La comida de los niños en la ranchada

Sería el invierno o la primavera del 75. Los presos políticos de la UP1 cordobesa (divididos en dos pabellones los varones, en el 8 y 11 y en el 14 las mujeres) teníamos todavía muchísimos “beneficios”. Uno de ellos era la cocina propia. Delicados los muchachos y muchachas. Habíamos desistido del rancho carcelario por considerarlo de mala calidad, grasiento, escaso de proteínas, con ingredientes de dudoso origen. Con todo, recibíamos las raciones correspondientes a cada preso y las lavábamos, extrayendo lo comestible. Es lugar común considerar al rancho carcelero como algo incomible, acá y en cualquier parte del mundo, y eso que en muchas constituciones reza que las cárceles son para recuperación de los reos no para su castigo. Esta aseveración, esta generalización, tendrá sus honrosas excepciones y tal vez hasta pueda ser rebatida. Pero son ideas instaladas y hay que respetarlas. Sería injusto decir lo mismo de los primeros ranchos cuando inauguramos la cárcel de Caseros. A poco andar se echó a perder, no pudieron con su instinto destructor.

La cuestión es que aquellos presos en ese momento de la historia teníamos nuestra propia cocina.  Se ubicaban al fondo del pabellón, a cada lado de los baños, una celda para cada organización política a la que se sumaban a unos o a otros los que pertenecían a organizaciones menores o independientes, garrones, sueltos. Los perros y los montos dirigían sus respectivas gastronomías. Los ingredientes entraban con las visitas semanales, se guardaban en alacenas, no recuerdo si también teníamos heladera, pero la fajina rotativa diaria de cada organización se encargaba de desayunos, almuerzos y cenas. Habría algún maestro cocinero que dejaba sus recetas anotadas para que los inexpertos en estos gajes pudieran realizar una comida digna. Eran guisos, bifes a la criolla, pucheros, pastas, asados en los hornos de la cocina, fideos al pesto. No puedo precisar un número, pero cada ranchada contaría con cincuenta comensales como mínimo. Con agua, eso sí, o algún jugo, con budín de pan o fruta el postre; con mermeladas y manteca los desayunos. No la pasábamos tan mal; la fajina se encargaba del antes, durante y después de las comidas.

 Una vez o dos por semana, se sumaban a la ranchada de los varones los niños que permanecían en cautiverio con sus madres. Nos traían esas ofrendas cerca del mediodía, con pañales, mamaderas y demás enceres; descansaban las compañeras y los padres nos hacíamos cargo por esas horas. No eran muchos, tres, seis, debería confirmarlo. Entre ellos estaba mi Laura que, con su añito recién cumplido, se largó a caminar en el pasillo del pabellón. Ahí la fajina contaba con el apoyo de los progenitores. En una hornalla especial se fraguaba el puré mixto, la papilla, los trocitos de carne, la gelatina, la maicena, la compota o simplemente la mamadera con cereales, con la minuciosa recomendación de las madres, sabedoras de las “limitaciones” de los padres. Los niños eran atendidos por todos, eran parte de todos esos tíos en esas horas y luego retornaban al regazo materno. Solo basta imaginar la alegría y el esmero de esos seres encerrados ante tamaño trofeo depositado por unas escasas horas.

Después, fatídico marzo del 76 se acabó la cocina comunitaria, los niños fueron sacados de la cárcel y no hubo remilgos gastronómicos para zamparse el rancho como único y escaso alimento que, como diría mi madre, nos supo a canela.

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