La Mary Rosso

 

Una de los tantos vecinos que se nos van yendo desde la cuadra de la Nueve de Julio. Una cuadra de hogares de personas mayores, lo que resulta natural que vayan dejando su lugar a nuevas generaciones. Claro que todos nos fuimos haciendo grandes y es lógico que los mayores vayan partiendo, naturalmente. Y es cierto, de los más antiguos se los cuenta con los dedos y los nuevos casi que no se dan a conocer. Por ejemplo, los que ahora alquilan donde vivió desde siempre la Mary Rosso. Apenas si le conocemos el auto viejo que duerme casi siempre en la calle, y su porte robusto del hombre que se ha mostrado servicial, y saluda, apenas. Los recuerdos más lejanos nos la traen con su delgadez y su altura considerable chancleteando la vereda en busca de los panes y alimentos para su familia, los tres hijos, dos que se fueron pronto del nido y pisan las tierras europeas y el otro que la acompañó hasta sus últimos días, luego de que don Rosso partiera con su cara avinagrada, su parquedad, su comportamiento indescifrable.  Todos dicen que la muerte de Rosso fue como un alivio, como si se hubiera sacado un peso de encima. Pero la Mary era la servicial, la que podía traerte unas frutas o pencas o cruzarse y pedirte una rama de romero o un puñado de menta y podía atender a doña Catalina y quedarse horas y horas charlando con la escoba en la mano con las otras brujas de la cuadra. Vino el Covid y se llevó a muchos, entre ellos a la Mary. Sabemos que se hizo lo posible, pero no hubo caso, podríamos decir que más que la edad, la soledad, un manto de tristeza que siempre la envolvía fue quien se la llevó, que quizás ya con su viaje a visitar a sus hijos en las tierras españolas, con el Gordito más chico casado y en otro hogar, la casa, el barrio, todo le quedaría grande a la Mary y así, silenciosamente se fue, que no la pudimos despedir, no hubo despidos a nuestros muertos en esos años y nos queda siempre el recuerdo del paso lento de la Mary por la vereda del frente, el saludo cordial y el intercambio de palabras alusivos al tiempo, a otro vecino, a las generalidades con que se entretienen los viejos y buenos vecinos en los barrios tranquilos de las ciudades.

 

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