Ahí anda el Tito, en España, quizás en Barcelona, con la
Flaca, es posible que su hija esté con ellos, es posible que su hijo haya
reemplazado a Eschoyez en la meteorología cordobesa, es posible que hayan
armado un taller o un negocio de tarjetas y souvenirs, una imprenta para
tarjetas de comunión, esas cosas. No es lo que más importa. Importa recorrer su
historia, cuándo entra a nuestra vida y es en la época del Azulejo, del flaco
Callerio, del Negro Ceballos. Por ahí viene por ser compañeros del secundario,
del San Buenaventura, cuando el Tito vivía en Río Cuarto y su padre era
director o tenía algún cargo importante en el Correo Argentino.
Después supe que había entrado en una organización política
afín y es posible que nos hayamos visto por las cercanías de domicilio entre el
Barrio San Fernando y el Iponá, por ahí, eso no podemos certificarlo.
Lo cierto es que cuando retorno a Córdoba, en pampa y la
vía, en el desconcierto de la vida, siguiendo cualquier quimera, fui a recalar
a su casa que, gracias a su generosidad infinita pude permanecer en un salón
superior de la imprenta un tiempo considerable hasta que reencaucé la
existencia a duras penas.
Allí permanezco un tiempo, pudo ser quince días, un mes,
está borroso y me pregunto por la subsistencia, no hay manera de precisar cómo
nos la arreglábamos para vivir. Fue un refugio desinteresado, amable, de amigo,
que uno con el tiempo lo ensalza hasta el infinito porque representa la mano
del amigo ante una circunstancia poco feliz, o mejor de tanta incertidumbre.
Rondaban nuestros amigos muertos, o desaparecidos, la historia común con otros
de la ciudad nativa hasta que la vida nos reorientó o los vientos cruzados nos
llevaron por otros andurriales y no sé si acaso le agradecí como correspondía a
Tito y a la Flaca, su mujer, por esa asistencia amoroso que me brindaron. Lo
cierto es que después Tito emigró, supe de él por las redes, un par de
contactos, alguna charla telefónica, el tono de su voz inconfundible, su risa
franca, su vida allá, su familia, la certeza de su casi seguro no retorno y
saber que lidiamos por lo mismo, con todo lo que ha pasado por la vida,
seguimos soñando con las mismas cosas de nuestra juventud.
Un personaje amigo,
querible siempre, de esos con los que uno quisiera fundirse en un abrazo y
repasar de un saque todo lo que nos ha tocado vivir, los sueños realizados y la
carga de dolores que necesariamente arrastra nuestra generación, que, por
supuesto, nada se lamenta y uno se afirma en el orgullo de pertenecer a ella.
Queda en el proyecto de sueños y viajes pasar alguna vez por
España, y llegarnos hasta Barcelona. Uno de los motivos es podernos abrazar con
el amigo.

Comentarios
Publicar un comentario