A lo mejor es un lugar común
decir que los petizos son agrandados, insufribles, que es la manera que tienen
para salir del bullying al que han sido sometidos desde chiquitos, que no hubo
zapatos de tacos altos ni estirar el cuello ni pararse en la punta de los pies
para mirar al mundo al menos desde la altura media de la cosa. Hay de todos,
por supuesto y casi siempre son queribles, se los apaña, se les da lugar, y no
caben dudas que los supuestos normales se solazan con los chistes que se le
hacen, el humor sarcástico, la ironía, los puñales que se le clavan a los de
baja estatura, ahora se dice de talla baja, da para un compendio sobre el
origen del bullying que no tiene que ver con el racismo sino con los modelos
humanos que se imponen en las distintas sociedades. Ese acoso los hace
impertinentes, contestadores, agrandados, simuladores, subrepticios, escapistas
porque el que se queda en el molde pasa a ser un objeto que no se lo tiene en
cuenta para nada, es el último en ser elegido para el juego, aunque en el
futbol tenemos tantos petizos que hicieron carrera que desdice todo lo que se
le quita a este conjunto humano que no alcanza la media de estatura física, que
la moral o ética pasa por otros carriles.
El susodicho se asomó a
nuestra vida en los picados de los sábados en la cancha de futbol siete en la
quinta de los hermanos Scamperti. Se lo conoció como un aguerrido defensor, un
tres, aunque era derecho, firme, jugado en los quites, con la pierna dispuesta,
poniendo empeño y destacando su entrega, multiplicando sus pasos cortos, perro
de presa en la defensa. Ahí supimos que era médico, que era urólogo, un tipo
reconocido y de esto estamos hablando allá por el noventa y cinco, previo al
inicio de la Liga de Futbol Seniors. Por eso, al poco tiempo de formar el
equipo de la Fusión de Libres fue uno de los primeros convocados. Claro que a
poco andar se sumaron otros y ya Pasté no fue titular indiscutible; al
contrario, era carne de banco de suplente, con toda la incomodidad que
significaba eso para el que obraba de técnico o coordinador ya que el petizo no
aguantaba sentado en el banco y mostraba su intención de entrar haciendo
movimientos vivos sobre la raya, un pre calentamiento irritante, como pidiendo
pista, urgente cambio, incomodando a propios y extraños, criticando al tres de
turno o a cualquiera, apurando su ingreso que, inexorablemente, vendría y era
un alivio para todos, porque más allá de sus virtudes y defectos deportivos
había que evitar que a cualquiera de los nuestros se le saltara algún eslabón
de la cadena como ocurrió un par de veces y se llegó a las manos sin grandes
consecuencias, apenas una sanción disciplinaria, pero lejos de la amistad y
camaradería que se intentaban imponer en la Liga. En esa época me tocaba llevar
las camisetas del equipo, pero la número tres no la pudimos recuperar más, se
la apropió e lpetizo, no la soltó más, como si él fuera el dueño indiscutible
del puesto. De odioso nomás, cuando
tuvimos un nuevo juego de camisetas me apropié de la tres y nunca jamás se la
dejé usar, la llevaba puesta desde mi casa para evitar que me la manoteara del
bolso y se la llevara como a la anterior. A medida que transcurrían los años,
el banco para él se fue haciendo natural, pero él insistía. Buscaba
congraciarse con el técnico, hacía buena letra. Más de una vez fuimos a su
casa, un asado y le tomamos todos los vinos posibles de sus alacenas, los
regalos de sus pacientes, algunos hasta le manoteaban remedios especiales y en
ese aspecto se lo veía como un tipo agradable, por supuesto que era mejor no
discutir ningún tema con él, y menos de política porque su ser reaccionario
llegaba a la cúspide. Cuando cumplió los cincuenta le hicieron una fiesta con
numerosa concurrencia y le dimos de regalo, entre otras cosas, un poema que
bien podría incorporarse a este escrito. La vida continuó hasta que en uno de
sus viajes al exterior, una situación económica holgada, muchos vehículos de
colección, casas en las sierras, moto, cuatriciclo, bicicleta, un niño que se
daba todos los gustos al no tener hijos y una mujer complaciente, aunque activa
y de vida independiente, de ese viaje ya el activo, insufrible, jodido, alegre
Pasté volvió o lo trajeron casi como un desquicio humano, un ACV múltiple y
desde ahí, de esto hará diez años, es muy poco lo que se pudo recuperar, es
posible que casi nada y fue una pena enorme, porque más allá de las peripecias,
las anécdotas, las rabietas que uno se agarraba con él, verlo terminar la vida
así es un dolor que nos acompañará siempre. Sí, con todo se supo ganar el
aprecio, la amistad de muchos, siempre con alguna chanza, siempre respondiendo
él a cada broma con otra respuesta, jamás se quedaría callado, jamás te daría
la razón. Este sí que es un personaje notable, con todos los altibajos que
tiene la vida. Es de aquellos que se los tiene presente para graficar
comportamientos notables, no necesariamente grandiosos, de la vida común,
cotidiana, de esos comportamientos que se destacan, que se reproducen en
anécdotas conservadas en la memoria de quienes tuvimos la suerte de compartir
alguna actividad, en este caso deportiva, que lo otro, su profesión y acciones
al respecto nada podemos decir, ni siquiera de lo que los demás dicen que era,
que no nos consta.
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