La Nena Torres

Era la mosca blanca en el desquicio constante del rancho del tío Juan. Los muchachos con sus ropas destrozadas, sus piezas desordenadas, y ni hablar de lo que ocurría en el rancho de la Ñata con todas sus chinitas. Entrar al dormitorio pequeño de la Nena era encontrarse con una repisa ordenada, una mesa de luz con mantillas y flores, la cama tendida, la ropa doblada y limpia. Es como si nadie más que ella entrara en esa pieza. Tendría veinte años, por ahí y de alguna manera nos adoptó como sus hijos, siempre, hasta el día de hoy, repetía que yo era su niño y es posible que intercediera ante algún reto o procurara lo mejor para nosotros. Confieso que no tengo recuerdos puntales de hechos de ese tipo. Seguro que era para ella un anticipo de los hijos que soñaba tener, al final fue solo una niña y vaya uno a saber si esa hija le dio las alegrías que esperaba de la vida. Muchas veces iba la Nena a la ciudad, prima hermana de la Coca, ambas coquetas, siempre bien vestidas, a la moda, no le conocimos novio hasta que ya cuando dejamos de ir a los Dos Gemelos supimos que se había casado con un porteño, que se había ido a vivir a Temperley, que era madre y la perdimos de vista. Digamos que los años de Córdoba y la cárcel fueron de distancia con la familia de Achiras y otras, por lo que recién cundo salimos en libertad pudimos encontramos nuevamente, ella ya en Río Cuarto, y fue sorprendente el amor, el cariño que sintió por mí, si dudas me quería como si fuera su hijo. Así pasaron los años, hubo encuentros muy afectuosos hasta que hace un par de años, se le vinieron los ochenta todos juntos, murió su esposo, la relación con la hija no era la mejor y nosotros tampoco tuvimos, hasta ahora una intención de acercarnos, la pandemia jugó su papel y es posible que hayan quedado ancladas conductas que nos hicieron retraer a nuestras cuitas y olvidarnos de la gente como la Nena que tanto afecto nos demostraron a lo largo de la vida. Es como una deuda pendiente, como una mala acción, pero queda la disculpa que se la lleva en el corazón, se la tiene presente y tal vez uno no quiere verla en decadencia, porque en sus sesenta años se llevaba el mundo por delante con viajes, con bailes, con inquietudes de todo tipo, aun cuando el paspado de su marido no la acompañaba en nada. Ojalá que no se vaya antes, y en cualquier momento, al menos una visita como para que nos despidamos con ese amor de siempre, ese de la infancia en las sierras. 

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