La cuestión es que aquellos presos en
ese momento de la historia teníamos nuestra propia cocina. Se ubicaban al fondo del pabellón, a cada lado
de los baños, una celda para cada organización política a la que se sumaban a
unos o a otros los que pertenecían a organizaciones menores o independientes,
garrones, sueltos. Los perros y los montos dirigían sus
respectivas gastronomías. Los ingredientes entraban con las visitas semanales,
se guardaban en alacenas, no recuerdo si también teníamos heladera, pero la
fajina rotativa diaria de cada organización se encargaba de desayunos,
almuerzos y cenas. Habría algún maestro cocinero que dejaba sus recetas
anotadas para que los inexpertos en estos gajes pudieran realizar una comida
digna. Eran guisos, bifes a la criolla, pucheros, pastas, asados en los hornos
de la cocina, fideos al pesto. No puedo precisar un número, pero cada ranchada
contaría con cincuenta comensales como mínimo. Con agua, eso sí, o algún jugo,
con budín de pan o fruta el postre; con mermeladas y manteca los desayunos. No
la pasábamos tan mal; la fajina se encargaba del antes, durante y después de
las comidas.
Una vez o dos por semana, se sumaban a la
ranchada de los varones los niños que permanecían en cautiverio con sus madres.
Nos traían esas ofrendas cerca del mediodía, con pañales, mamaderas y demás
enceres; descansaban las compañeras y los padres nos hacíamos cargo por esas
horas. No eran muchos, tres, seis, debería confirmarlo. Entre ellos estaba mi
Laura que, con su añito recién cumplido, se largó a caminar en el pasillo del
pabellón. Ahí la fajina contaba con el apoyo de los progenitores. En una
hornalla especial se fraguaba el puré mixto, la papilla, los trocitos de carne,
la gelatina, la maicena, la compota o simplemente la mamadera con cereales, con
la minuciosa recomendación de las madres, sabedoras de las “limitaciones” de
los padres. Los niños eran atendidos por todos, eran parte de todos esos tíos
en esas horas y luego retornaban al regazo materno. Solo basta imaginar la
alegría y el esmero de esos seres encerrados ante tamaño trofeo depositado por
unas escasas horas.
Después, fatídico marzo del 76 se acabó
la cocina comunitaria, los niños fueron sacados de la cárcel y no hubo remilgos
gastronómicos para zamparse el rancho como único y escaso alimento que, como
diría mi madre, nos supo a canela.

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