Porque viene de antes, de cuando andábamos todavía por las
calles de la docta, cada cuál en su disputa, en sus búsquedas. De acá un
estudiante que emprendía un rumbo de participación política incipiente, no a la
deriva sino ya encaminado por los estruendos que sacudieron la modorra de los
cordobeses allí en el 69, unos tres o cuatro años antes. La militancia no era férrea, tabicada,
consecuente. Era de andar por asambleas y encuentros con gente afín, con gente
conocida de la ciudad de origen, compartiendo alguna celebración personal,
pongamos para este caso un cumpleaños. Fue una tarde en alguna pizzería o bar
de la primera cuadra de la General Paz, cerca de Sopelsa, en los altos.
Seríamos varios, el Grunchi, el Luis, El Azulejo, alguno más y hubo cerveza o
vino y el Azulejo tomó un poco de más, en realidad no podía tomar alcohol
porque enseguida se ponía rojo y todo lo característico de un borracho, con el
agravante de un desmayo, una descompostura y grande como era, a la rastra hubo
que llevarlo al hospital de urgencias que estaba por La Rioja, a tres cuadras
del lugar. Y cuando llegamos apareció un médico residente, un flaco alto, con
tonada norteña, eléctrico, eficiente, con rapidez lo introdujo en la guardia le
habrá dado un sedante, algo para el vómito, con premura y quedamos más que
agradecidos y satisfechos por la atención recibida. El muchacho, joven de
guardia nos quedó en la retina porque era inconfundible, vivaz, jocoso, con una
disposición para atender y resolver la situación que nos llamó la atención.
Tiempo después, quizás un par de años, tal vez en el 73/74
lo volvimos a encontrar. Una pequeña operación de traslado de un arma, un
encuentro en un bar en cercanías de La Cañada, cerca del mediodía, y cuando
llego al encuentro previsto en el baño del br para retirar el arma aparece el
médico de guardia, lo reconozco en el acto, él por supuesto que no, nada nos
dijimos, apenas un saludo, el pase del objeto y si te he visto no me acuerdo.
Por eso fue sorpresa y alegría encontrarnos en el abrazo que
me dieron los compañeros al ingresar por primera vez al pabellón de La
Penitenciaria. El Canoa, el René, el Turco (falta un sobrenombre, Cacho) era
uno de los integrantes de lo que bien sería un Tribunal de Conducta, de
recepción. Indispensable tarea para saber quién en quién en estos casos,
averiguar todo lo relacionado con la detención, si acaso hubo nombres,
delación, posibles caídas de otros compañeros, causa de la detención, un
tribunal que interrogó por horas hasta convencerse que no había infiltración ni
peligros futuros, y rápidamente, incorporarse a la vida activa del pabellón, a
las tareas que continuaban como una formación integral del militante. Bien se
recuerda las deducciones que hicimos en conjunto acerca de las razones de la
detención, que imaginamos un supuesto trabajo de inteligencia de la policía a
raíz de un DNI, o de una denuncia de pérdida efectuada día antes y tal vez el
antecedente de alguna entrada en cana los condujo hasta mi casa, todo ocurrido
cuatro días después de la fuga de las compañeras presas en el Buen Pastor, en
cercanías de esa seccional de policía, la Cuarta. Sospechamos que nos
involucraban en tareas de inteligencia (es otra la palabra, ir a pispiar, hacer
un reconocimiento, un chequeo, conocer los movimientos de la guardia, el
personal existente, etc.). Elucubraciones que se fueron a tierra el día que
apareció en el patio de la cárcel, tras un traslado desde la cárcel de
Encausados el verdadero autor de nuestra caída, un tema que merece ser tratado
en otro lugar.
Y fueron esos diez meses previos al golpe, previo a su cruel
muerte, los que nos permitieron vivir, disfrutar de la grandeza de este médico
gigante, inquieto, alegre, con sus destacados anteojos de marco negro, severo
en sus indicaciones, como uno más, pero insuflando siempre ese aliento de estar
vivo, confiado, seguro del triunfo de las ideas. Sin duda era uno de los
responsables de que todo funcionara como ocurría, con las tareas físicas, de
estudio, de formación política, de relaciones con las otras organizaciones y
por supuesto de entablar el diálogo con las autoridades del penal respecto a
los múltiples aspectos a cuidar en una cárcel: visitas, entrada de alimentos,
cantina, salidas al recreo, trabajos de recreación, instrumentos necesarios a
poseer, trato, restricciones y beneficios. No hay otra manera de recordarlo
sino en ese inquieto decir y hacer, gesticulando y cumpliendo el rol que
necesariamente se había ganado por su capacidad de organizar, sus convicciones
y esa fuerza contagiosa de confianza en la verdad y la victoria.
Lo que vino ese mes de julio de 1976, ese día a esa hora es
conmovedor, imposible que podamos sacarnos de los sentidos, imaginar, ver,
escuchar, saber todo lo que ocurrió en torno a una muerte emblemática, donde
los esbirros pusieron a la vista su infinita maldad, porque se desquitaron con
el cuerpo del infortunado como si quisieran descuartizar la historia. No hay
manera de congraciarse con el ser humano cuando la garganta se nos atraganta,
cuando se nublan los ojos, cuando oímos los sonidos que nos llegan desde el
pabellón, desde el pasillo, cuando imaginamos el gesto solidario del preso
social, al alcanzar con sigilo un paquete de sal, el Turco que se arriesga
mientras hace la fajina del pabellón, porque él lo pediría o los mismos
empleados lo elegirían por saber que estaban ante un ser humano íntegro, que
haría la tarea a conciencia. Y podemos seguir hasta contar lo que todos saben,
que la perra casualidad hizo que apareciera uno de los infames luciendo el
uniforme armado y lo llevara hacia el cadalso. Quiso humillarlo, quiso que el
Canoa pidiera perdón, se arrepintiera, pidiera clemencia, pero no sabía cuál
era el temple del René, que no en vano era un estandarte de integridad y
coherencia, que llevó al extremo la procacidad del infame, no contuvo todo su
odio al espejarse en el Turco y comprender su propia inferioridad, su ser
despreciable, su papel asqueroso y continuó el suplició inenarrable hasta la
gloria eterna del hombre digno. Estaqueado, desnudo, en el patio de arena y
tierra, el criminal mojó y ordenó mojar ese cuerpo gigante, que se fue helando
hasta llegar a la gloria eterna de su grandeza.
Esto es necesario seguir contando porque de eso no es
posible olvidar, porque es la crucifixión, el extremo al que llegan los
poderosos para seguir conservando todos sus privilegios. Una acción que se
reitera desde el fondo de los tiempos y que uno apuesta a un nunca más, en la
memoria de René, el inmenso.
Cada aniversario, cada natalicio despierta la congoja y
acelera el orgullo. Su familia, sus hermanos lo han puesto en el lugar del que
nada ni nadie lo podrá sacar, un héroe que dio todo para que el mundo sea un
poco más bueno, más justo, porque solo esas eran las banderas de este hombre
gigante, un ejemplo silencioso, una vida que nos socorre cuando dudamos, cuando
sentimos que hay cosas que no valen la pena, porque también con otras armas
buscan estaquearnos como escarmiento a los que se atreven a poner en tela de
juicio lo consagrado por un poder injusto, criminal, indigno.

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