Mellizos

 

Da para hablar y convertirlos en personajes de novela, que no romántica, ni de terror, tal vez costumbrista o de carácter, o de desquicio social. Lo cierto es que hay que rastrear su historia, oriundos de un pueblito cercano a la ciudad, uno que dice haber tenido vocación de arquero y se trasladó a la capital de la provincia y permaneció algunos meses, no se sabe, no hay registro de partidos, suponemos que no le fue tan bien y a la vuelta, con la educación secundaria incompleta, los mellizos pusieron un taller de calzado en una habitación al fondo de un largo pasillo en la casa materna y desde ahí tejieron una historia que dura hasta nuestros días. De alguna manera se fueron haciendo famosos, por virtudes comunes, por acciones impensadas en esta gente. Entrar a ese taller era entrar a un mundo inquieto, con olores persistentes de pegamentos de suelas, una pava de mate junto al calentador, la radio  o una pequeña pantalla de televisión en un espacio de tres por cuatro, dos sillas de trabajo con sus implementos, un estante para los trabajos terminados y, diseminados por todos los espacios, en bolsas de polietileno, los trabajos no terminados, las pelotas, las cosas que quedan en un taller y nunca más se los viene a buscar, o no tienen arreglo y quedan ahí y nadie se preocupa por llamar a los dueños a que vengan a buscar su calzado en compostura. Mientras la madre, como un espectro fantasmal, acerca dulces, o panes, productos de su hacer en una casa abandonada casi mugrienta, de paredes oscuras, que olvidaron su pintura, objetos que acumulan suciedades y nadie pone un poco de orden, deja que las cosas sigan estando ahí ocupando sus lugares como si fueran trofeos a los que no se está permitido tocarlos, apenas verlos. Y mientras uno compone poemas complejos, inentendibles, el otro sale de noche a juntar desechos comestibles de los cestos y bolsas de basura, con un carrito y extrae frutas que ofrendará a la madre, quien hará los dulces con los que sus hijos ofrendaran a los más conspicuos clientes de la zapatería.  Claro que ambos creen ser eximios jugadores de futbol, uno en el arco; el otro en medio campo, a tal punto que en el futbol libre de los seniors se atrevieron a armar un equipo y llamarlo Sportivo con el apellido de ambos. Así se instaló y era un nombre común del que se hablaba en los antros futboleros como cosa corriente. El día que por casualidad tocó enfrentar a ese equipo fue como un descorazonarse, porque toda la enjundia que uno suponía en los comentarios y anécdotas o hazañas, se vieron hecho trizas cuando el porte de un arquero imposible y un mediocampista que apenas si llevaba un poco la pelota sin esa destreza o picardía o sorpresa que debe tener un armador, un mediocampista. Verdaderamente, jugarían en el equipo porque eran los dueños de las camisetas, pagarían las cuotas y serían los dueños del futbol y quizás les arreglarían gratis los botines a todos los miembros del equipo.

Sin embargo, algo flotaba en el ambiente, como una especie de susurro burlesco, porque llegaba el nombre completo del equipo de los mellizos y uno percibía como muecas a escondidas, y uno no podía descifrarlas si eran de simpatía, de burla o de asombros. Lo que ocurría es que la dimensión del equipo y la destreza del juego esbozadas desde la palabra pronunciada por el poeta nos llevaba la imaginación a un Yasing, el guardapalos soviético apodado Araña Negra y a un exquisito Redondo, repartiendo juego a izquierda y derecha, y en profundidad al delantero para que solo empuje la pelota a la red. Así juega la imaginación cuando la palabra fantasea, metaforiza, o inventa. Tal vez por eso fue una desolación esa tarde de sábado cuando pasamos literalmente por encima al equipo de los mellizos y su desempeño patético quedó como símbolo de la credulidad estafada.

No es posible pensar en un poeta sin una poetiza a su lado, y está bien que se creía tal, aunque más importante eran las comilonas semanales de grupo o el festejo de cumpleaños de alguna de sus múltiples mascotas que eran dueñas de la casa, a falta de hijos o de otros seres. El recolector de frutas callejeras murió por un paro cardíaco o por un cáncer que se lo llevó en días. A ella se la llevó la pandemia y el poeta quedo diezmado con todas las muertes encima, con desvaríos, con una muerte a su cargo, accidental en un choque al dormirse o desvanecerse conduciendo en el barrio y a la postre pudo publicar un libro cuyas páginas apenas si pueden recorrerse sin saber a ciencia cierta a dónde nos conducen. Es posible que haya genialidades invisibles, no detectables por ojos comunes, lo cierto es que no se presentó en sociedad, que fue hecho por esas editoriales que llamamos mercenarias y anda por la vida con cierta coherencia de posturas, pero que no podemos sustraernos de su grado de incoherencias o desplantes que nos dejan por lo menos preguntando hacia dónde se va.

En los altos del antiguo edificio el susodicho dictaba sus talleres de poesía y era llegar a la lectura del suyo para mirarse unos con otros tratando de encontrar el sentido más profundo, la reacción más entrañable, desde las entrañas, la comprensión para el aplauso o el olvido. Menos mal que no era necesario un concepto, apenas una aprobación con las dos palabras que nos sacan del paso y después recibir el último ensayo sobre alguna parte de la poética o de la historia o de la región, irremediablemente quedar atrapado en una mezcolanza de términos leguleyos o sabios y comprender que es uno al que le faltan algunas hiladas si acaso pretendía desentrañar el trasfondo de la cosa, que existía, no caben dudas, quizás mortificado por los efluvios de pegamentos o esas horas de la vida sentado ahí sin poder tomar más compromisos que los mínimos y por eso dejaba hacer aunque él fuera el más encumbrado en la lista de la entidad. Al final tuvo el tino de agregar a su apellido paterno el de la madre, como una manera de aposentar su nombre con más peso, en última instancia, hizo y hace lo que puede o sabe y es posible que no esté esperando una devolución halagüeña, sabe que su misión es apenas eso, dejar que esos textos dejen algo a un lector desprevenido, quizás sabiendo que en cada función de la vida se pone toda la enjundia y es lo que nos toca. Por encima de todo lo que se pueda decir, flota un ser humano noble, bueno, simple, siempre agradecido y siempre puesto en un lugar aparte, nunca sobresaliendo y tal vez eso es lo que lo haga un ser querido, respetado, que no le cabe el olvido. 

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