurrencias, inconstancias, tozudez o descuidos. Larga lista de falencias le podemos adosar a cualquier persona, basta con tener una mirada crítica para que salten las peores caras de una vida. Tampoco se quedaría corta la lista de bondades, de valores altruistas, de capacidades; en esa toma y daca se mueven las personas. Constructor de nuestra casa en Achiras. Con ese título bastaría para nombrarlo, pero la relación con este Jorge viene de mucho antes y continuará hasta hoy, hasta recién mismo que aparece como al descuido luego de varios años de no vernos de saber de él y de solo escuchar comentarios poco favorables nunca de malas acciones, sino de incumplimientos, de malas decisiones, de pérdidas. Éramos jóvenes cuando Suárez apareció en nuestra vida. Recién iniciábamos la relación con Mirta, Nahuel, de apenas dos años (ya pisando los cuarenta) y estábamos en el camping con la casilla Andariega de la familia Padula y el Jorge era el empleado del concesionario del camping. El Jorge barría, cuidaba los baños, hacia el mínimo mantenimiento del balneario y del camping y nos quedó una buena relación con ese muchachito simpático, como todo gordito, laburador, bien dispuesto, solidario. Pasaron los años, diez años más, ya cerca del fin del siglo veinte y reaparece en nuestra vida cuando el proyecto de construir una casa sobre el terreno que el municipio nos regaló en la zona que hoy se llama Las Huertitas. Y apareció con su camioneta vieja, con sus ayudantes, y se le vio trabajar con una pasión, y con un cuidado que pudimos transcurrir toda la obra sin que hayamos tenido algún encontronazo, alguna diferencia o distanciamiento. Ya lo incorporamos como de la familia, y entramos a la suya, a los hijos que irían llegando, los conocimos a todos y habría una ristra de anécdotas, lo cierto es que pasó la casa, pero quedamos en relación permanente, con otras cuestiones menores o laterales, hasta que supimos de su irse a la ciudad, de cómo la camionera flamante quedó hecha un estropajo, de cómo no fue capaz de construir su propia casa, mientras diseminaba por acá o por allá construcciones para los demás. Es el prototipo del albañil capaz, contratista, maestro mayor de obras en la práctica, conocedor de materiales y adaptable a los tiempos. Capaz de hacer todo porque las circunstancias lo obligan a ser electricista, pocero, ceramista, colocador de membranas o de maderas, lo que la ocasión mande. Ya está semblanteado, solo para que ganemos el tiempo que nos lleva de las narices.

En torno a él giran sus hijos, su mujer, sus clientes, los vecinos. No recordamos que alguien nos haya planteado alguna fullería, un robo, alguna trapisonda económica. Sí, una de pasada, aunque siempre es incomprobable. Todo gira más en su dejadez o inconstancia, en su dispersión de trabajos, en el descuido manifiesto de las herramientas y bienes del oficio, en el maltrato de cada vehículo que cayó a sus manos. Sus pichones rumbearon hacia la gastronomía, o los autos y él retorna a los pagos, a las cercanías, y seguirá su tarea de constructor, ya lo sabemos, con tanta carga de animal, de burro de hacer a lo bruto, levantando piedras y bolsas hasta quedar hecho hilachas, un cuerpo, una estructura ósea ya deteriorada irremediablemente (ya no está la Chola para que le aplique ungüentos) encima de no privarse de un solo asado de la redonda, con sus consecuentes y obligados ingestas alcohólicas. Hincha de River lo sabemos ahora inclinado como tantos otros miserables o laburadores aplaudiendo al infame que tenemos destruyendo valores y derechos y conquistas. Es posible que apenas si podamos intercambiar un abrazo, un saludo y si te he visto no me acuerdo porque así como es capaz en su accionar, en su terquedad y en ese mundo de convicciones férreas que asumen los que apenas se mueven por sus instintos, por lo que le dicen, a partir de hacerse referencia de los males de la tierra en sí mismo, mejor llegar hasta acá, saber que hay un tipo del que estamos agradecidos y la vida pasa y se lleva lo peor y nos deja estos resabios sonrientes de un hombre bueno, obstinado, descuidado y disperso, que concluye abrazado a las peores ideas de los dueños del mundo, como tantos otros.

 

Comentarios