Tres hermanos laburantes, del pueblo Alberdi, con un
apellido de origen brasilero, vaya uno a saber cómo llegaron, de dónde apareció
su familia, que inexorablemente fue a recalar a alguna manzana descampada y
precaria del fondo del Alberdi. Cuando entraron a nuestra vida cada uno vivía
en su casa o en su entorno. El Julio, el más grande, con experiencia en el
oficio de impresor serigráfico en el taller más importante o más famoso de la
ciudad. El Carlitos, bostero por
antonomasia, silencioso, soez, iniciando el oficio, de novio o ya padre de un
par de criaturas y el tercero, el personaje típico con destino de gigoló, el
pulcro, el estilista, el exquisito cinco dominando el medio campo y
distribuyendo el juego, el Miguel, Miguelito en el cariño. Salvo Miguel, con
los otros hubo disputas laborales y juicios por pequeñeces que terminaron en
arreglos y cada cual por su lado sin quitarnos el saludo. Al Julio lo trajo
Jorge al taller, un flaco desgarbado, lento, distraído, con empeño en el
trabajo, aunque podríamos decir que lo ejercía a media máquina, pero era
considerado porque no había en ese entonces experimentados impresores
serigráficos, él formado en el taller del Tulio Giambastiani. Y nos trajo al
hermano, para formarlo, desde las tareas menores de corte o troquelados,
limpieza de pantallas, matrizados, hasta llegar a la impresión, sin ser un
experto, como todos ellos, capaces de darse maña y generar formas novedosas, en
uno como en el otro de estos Cuitiño uno podía apreciar esa vocación de
trabajo, ese esperar y seguir y cumplir los horarios y no verlos dispersos o
distraídos o haciendo tiempo, sin matarse, pero sistemáticos. Claro que cuando
entró Miguel, el más errático, en menos previsible, la excelsitud del oficio
estaba garantizado. Es imposible pensar que un impresor, rodeado de tintas
líquidas, diluyentes, maniguetas rebosantes de tinta, pegamentos, trapos y
algodones de limpieza pueda estar un sábado a la mañana, llegado con ropa de
salida, frente a la máquina y no percibir una sola mancha, ni en las manos ni
en la ropa, una pulcritud admirable. Uno se quedaría a hablar más de este
Cuitiño porque llegamos a una amistad mayor, un respeto y cariño mutuo, pero no
se lo puede ver aislado de sus otros hermanos, porque los tres constituyen un
equipo de trabajadores que a duras penas subsisten, apenas si llegan a una
moto, un vehículo viejo, vaya uno a saber si acaso podrán jubilarse, porque al
menos desde nosotros, no hubo aportes, o si los hubo fueron mínimos. En cambio
el Miguel siempre encontró donde acovacharse, siempre anduvo por ahí con yiros
y chicas de fama insostenible, él uno sin ser un gigoló se lo ha visto en
vehículos modernos, en trabajos con su hijo y es posible que de los tres sea el
que saque cabeza, porque no solo tiene la inteligencia y habilidad de los tres
sino que es el más audaz, más atrevido, más entrador y ojalá que a él como a
los otros dos les vaya mejor en la vida porque son tres seres humanos buenos,
de los que uno guarda un afecto especial, a pesar de los desplantes y demandas.
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