Oscar

 

Es mi primer amigo, más que mi hermano mayor. Cuando nací él tenía apenas un año y nueve meses. Cuando llegué a los cinco él acababa de entrar a la escuela y fue un golpe grande porque sentí que me quitaban al hermano, con quien compartíamos todo, aun cuando la memoria de esos años es borrosa y solo se torna nítida cuando la Navidad o reyes del 57, o sea yo con cinco recién cumplidos, él ya para los siete y pasando a primero superior, el segundo grado de aquel entonces. Eran los Reyes que llegaron con la bicicleta azul de piñón fijo, era el aprendizaje con rueditas ida y vuelta por el estrecho pasillo de la casa interna de la calle Colón, eran las fiestas de fin de año con primos en la esquina, era el almacén de don Fishman, era la escuela Sarmiento (hoy Gral. Paz) a la vuelta. Hay un recuerdo preciso cuando Oscar entra a la escuela. Yo estoy ese día sobre los hombros de mi padre, viendo a mi hermano con su delantal blanco, con otros chicos y sí, fue como si me lo arrancaran, pero el consuelo que el año próximo entraría al colegio y así fue; fuimos haciendo juntos los deberes que le daban en el colegio, y así aprendí los números, las letras, las primeras palabras, todo eso me sirvió para entrar al grado ya avanzado, una ventaja significativa que hizo que nunca me resultara complicado el aprendizaje.

Y ya los dos en el colegio, desde ahí hasta que terminamos el secundario bien podríamos decir que fuimos una sola cosa, que éramos nuestros mejores amigos y que los amigos que fuimos haciendo eran amigos de los dos. Por eso que al contar la infancia no hay manera de despegarnos, Oscar está en todas las aventuras, en las travesuras, en el crecer libre en Achiras, en los juegos en la quinta, en los campitos de la esquina, en las laderas del ferrocarril en Banda Norte y el anecdotario es extensísimo lo que implica reducir la descripción del personaje a sus aspectos salientes. Si bien era el más grande esa diferencia no se hacía notar, en ese período de los cinco a los quince o dieciséis éramos como mellizos, si cabe el término. Ninguno se destacaba por travieso, ni sobrepasaba al otro en habilidades o capacidades, digamos que éramos complementos, quizás él más reservado, tal vez un poco más intrépido de mi parte, pero nunca saliéndose de los cánones posibles. Con él fue todo lo que implica la primera vez, de casi todo, por eso hablar de la infancia es hablar en conjunto y estaría hablando más de mí. Por eso saltaremos los años, nos iremos ya a los momentos que se inicia la separación, cuando él se va a Córdoba tras terminar el secundario, pero retornó ahí nomás, es posible que se haya inscripto en la universidad nacional del centro, así se llamaba un principio de universidad, antes de la concreción de la Nacional. Al año siguiente fui yo quien se fue y desde ahí se hizo una distancia física, cada cual con sus búsquedas, digamos que los caminos comenzaron a ser distintos no enfrentados, pero cada cual fue llevado por rumbos particulares. Apenas hubo un encuentro comercial, un bar que atendimos juntos unos meses en la Docta hasta la detención y luego vino lo que vino y ya el óscari haciendo renegar a nuestro padre en la atención poco eficiente para el progenitor en el Hotel La Bolsa, con salidas, noviazgos, en ese entonces el muchacho vestía a la moda, andaba de pituco, pantaloncitos bombilla, barba candado, lentes de sol todo el día, dejó los estudios, ese período está en nebulosa, se casó, se fue a Brasil con su mujer, allá tuvo sus hijas hasta el retorno, ya entrada la democracia. Con su fábrica de zapatitos para bebés, sus viajes constantes con el itinerario de pueblos y ciudades vendiendo sus productos, hasta que al final se radicó en la ciudad y ya desde ahí se afincó para quedarse para siempre. Vimos juntos el mundial del 86, hicimos excursiones serranas inolvidables, siempre ahí, aunque mejor sería no entrar en discusiones,  porque si hay una característica es lo errático el no jugarse, o jugarse para ambos lados, no digamos que un pusilánime pero un ser al que le faltarían agallas para imponerse aunque todo lo que hacen dice y siente lo hace por ser una buena persona, sin otros propósitos que vivir, relacionarse con gente con un poco más de alcurnia que él, andar por la calle como lo que es, un cobrador que sabe, conoce, dice, transmite, recorre, sin mayores compromisos con nada, ni con nadie. Hasta ahí nomás, no se jugaría por nadie por convicciones o ideas, más bien dejaría que todo pase, que se vaya lejos.  A veces uno tiene la sensación que se deja llevar por las opiniones más recientes sobre todo de aquellos que tienen una posición social y económica de mayor alcurnia.

Podríamos cerrar la semblanza con un moño, tal como lo pide el personaje, quedarse en lo superficial, en el rico anecdotario que tienen dos seres que han compartido la vida como es la de los hermanos. Claro que hubo un quiebre y desde ahí no hay manera de retorno, y a esta altura de la vida bien dirían algunos que es mejor dejar pasar, que fluya, no darle importancia, quedarse con la mejor con los afectos y que a la larga así se vive mejor. Puede ser, pero hay cuestiones de las que no nos podemos apartar y ponerse en la vereda del frente del pensamiento humanitario, confrontar con la propia historia, suena a traición y sin duda todo el historial queda trizado, si no muerto, aunque podamos seguir asistiendo a veladas, a encuentros, pero ya sin la convicción y el cariño que se siente por un hermano.

Como todas las semblanzas, ésta también queda abierta a agregados, supresiones, nueva vuelta de tuerca. Por ahora va así y el correr de los días dirá del resto.

 

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