Llegada a la UP1

 

Es difusa la memoria del instante en que nuestros pies pisaron en interior de una cárcel, de la UP1 cordobesa. Se habrá cerrado detrás de mí el portón de ingreso; se habrá ido el móvil policial que me trasladó desde las celdas del patio del Cabildo hasta ahí. Habré pasado por la oficina de recepción, la identificación y luego me habrá acompañado un empleado penitenciario hasta el interior de la cárcel, subir un piso y depositarme en el pabellón 11, de triste memoria. Es posible que las sensaciones en ese andar hayan sido de alivio, de haber salido de Informaciones, del maltrato en el Cabildo, de la incertidumbre, para estar ahora sí detenido y comunicado, legalizado y aunque dolorido, con marcas, con frustraciones, entrar a la cárcel era parte de la lucha emprendida, no era una cuestión irrelevante. Además, se sabía que en la cárcel se seguía militando, se estudiaba, se formaba, se aprovechaba el tiempo para el crecimiento político e ideológico. Digamos que entramos al pabellón con el orgullo del militante, tranquilo por haber soportado la tortura, los métodos de ablande para la delación, la entrega; que de mi boca no salió un nombre ni un dato, y soportamos en silencio aun cuando había elementos físicos relevantes como para involucrarnos en una organización, no en hechos puntuales de ningún tipo. Sí, orgullo y disposición a aprender, a compartir con otros compañeros, de muchos modos conocíamos como funcionaban los compañeros, teníamos algunos conocidos, no digamos que nos alegramos de estar ahí, pero sabíamos que sería una buena oportunidad para la formación y el crecimiento.

El recibimiento fue espectacular. A la entrada del pabellón, en el pasillo estaban los compañeros, un aplauso, abrazos, y seguramente alguien me condujo a la celda que creo permanecí durante todo el tiempo ahí, antes y después del golpe militar. Ubicado en la celda, la cama, los que estaban ahí, celda de diez o más camas, debo haber pasado de inmediato a la equipo de recepción, lo decimos mejor: al tribunal de disciplina, uno de cuyos integrantes era el inolvidable Cacho, el mejor. Por supuesto que no hubo sospechas, ni dudas, todo quedó claro, mi comportamiento había sido el esperable en un compañero, y las causas de mi detención, etc., las especulaciones en torno a eso dieron una conclusión que, tiempo desps, sabríamos que había sido una mala interpretación, tema que da para una nota especial.

Desde ahí tengo una memoria rica en anécdotas, no digamos que era una colonia de vacaciones, pero no era la cárcel que vendría después, y día a día uno sentía que crecía, que se preparaba mejor para lo que vendría, que se nos respetaba y estábamos siendo cuidados, apoyados y alimentados por las familias, los compañeros, la comunidad toda.

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