Mario Spoto

 

A los compañeros de colegio se los recuerda siempre, los del primario con más razón, pues seguro allí nacieron los primeros amigos. En nuestro caso, un primario en cuatro colegios no dio para tener amigos permanentes. Algunos aparecieron y nos reencontramos después en el secundario, pocos, es cierto. Con otros nos encontramos en el andar, conocidos que compartimos algún grado en esos colegios. En cambio, los del secundario fueron más permanentes, por supuesto que muchos quedaron en el camino repitiendo cursos, otros se incorporaron desde otros colegios o ciudades y en tercer año hubo un revuelo general, como para decir que solo con algunos que iniciamos primer año en el comercial en el 64, terminamos el quinto año en el 68, o sea que transcurrimos los cinco años juntos. Uno de ellos es el Mario Spoto.  Dos o tres anécdotas lo ponen en ese lugar de la memoria imborrable. Allá por cuarto año, con Historia Argentina, con el Dr. Iribarne como profesor en uno de los gabinetes que dan hacia la calle Belgrano. El profesor, en plena dictadura de Onganía se solazaba contra Rosas, contra Perón, contra los federales, y era la voz única del profesor, indiscutible, desde ahí se bebía la supuesta verdadera historia. No contaba el profesor que, desde una de las tablas intermedias, un gurrumín levantaría el brazo, pidiendo la palabra para escuchar al Mario defendiendo con ahínco y solvencia a Rosas y su gobierno, criticando a Sarmiento y dejando en el aire del gabinete el olor nauseabundo que queda cuando lo podrido se pone a la vista. Por supuesto que fuera de sí el profesor mandó callar, que era todo un invento revisionista que no había que prestarle atención. Quedó la atención y es posible que desde ahí don Iribarne dejó de sentir que tenía la palabra sagrada, supo que su verdad podía ser relativa.

Un segundo hecho tiene que ver con su guitarra, las canciones folclóricas,o las de moda pasaban por sus dedos en las cuerdas, con golpes, con ritmo, con esa sonrisa cómplice compartida. Y lo inolvidable, esa tarde en el matinée, o en la noche para adolescentes en Montecarlo, éramos varios del curso, una salida compartida, y antes de que saliéramos a bailar, apenas llegó la bebida, las gaseosas, Mario pidió todos los vasos, los puso en fila, fue llenando en distintas medidas los vasos con gaseosa y cuando creyó que ya estaría equilibrado el instrumento, con una cuchara, algo metálico comenzó a golpear los vidrios; un tintinear armónico se inició, un diapasón dulce, melodías conocidas que llamó la atención de los asistentes cercanos y fue una fiesta el aplauso para el artista.

La tercera remembranza es una tragedia. Una tarde supimos que no tendríamos clase. La hermana de Mario había muerto. Se había caído desde el balcón de su casa en las cercanías de Alberdi y Belgrano y era de no creer el dolor que nos traspasó a todos. Nunca se supo, tampoco se averiguó si acaso fue un accidente, o qué. Todo da para pensar otra cosa. Habíamos entrado un par de veces a esa casa, conocimos a sus padres, conocíamos de vista a esa hermana. Sabemos que después de ese hecho la familia quedó marcada por la tristeza.

Después nos separamos, todos, cada cual a su vida y cuando volvimos a saber de él fue cuando dirigía un grupo folclórico vocal: Amalgama, grupo que marcó un hito en la ciudad, una hermosura de voces, un deleite, con el Negro Alaníz, otro compañero del secundario inolvidable. Después supimos de coros dirigidos por Mario, en la ciudad, en General Cabrera, supimos de su afectación por el alcohol, no importa, lo cierto es que un día inesperado se nos fue y ahí estuvimos para despedirlo, quizás con mucha antelación, quizás dio todo lo que tenía para dar, esa parte de los humanos que no se deja conocer, que se va con él y nos deja apenas esos recuerdos gratos, o tristes, siempre intensos.

 

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