Será que su flacura, su inquieta postura, su sonrisa
plantada no se esfuman, con solo tener su nombre en la cabeza viene y nos arrebata
una alegría. Gente con la que hemos pasado esos aconteceres que no se borran
jamás, con un antes, un durante y un después diferenciado. Esta secuencia
temporal la determina el tiempo del genocidio en la penitenciaria. Con el Mirmi
compartimos más el antes, porque durante la instalación de la muerte en el
pabellón estábamos en celdas enfrentadas, uno en cada ala del pabellón 8; en la
suya estaba Pancho, la Spika que nos advertía sobre lo que ocurría más allá del
aislamiento en la mazmorra.
El acercamiento mayor con el Mirmi venía por el futbol, un
exquisito gambeteador, un tipo de campito, de mucho juego, con un físico
privilegiado para estas lides. Y como no le quería ir en saga ahí estábamos en
los recreos de la Penitenciaria con esa cancha en ángulo, haciendo los picados
en la tierra, arenosa, poceada, nos divertíamos de lo lindo, casi como desafíos
de superación; es de imaginar cuánto implica para quien le gusta la pelota
jugarse un partidito en el patio de recreo de una cárcel. Y lo emparento con un
preso compañero que venía de los presos con condena social, por robos o lo que
fuera, otro jugadorazo que, en una jugada me hizo caballito y caí de espaldas y
ahí se acabó por un tiempo mis lides en el patio. Ya nos acordaremos del nombre
del compañero que adentro se unió a la política y se quiso juntar con nosotros.
Es toda una historia que la encadeno con el Mirmi y el futbol. Tengo la
impresión de que aquel partido memorable en el campo de juego con arcos y
césped en Sierra Chica el Mirmi estaba ahí, porque el otro jugador destacado
era Almendra, un catamarqueño del que he perdido todo tipo de rastro.
Actualizando la semblanza, debo admitir que fueron las ganas de que el Mirmi
estuviera ahí, en ese partido memorable en Sierra Chica. Me dijo que no, que
nunca jugó en esa cárcel.
Un cariño especial por el flaco, un tipo querible que volví
a ver muchísimos años después en Río Cuarto, él como parte de una embajada de
la Comisión de Familiares de desaparecidos y desde ahí, encuentros esporádicos,
promesas de encuentros más seguidos, algunos mensajes por las redes, algún
teléfono de saludos, alguna confusión un sábado en la plaza de Villa de las
Rosas con alguien de un parecido increíble, aun no quedo descartado que haya
sido él, pero no. Y al menos dejarlo asentado acá, como este borrador de
nombres queridos, a lo mejor le podemos agregar otros datos que hagan una
semblanza grata.
Y fue en el encuentro del León XIII que nos volvimos a
abrazar. Y ocurrió lo contrario a lo sucedido en la Plaza de Villa de las
Rosas. Entre tantas caras conocidas o desconocidas, muchas de ellas modificadas
por el tiempo, casi irreconocibles, andaba un tipo con barbijo, hablando con
uno y con otro, eléctrico, muy parecido al Mirmi, pero cuando se sacó el
barbijo me dije que no, que era alguien de un parecido, pero que no se correspondía
con el físico, el porte que tenemos del Mirmi. Hasta que, en un momento, ya
descartado su presencia ahí nos encontramos frente a frente y fue como si no
nos hubiéramos reconocido ninguno de los dos, hasta que fue la mirada la que
apuró el abrazo, y eso que no habrían pasado diez años, quizás menos desde que
estuvimos juntos y nos prometimos un encuentro que nunca se dio cuando él
pasara rumbo a Mendoza, a la finca de la familia de su compañera. Y sí, después
charlamos un par de veces, él siempre inquieto, que tenía que viajar urgente a
Mendoza por la gravedad de su suegro, iba y venía con el barbijo o sin el
barbijo, puesto por una alergia, una infección y confirmamos que no estuvo en
el partido memorable de Sierra Chica, y anotamos otra vez los datos para un
futuro encuentro que se dará, claro que se dará, bastará con seguir insistiendo
porque son las cosas que gratifican la memoria, la dignidad, la vida, porque
nos pasó el audio de homenaje a su hermano desaparecido, dolores en su familia
y ver cómo el Mirmi ante la primera de cambio se desmorona, entra en llanto,
porque el dolor lo seguirá llevando siempre, quizás sea ese su manera de
llevarlo, andando a las apuradas, picoteando acá u allá, con esa electricidad
de aquellos que no se quedarán quietos sino cuando les llegue la hora.

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