Es posible que
haya aparecido en nuestra vida en los inicios de la Liga Senior de Futbol. Él
era el delegado de Cable Visión, uno de los equipos fuertes, con el Condor
Gómez, el flaco Rivarola, el Luis Carranza, un jugador emblema de Estudiantes,
el Negro Acevedo, ya gordito y perezoso, y otros pesos pesados del futbol
riocuartense, un equipo de temer que naturalmente elevó las exigencias al resto
de los equipos. Un personaje de mucha calle, de mucho futbol, conocedor de
gente, trabajador en la calle con el cableado de redes y demás, un tipo leal,
con principios frente a los chantas o acomodaticios, responsable en sus cosas y
confrontativo con los que pretendían ponerle el pie encima a los demás. Tomó en
un momento la tesorería que había quedado diezmada o malversada y acomodó los
tantos y se granjeó la simpatía del resto de la comisión. Allí íbamos a las
reuniones primeras, cuando aún no teníamos sede fija, a su bar, detrás de la
Catedral, de peleas memorables, con su mujer joven y su niño que lo vimos crecer,
el Esteban (Nombre provisorio), o Joaquín, quizás, actualmente jugador de
futbol de primera, que lo llevaba a todos los partidos, conflictos de pareja y
salidor noctámbulo como el que más, terminó un tiempo viviendo en la casa de su
madre en las Cuatrocientas del barrio Fénix adonde lo llevaba luego de los
asados, fernet y truco de los martes tras las reuniones formales que duraban
hasta altas horas de la madrugada de los miércoles, reunión semanal de la Liga.
Así se fue
construyendo una relación muy cercana, amistosa, de confianza, de respeto, sin
que hubiera nunca nada como para un reproche, una avivada, nada. Cuando tuvo
que hacer el cableado del canal en Achiras le ofrecimos la casa y ahí estuvo,
varios meses, agradecido por siempre, dejando de recuerdo una copa y la
cuchilla que hoy preside la cocina de nuestra casa. Se dejó olvidada una remera blanca con las
inscripciones de El Autito y me la quedé para mí, no se la devolví. Y esa
remera se fue deteriorando, le sacamos el cuello y hoy todavía perdura, me
acompaña más de una vez en la gimnasia diaria, porque es liviana y porque hay
ahí contenido un cariño por una persona que me dejó el futbol, sin entrar en su
vida privada la que seguramente está cargada de reproches, como cualquier hijo
de vecino.
Después supimos
de la gente que trabajó con él, del buen recuerdo que dejó en todos, porque el
Marquitos era ese tipo querible, enérgico, inquieto, inteligente, aunque con
los estudios básicos apenas. La relación con su hijo del mismo nombre nunca
supimos la razón de una pelea definitiva, a tal punto que eran innombrables en
uno y otro lado. Sabíamos del negocio de una de sus hijas, de la venta de
cartuchos, de cuando dejó el trabajo en el cable o se jubiló, de a poco dejó de
ir a la cancha, o de entrar al juego, supimos que se fue del equipo, que puso
un lavadero con la mujer joven, al fin y al cabo, quien lo y la aguantó hasta
que un día nos dijeron que de un ataque al corazón el Marquitos había partido
de esta tierra. Así queda la semblanza, de cariño, de afecto por un tipo simple
que supe me respetaba y valoraba como el que más.
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