Mario Gallini

 

Apareció en nuestra vida allá en Córdoba. Amigo de alguno de los muchachos de Río Cuarto se aquerenció en la casa de la Vélez Sarsfield o en la de la Friuli y pasó casi desapercibido. No se hacía notar, más bien retraído, tímido, aunque con mucho de picardía, o sorna, siempre con alguna salida graciosa. Supimos que estudiaba psicología, que sus padres estaban separados, que su padre era militar y ejercía en el Batallón 141 y que la distancia con el Mario era si no insalvable, de distancia. Creemos que había un hermano menor. Como todos habrá andado en las cercanías de algún grupo político, estudiantil, no era posible sustraerse al influjo de los oradores de fuste en las escalinatas de la facultad de filosofía o en la explanada del comedor universitario. No le conocimos militancia puntual, pero vinieron los años de militancia fuerte, vino la cárcel y fue ya en democracia, en Río Cuarto cuando lo vuelvo a encontrar. Ya recibido de Psicólogo, ejerciendo en su consultorio, juntado con una mujer que acababa de enviudar o por lo menos era una viuda reciente, teníamos encuentros seguidos porque pasaba frente al taller de la calle Bolívar y nos enfrascábamos en charlas y discusiones sobre política actual y se lo notaba reticente, reacio, desganado, disconforme, una persona más bien triste, o contenida que contaba cosas de su vida cotidiana, aunque siempre se lo veía solo, cabizbajo. Alguna vez viajamos hasta Córdoba en el auto de su mujer, yo iría por algún trámite familiar y nos detuvimos en la Plaza España, en uno de los bares más selectos de la docta a tomar el desayuno. Esa ambigüedad de vida, creo que jugaba al tenis o al golf, y se lo veía como un resentido, un frustrado, un descorazonado, aunque la ironía punzante o los análisis bizarros no le faltaban en su boca. Tuvimos el honor de que asistiera psicológicamente a la Catalina con una particularidad excepcional: Así como la Catalina tenía su cura confesor a domicilio, así lo condujo al Mario a las terapias en la casa, hasta que Mario le dio el alta, no recordamos bien cómo fue, qué dijo, pero debe ser algo así como ya lo había cansado y que posiblemente doña Catalina no tenía cura. Y eran de esas las salidas del Mario. Un tiempo después, lo veo pasar y saludar desde la vereda del taller y me apresuro a abrazarlo. Había perdido un brazo, se lo habían cortado a causa de la diabetes, pero él andaba sonriente, no digo orgulloso, pero como si nada ocurriera en el mundo, más irónico, cáustico e incoherente que nunca. Supe que un tiempo después se fue del todo, no sé si dejó herederos, una vida a conocer, un personaje raro, bueno, ausente, a contrapelo de las cosas, como viviendo a la fuerza, como si acaso no tuviera que respirar. Sin embargo, nos queda en el recuerdo su figura frágil, sonriente, bromista y de ser una buena persona.

Y nos detenemos en profundizar en ese calificativo de incoherente, que no habla mal de él sino que puede definir a alguien que tiene todas las contradicciones o miradas en simultáneo y al volcarlas suenan confusas, como que no terminaran de cerrar y termina yéndose por las ramas y uno se queda sin saber a ciencia cierta de qué se trató la conversación, si acaso puede sacer en limpio algún concepto como para sintetizar una charla casual.

 

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