Quiebre, traición

La severidad del tribunal de conducta en las cárceles pudo prestarse a confusiones, a miradas dispares, por supuesto dependiendo de la orientación política ideológica del tribunal, juzgando el comportamiento ante la detención, tortura, y comportamiento cotidiano de cada compañero de la organización. Este caso fue emblemático, sacudió los ánimos de tantos porque acababa de llegar un contingente de presos desde el interior de la provincia. Por supuesto que cada cual, los que tenían algún vínculo con alguna organización se habrán sometido al interrogatorio del tribunal correspondiente. Naturalmente que nadie puede poner en juicio este mínimo cuidado, saber quién es el compañero que entraba al pabellón a compartir todas las actividades que se siguen realizando en el interior. Uno de ellos, no importa el nombre real, digamos Martín, confiesa que había convenido el traslado a la penitenciaria y le habían prometido una pronta liberación si colaboraba con el servicio penitenciario informando sobre el funcionamiento interno de las organizaciones. El compañero asumió el compromiso, lo que en la jerga política se consideraba una traición, se quebró, pero tuvo la actitud de decirlo, de volverse a quebrar del compromiso que había asumido con las fuerzas represivas. Sin duda el compañero no alcanzó a pasar ningún dato comprometedor, porque eso ocurrió casi de inmediato a su entrada al pabellón. El conflicto era cómo cuidar al compañero, como evitar que lo vinieran a presionar, sacarlo para que buchoneara y seguramente se armó una discusión sobre qué era lo mejor, porque es posible que, como siempre, ocurrieran todos los extremos. Desde aquel que no quisiera compartir nada con un traidor y que se lo expulsara del pabellón, que se lo dejara correr su suerte, hasta los más sensatos de protegerlo. Recordemos que hubo casos, siempre puntuales y no necesariamente justos, que se procedió a la ejecución del traidor (no en la cárcel), en esta y en todas la revoluciones o revueltas de la historia. El traidor es, para el Dante el último círculo del infierno, el que no tiene salvación. No era para tanto en este caso, un muchachito como tantos, con las convicciones pegadas recientemente con alfileres débiles, con ganas, con entusiasmo, imbuido del espíritu de la época, que no soportó el castigo, las rejas, en fin, uno ahora, se pone en ese lugar, lo analiza y habrá que ver quién se aguanta la faja de lana sin chistar.

Decidieron que quedaría en el pabellón, controlado y custodiado. No se lo dejaría salir del pabellón y por supuesto se lo apoyaría en el duro trance. Hasta ahí lo circunstancial.

Pero hubo un acontecimiento que dejó mucha tela para cortar. Una semana después fue a visitarlo el padre (amigo del mío) y por supuesto que se le comunicó la situación del hijo. De lo que surgió de esa reunión quedó una frase que se guarda en la memoria para siempre.

Dicen que el padre dijo:

Prefiero un hijo muerto que un hijo traidor.

No sé si acaso el hombre tenía alguna definición ideológica extrema, lo dudo, porque años después lo frecuenté y era un hombre simple, de trabajo, de pueblo, una persona sencilla. Tal vez el contexto le llevó a decir semejante definición que, para el caso no era necesaria, apena fue un resbalón, que cualquiera da en la vida. Aunque algunos todavía no le perdonen el desliz.



 

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