Entró a nuestra vida traída de la mano de un hermano cuando se
intentó rehacer una sociedad de trabajo que tuvo su dimes y diretes hasta que
se agotó por incompatibilidad congénita. La Flaca era una de sus empleadas, una
joven desgarbada, hasta uno podría adjudicarle alguna dificultad en las
relaciones, sin atributos físicos capaz de despertar la codicia masculina, en
este caso, carente de busto, una flaca sintética, eléctrica, que se desempeñaba
en todas las tareas, recuperación de pantallas, limpieza, troquelados y hasta
la impresión. En ese plano, se la podía considerar como una excelente empleada,
cariñosa con todos, amable, podrá decirse que no provocaba disgustos de ninguna
índole. Fue un tiempo corto compartido en el que creemos haber generado una buena
relación, de respeto, de afectos. Ahí conocimos su trágica historia familiar,
la muerte o el asesinato de su padre que apareció en un río de las sierras,
debajo del puente, con un tiro en la cabeza, y nunca averiguamos si fue un
asalto o un ajuste de cuentas, era un taxista y las habladurías cuentan cosas
que es mejor dejarlas en el anonimato, en el silencio. Después vino la ruptura
de la sociedad y ya antes la Flaca se había ido, había buscado nuevos
horizontes, como si intentara recuperar tiempos. Así fue que a poco andar la
vimos portando tetas injertadas, con otro porte, con decisión, que andaba de
novia, que había conseguido un estanciero y la perdimos de vista pero siempre
un recuerdo, un saludo. La última vez ya señora sin hijos propios, cultivando
el arte, lo orfebre de las joyas, con decisión, viviendo en otro pueblo, pero
con cierto grado de ostentación merecida, sigue siendo la flaca Alejandra, una
mujer que nos manifestó el cariño y el respeto y por eso mismo la tenemos entre
los seres que han pasado por nuestra vida y quedan en los lugares
preferenciales solo por ser lo que han sido, dentro de todo, genuinos y sanos.
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