Los Abuelos

 

El abuelo Francisco

De los cuatro, al materno, al Francisco Pérez no lo conocimos. Ni siquiera se nos habló de él, es posible que nada sepamos, que nunca supimos nada, como si la muerte antes del casamiento de nuestra madre hubiera llevado para siempre sus recuerdos, su vida, que no quedaron rastros, que los únicos que conservo son los retratos en la casa de los abuelos, pero sobre todo el retrato pequeño en el portarretrato metálico grabado en el panteón del cementerio, junto a los porta flores grabados, metálicos, ese rostro severo, de bigotes, lejano, un abuelo del que no supimos decir qué significaba un abuelo, apenas el padre de nuestra madre que se fue joven de un ataque fulminante al corazón.

Eso es lo único que nos contaron, o por lo menos lo único que recordamos del abuelo Francisco. Tenía un mateo, un coche de alquiler tirado por caballos, tenía su parada dicen que, en el Andino del ferrocarril, o bien puede ser que lo alternara con la plaza del centro. Una tarde, estando sentado en el pescante a la espera de un cliente, se sintió mal y no hubo tiempo para su asistencia. Un ataque al corazón acabó con su vida y quedó ese manto de dolor y tristeza en torno a su muerte. Nunca se habló de él, nadie podrá contarnos anécdotas, qué le gustaba, cuáles eran sus habilidades, de qué equipo era hincha, qué ideas políticas tendría. Nada. Podemos dotarlo de todo ello, pero será una pura invención y por lo tanto lo dejamos en ese anonimato que, para nosotros los niños, significó siempre un silencioso respeto, un apenas nombrarlo cuando íbamos a su tumba, casi un paseo obligado una vez por mes, cuando todavía los muertos tenían más visitas en su última morada.

El Nono Antonio

El otro abuelo, el paterno, el Nono Antonio, murió en el 57. O sea que yo tenía seis años, lo había visto unas cuantas veces, las más de las veces en las fiestas familiares de Navidad donde era obligatorio la concurrencia a la casa de la 9 de julio 555, la mesa larga bajo las parras, en el patio central de la casona, con el abuelo presidiendo la mesa en la punta. Ya era un hombre grande, sin duda es la imagen del abuelo viejo, con la cara rechoncha, severo, pero no recuerdo un trato directo con él, alguna caricia, haber oído su timbre de voz en las cercanías, todo lo que sabemos de él es por lo que otros pudieron contarnos, aunque tampoco hubo mucha información. Murió, tal vez fuimos a su entierro, al velorio en la casa, con seguridad, en la habitación donde estaba el ropero con el espejo gigante. Supimos que era zapatero, que confeccionaba botas de cuero a pedido, que tenía un negocio en el centro, en cercanía de la plaza. Nada más. En el recuerdo, se lo ve, además de las noches de navidad, sentado en el sillón vienés con una pipa en la boca, balanceándose suavemente, lo demás sería de pura invención.

Hay otros dos abuelos, que se comportaron como abuelos, don Luis y el tío Juan, personajes de la infancia que ya están retratados en otros escritos. La verdad es que la figura del abuelo paterno queda reducida a esto, casi nada, y que los otros dos funcionaron o cumplieron ese papel, aunque nunca los sentimos como los abuelos reales, si se puede hacer ese distingo.

En cambio, de las abuelas hay un trato más largo, de una mucho más que de la otra, aunque no hubo una presencia preponderante en nuestra vida, apenas saber que eran nuestras abuelas y le debíamos respeto, pero no hubo un cariño especial, un deseo de estar con ella, alguna temporada en su vida, o sea que los abuelos en nuestra vida no tuvieron un papel destacado, memorable, aunque ninguna dejó alguna estela que empañe su nombre, que uno no quiera tenerlos en la memoria. Más bien brillaron por su ausencia y poco dejaron en nosotros alguna impronta que vemos que ha dejado en muchos seres.

 

La Nona Rafaela

 

La Nona Rafaela es la abuela etérea, es como un ser alado, que está un poco más allá de nuestro alcance, refugiada en su larga cabellera blanca, su tez blanquísima, sus ojos claros. No recuerdo su voz, apenas si recuerdo su aspecto, y el que ha quedado grabado para siempre es en su lecho de enferma, soportando el Párkinson, la enfermedad que la fue paralizando, que se quedó en esa habitación oscura, de paredes pintadas al aceite con pinturas fuertes, el silencio que había que respetar, el salir a buscar alguna aventura en el patio, o detrás, donde vivían los Cirino, o en la esquina donde el jorobado Peruchín ejercía su oficio de peluquero en la esquina de Leyes Obreras y Ayacucho, a las correrías por la placita Moretti, o cruzarse la calle para la Necho Fecho, la hermana de la tía Blanca, esas cosas que nos quedan de ahí, apenas eso, hasta que la muerte vino y se la llevó y después nunca más anduvimos por esa casa, ni supimos de don Luis y solo quedó una lápida en el cementerio, la foto enmarcada, los jarros y las visitas mensuales, el paseo obligado por los pasillos del cementerio.

 

La Nona Catalina

 

Distinto fue lo de la Nona Catalina, con la que tuvimos un mayor contacto, aunque siempre estuvo la distancia de los afectos, o de las demostraciones visibles de cariño, de caricias, de palabras. La severidad del luto, lo introspectivo de la Nona apenas si nos hizo acercar y ya en sus últimos años era la viejita que como una pasita de uva uno se acercaba para acariciarle su pelo y decirle palabras cariñosas con su sonrisa tímida como respuesta agradecida.

Pero ella está desde siempre en nuestra historia. Hay recuerdos de visitas a su casa, ya viuda y luciendo sus batones a lunares, o prendas oscuras, en esa casa donde vivía el hijo menor, el Mando, con su taller de bobinados. Y en una de las habitaciones al lado de la cocina, que daba al patio cerrado de parras y baldosas, la habitación donde trabajaban y vivían dos costureras. Ahí sí que nos dábamos la panzada de aventuras, con los caracoles, el galpón del fondo con porquerías, las plantas, la pieza con los enseres de sastre del tío Adolfo, el espejo gigante y esas meriendas en la cocina, previo lavarse las manos en la pileta con un jabón especial y aserrín que usaba el Mando para lavarse sus grasitudes del bobinado, alguna mermelada o miel, algunas veces íbamos a visitar a la nona Catalina, apenas el recuerdo de su atención en la cocina oscura. Pero ella acompañaba a la familia cuando las carneadas en Achiras se sumaba a su hijo y ella era la encargada de hacer la chanfaina, las morcillas, esa parte silenciosa y trabajadora de la Nona. También la Nona fue a compartir en Paraná el casamiento del nieto, allá estuvo acompañándome y después hubo cartas de su puño y letra que entraron a la cárcel y otras que le habré enviado a ella en particular. Pudimos tenerla ya viejita y achacada ya en libertad, cuando vivía en la casa de su hija Chola, que conoció a Laura y se murió un día llevándose sus secretos, su historia de tantos años e hijos, su silencio y su sonrisa leve, que es lo que uno más recuerda.

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