Es posible que ya esté contado el
ingreso a Sierra Chica, luego del “rescate” en un Hércules desde el feudo
criminal del chacal Menéndez, desde la Penitenciaria del barrio San Martín
convertido en campo de concentración y exterminio.
Por supuesto que el recibimiento
fue el acostumbrado en estos traslados, una vez que los camiones que nos llevaban
desde alguna base militar de Olavarría o Tandil llegaron a Sierra Chica por
caminos de campos que pudimos ver por alguna hendija de los camiones. No
sabíamos dónde nos llevaban, el silencio era hermético, pero al entrar al penal
nos recibe personal vestido de blanco, como enfermeros, pero a lo que uno
suponía estos fueron los primeros que iniciaron el recibimiento a gomazos,
patadas, insultos, haciéndonos pasar por una doble fila y desde ahí nos fueron
llevando al pañol, a la entrega del uniforme marrón de paño grueso, supongo que
de ahí nos pasaron a las duchas, luego de la rapada y corte de barbas de varios
meses y ya higienizados fuimos entendiendo que entrábamos a una cárcel,
pabellones largos, cárcel antigua, celda de paredes gruesas, abovedadas, y nos
fueron poniendo de a dos, sin un criterio previo más que el que iba terminado
con todos los trámites previos de admisión. Así caímos al pabellón once, a la
celda 8, datos a confirmar, con el número adjudicado a cada uno, los que veníamos
de Córdoba les dieron desde el 1700 o algo así, y a algunos nos tocó un número
raro, esos que no se usan, o que estarían desocupados, como el mío, el 52, que
después me enteraría que era un número tabú porque en el código penal representa
la cadena perpetua. Casi cuatro metros de largo, dos de ancho y 3, 60 de alto
en la parte elevada de la bóveda. Esas
ventanas eran de tanto en tanto cerradas por unos chapones corredizos.
Acomodándose uno podía permanecer
sentado en el hueco de la ventana, las rejas estaban hacia el exterior y
tendrían sesenta centímetros de ancho por algo más de alto, lo cierto es que
podía permanecer sentado alguien menudo.
Apenas se calmó el ajetreo de
puertas que se abrían y cerraban y se oyó con nitidez el cierre de las rejas
del pabellón, fue trepar al ventanuco para ver si sacábamos algún dato de dónde
estábamos, el terror imperaba aún, no sabíamos si mañana seguiríamos vivos.
Pero por lo visto parecía que entrabamos a un lugar para una larga permanencia.
Trepé a la ventana y vi del otro lado del patio otro pabellón como rayos de
bicicleta, una forma de rayos confluentes en un cuerpo circular (panóptico) ya
le pondremos el nombre correcto, y diviso un preso apoyado también en la
ventana. Estaríamos a veinte, treinta metras. Mi pregunta primera, con el
lenguaje de las manos fue: ¿Dónde estamos? Cuando nos dice Sierra Chica, la
cárcel, me bajo y me abrazo con el Toro, estábamos en dependencias penitenciarias,
no nos habían trasladado a una dependencia militar, Campo de Mayo, La Perla,
que ya sabíamos el destino de los que ahí llegaban. Y se produce el diálogo:
que tendríamos visitas, que hay una cantina, que podríamos tener diarios, que
tomaríamos mates, que ya nos mandarían papeles y estampillas para que
pudiéramos comunicarnos con los familiares. A cada respuesta era un lanzarse al
abrazo con el Toro porque fue como reencontrar la vida, saber que al menos podríamos
seguir viviendo, que podríamos comer, bañarnos, tomar mate, fumar, escribir una
carta y tener visitas, hasta misa, diarios, era reencontrar un sentido a la
existencia luego de siete u ocho meses donde todas esas cosas eran entelequias.
Debe haber sido uno de los días más felices de la vida, a pesar de las
circunstancias.

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