Angélica

Al entrar al supermercado una lleva en la cabeza dos o cuatro cosas para comprar, pasa de largo por góndolas, puntas de góndolas, ofertas, apenas si tenemos tiempo para leer en los carteles colgantes las secciones en las que se ha dividido el enjambre de productos que satisfacen nuestros sueños, la mesa de comida o nuestra avaricia por tener, por consumir. Porque el ser consumidor es una categoría suprema, mucho más emocionante que la del espectador, que solo le queda aplaudir desde la tribuna o rebullirse en el sillón sin más que aceptar que uno no puede mover ni un ápice de lo ocurre en el mundo. En cambio, ah…, en cambio cuando una entra al supermercado (debería decir tienda porque tienda es más chic que almacén o maxi kiosco; el verdadero consumidor es el que nada entre góndolas), una es protagonista. Andás detrás de las marcas, no buscás ofertas sino esa imagen que te quedó grabada en el alma porque la chica rubia se la bebió y fue feliz o el gordito avariento mostró tal cara de felicidad que no nos podemos resistir.

 Y a ese punto quería llegar, porque una puede ser despreciativa de las segundas marcas, de las ofertas con gancho, del lleve tres pague dos, pero no me puedo resistir al grito de la moda, a lo que acaba de salir, a lo flamante. Sin ir más lejos, cuando salieron por primera vez los chickenitos no hubo manera de parar. En mi casa, mis hermanas, mi madre me tienen prohibido que compre esas basuras, así me lo dicen:

—Angélica, sos una Angélica, vaya uno a saber qué asquerosidades le ponen adentro a esas porquerías envasadas, seguro que las hacen con los requechos de los pollos —eso me dicen.

Es como si me excitaran más; sí, debo confesarlo, siento que en mi cuerpo se sacuden energías imposibles de controlar; sí, no me caben dudas, me dan tantas ganas de meter un hombre a la cama que canalizo esa ansiedad comprando la última marca.

Pero yo no soy la Angélica. Soy la Lucrecia. Esa era otra que vendría siendo mi predecesora. La patrona de la Angélica verdadera se reía, le había sacado la ficha, no había producto, marca, envase nuevo que no fuera a parar a las manos de la Angélica.  Así me pusieron el mote, y es para todos aquellos que nos tentamos cuando entramos al super y buscamos la marca que acabamos de ver en la tele.

Ahora, yo me hago cargo de la cosa, sé que soy una Angélica, que muero por los envases, por las etiquetas, por las vidrieras que resaltan lo que prefieren vender, las góndolas que me atraen como una boca sensual para el beso, así me voy de madre, se me acaban los límites y sucumbo cuando aparece entre los paquetes de galletitas esa que trae chocolate en trozos con fragancia de canela. Mirá si me lo voy a perder, hay otras que serán meticulosas, que toda la vida tomaron La Hoja, yo quiero mates con esa que trae el envase hermético, que me dice que se hizo con palos secados en hornos naturales, eso me gana, porque no soy rata de consumir cualquier verdura, no por nada es que lo publicitan los actores, las actrices, los panelistas porque ellos son nuestros referentes; qué sería de nuestra vida, de nuestra alimentación, de nuestros sueños si ellos no nos anticiparan lo bueno, lo que vamos a salir corriendo a sacar de las góndolas de supermercado.

Pero mi debilidad son esas bellezas congeladas.

Metan la nariz, el cuerpo entero adentro del freezer, revuelvan porque ahí están todas las marcas mezcladas, porque yo lo sabía, no sé cómo, pero lo sabía que los Nuggets eran de calidad superior, aunque en los super cercanos ni ahí, tuve que ir a la periferia donde está el que no está más en el país y ahí sí que me di la panzada.

Ya ven, no hay nada que me vuelva más loca que los Nuggets, ejem…, atrás chíckenes,  bocaditos de pollo, muero por esos: rebosados, crujientes, con salsa barbacoa, crocantes, qué me importa si ahora todos vienen con los cuatro octógonos negros que advierten sobre los excesos, si yo sé que debajo del envase,  de las marcas siempre habrá un pollo seleccionado, lo mejor del pollito en un bocado, qué me van a venir con los chiquenitos artesanales del Gordo de la otra cuadra. Ese sí que los hace con los requechos y sin embargo las pavotas de mis hermanas se pelean por una alita, por un muslito. Yo soy fiel a los auténticos…  como en el arte no se le puede hacer propaganda a una marca, solo les digo que no se queden con las ganas, se los digo como que me llaman Angélica.

 

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