Eran habituales las entradas de
las patotas militares al pabellón de la cárcel, y nos preparábamos para la
andanada de golpes, de gomazos, patadas, gritos y órdenes, corridas y
movimientos vivos hasta el agotamiento. Esa vez el teniente del ejército, joven,
rubio, de impecable uniforme verde, luego de la paliza en los pasillos, nos
mandó a la celda y él entró, secundado por sus esbirros. Se subió a la cama
rinconera junto a la puerta, y pistola en mano, nos apuntaba, nos amenazaba de
muerte a todos. Estaba como poseído, como loco, pensábamos que en cualquier
momento empezaría a los tiros contra nosotros, desde ahí despachó una arenga
pseudo nacionalista y patriótica, nos obligó a cantar el himno, a gritar viva
la patria, muerte el ERP, mueran los subversivos, muera el comunismo.
Algo patético, porque al fin y al
cabo fue un espectáculo amenazante, no pasó de ser una puesta de escena de una
hiena salida de madre, así estaban estos criminales que, de ahí a matar a
golpes, mostrar toda la saña maldita había un paso. Sería el teniente Alsina, o
Vergés, alguno de ellos, porque se le notaba vocación de mando y de muerte.
Un hombre de nuestra edad, fuera
de sí. Esa imagen quedó anclada en las pupilas. Cuando pienso en la degradación
asesina, criminal de un ser humano lo recuerdo al tenientito, saltando en la
cama rinconera, pistola en mano, apuntando, riéndose, mofándose, jugando con
los que estábamos a su merced. Nadie, pero nadie insinuó una respuesta, intentó
una defensa, un parlamento, nada. Nos refugiamos en el silencio y en el orgullo
y cuando se fue, taconeando en el pasillo, fuimos nosotros los que nos largamos
a reír, aliviados. Al fin y al cabo daba pena semejante degradación de un
humano con uniforme militar.

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