Fue una mañana, cerca del mediodía. O
al atardecer. Había luz. No fue de madrugada ni de noche. Es muy difícil pensar
en horarios en la cárcel. Era de día, es todo.
Estaba solo en mi celda. Era la época
de los traslados de pabellones y de celdas, un plan de romper con cualquier
organización interna que se gestan en los pabellones, además del plan de
categorización de peligrosidad o recuperabilidad de los presos. Era uno de los
pabellones centrales; tal vez pueda saber el número exacto de celda y pabellón
rastreando en las cartas) Puedo decir que entrando al pabellón, estaba en
el ala izquierda, casi al fondo, cerca de las duchas.
Se abre la puerta y literalmente cae
arrojado por el impulso del guardia cárcel un muchachote rubio, alto, pelo a
ras, con una cara de susto, con los ojos llenos de miedo y queda ahí, en el
suelo, despatarrado, por unos instantes. Tras el cerrojo de la puerta y el
sonido de los pasos del celador que se aleja en el pasillo del pabellón, el
muchacho se incorpora, se acomoda la ropa que se notaba nueva, recientemente
provista en el pañón y nos saludamos. Hola, soy César. Le habré convidado un
cigarrillo, habremos tomado unos mates, le habré dado alguna provisión de pan o
galletitas, y ahí me fue contando de sus últimos días. Reconstruir ese diálogo
inicial es imposible. Puedo anotar algunas sensaciones, palabras entrecortadas,
fabulaciones o recreaciones de la memoria. Seguramente que lo que él me decía
llevaba implícito el cuidado natural de hablar con un desconocido, pero si hay
algo de lo que estoy seguro de no fabular y voy a esforzarme por encontrar las
palabras adecuadas, es que eran las palabras de alguien que, estremecido, decía
que acababa de salir de la muerte. Era de alguien que no podía creer que
estuviera vivo. Se tocaba, se escuchaba y no salía de la conmoción. Estaba ahí,
debía creerlo. Del asombro, de la magnitud del cambio de escenario, deduzco que
todo lo que me contó era verdad. De qué debería cuidarse, qué debería callar,
si el sentía que estaba vivo de puro azar. Recuerdo que lloró, porque decía que
su vida fue en canje de otra vida, otro compañero habría ocupado su lugar en la
muerte. Eso torturaba sus palabras. Y habló de su hermano militar, de la
intercesión de otro militar de muy alto rango, de dignatarios eclesiásticos, de
haber estado chupado en un campo de concentración, de golpizas tremendas cuyos
rastros se veían en su cuerpo magullado, aunque no lastimado, su delgadez
extrema. Habló de su periplo por distintas dependencias, de ser un trofeo de
guerra, que se había salvado a diferencia de tantos que no tuvieron su misma
suerte o su relación con miembros de las fuerzas dictatoriales. Habló de
negociación, de simulacro de fusilamiento, de terror constante. Fue un
recuperado de los campos de exterminio.
No sé si él se acordará de mí. Ni
recuerdo cuánto tiempo compartimos la celda. Seguramente ni se acuerda de mi
nombre, pero estoy seguro de que ese día, cuando fue depositado en mi celda,
fue el primer día de su segundo nacimiento.
Luego me contó su historia, quién era y
ahí caí en la cuenta de que estaba frente a un grande, a un digno militar,
jugado, consciente, dispuesto a todo. La historia anterior de César es conocida
por todos. También es conocido su desempeño como director de un emprendimiento
naval, como referente del militante consecuente.
A los pocos días, César había recuperado la alegría. Su porte adquirió la fuerza de su cuerpo vigoroso. Recuperó su peso y durante su estadía en la celda me sometió a una rutina de ejercicios, difícil de llevarle el ritmo. Fue un compartir agradable, con posturas políticas ideológicas distintas pero idénticas convicciones y miedos y esperanzas.

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