Jorge


 

La infancia nos tuvo en etapas diferentes; las diferencias de edad, seis años, armó dos grupos de amigos y de juegos. Él con Raúl, nosotros con Oscar. Por eso hasta su juventud, hasta la llegada a Córdoba para estudiar, sería el 74/75, apenas si tenemos los recuerdos de los hermanos menores, apenas si nos acompañó alguna vez a Achiras. Sabíamos de su capacidad intelectual, de la memorización de poemas, de la resolución de ecuaciones matemáticas con una rapidez asombrosa, que le llevaba a aprobar la materia con la fusta bajo el brazo. De aquellos recuerdos queda el mediodía de un sábado o domingo cuando Cafrune estuvo en casa, y el cantó o recitó el poema El Miedo, dos puntos, así empezaba y le daba para adelante para asombro de los oyentes. Ya en Córdoba, que fumaba mucho, que andaría vaya uno a saber en qué entripado, buscando rumbos, acompañó a Oscar en el bar luego de mi detención y sé que por diciembre se tomó el raje, a recorrer el mundo y sabemos que cruzó a Chile, por ahí siguió, hasta el norte del subcontinente y en un barco cruzó, estuvo en España y recaló en Suecia, cuando por acá se desataba la dictadura más feroz que tuvimos en la historia. A salvo, allá se incorporó a la vida de un país de avanzada, en todos los planos, poco importa lo que hizo o dejó de hacer, aprendió el idioma, viajó por los países cercanos, estudió, y trabajó y ahí viene nuestra relación epistolar, una comunicación fluida dentro de la imposibilidad práctica de la prisión y es ahí donde se consolida una relación profunda, de pensamientos y sentimientos altruistas, de pensar en lo mejor, de crecer en el afecto, con todo el impedimento de decir cosas en cartas censuradas, revisadas y tachadas. Por eso fue tan esperado el reencuentro, que se daría un tiempo después de recuperar la libertad y uno no puede sacarse de la memoria ese andar todo un día caminando y conversando sobre la vida, sobre el futuro, sobre nosotros, y siguió así y luego una distancia física por estudios y vino el casamiento y su retorno a Suecia donde se afincó, nacieron sus dos primeras hijas y terminó por consolidarse una forma de mirar el mundo, ese ser que desde allá se vino con las cosas como para montar una casa, un negocio, esa previsión de pueblo más antiguos, o más sabios, y fue un inicio hasta que las primeras chispas hicieron cortocircuito y ni siquiera hubo posibilidad de encarar un tiempo en común con resultados favorables para ambos. Después vinieron otras cosas, rupturas, distancias irremontables hasta que el suceso trágico de la familia nos acercó, un poco, y luego un nuevo intento de unir las fuerzas y los esfuerzos laborales que duró un tiempo, el suficiente para saber que teníamos dos miradas divergentes, que no había manera de conciliar salvo que uno se sometiera al otro en la manera de encarar las relaciones con los demás. No vale la pena entrar en los detalles de la ruptura, que fue así, distancia con  alguna relación de compartir herramientas de trabajo hasta que llegó el tiempo de la disolución de un emprendimiento y lo que vino después, hasta ahora es una relación de respeto, que no llega a trasvasar hacia los afectos, apenas saberse hermano con diferencias significativas, y uno trata de no ahondar las distancias, dejar que corra, que siempre hay posibilidades de compartir aunque uno sabe que nunca será como se soñó o se imaginó en esos tiempos de construcción de futuros. Es un ejemplo de lo que uno no puede ser, no quiere ser, aunque hay lazos y puntos de unión indestructibles, que con el tiempo hace que se los deje de lado, que no se los ponga por delante aun a sabiendas que si apenas podremos transitar un trecho, un encuentro, un momento y después cada cual tiene su mirada divergente, que es mejor no exponerla para evitar una ruptura definitiva que no vale la pena para nadie.

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