Testimonio Mega causa La Perla

TESTIMONIO

MEGACAUSA DE LA PERLA

 

1.     Debo apoyarme en un papel porque el miedo a hablar en público es algo que no he podido superar, pero no es el temor por estas personas que están aquí en el juicio. A ellas, parafraseando a un ilustre presidente que el pueblo lo tiene en la gloria, no les tengo miedo; precisamente porque y lo dijo el jefe de todos ellos: que con la venida de ese presidente las cosas para ellos empezaron a andarles mal. Pero convengamos que ese hombre solo fue el vocero de la historia que, tarde o temprano, echa luz de verdad y justicia.

2.     Fui detenido el 29 de mayo de 1975, junto a quien era mi esposa, Juana Julia Ormaechea, en mi domicilio de Pedro Echague 2936 en el Barrio San Fernando de la Ciudad de Córdoba en un procedimiento policial a cargo de la Seccional Cuarta y luego trasladado a Informaciones en el Cabildo. Los golpes y torturas las sufrí desde la entrada violenta a mi casa, la permanencia por algunas horas en la Seccional y durante los diez días que permanecí en Informaciones.  Aquí tengo la denuncia por apremios ilegales, comprobadas por el médico forense Toribio Aguerre el 4 de julio y remitida al juez del Juzgado Federal Nº 2, a cargo de Humberto Vázquez quien ordena el inmediato traslado al Buen Pastor de mi esposa y el mío a la Penitenciaría, denuncia que, a pesar de la comprobación con nombre y apellido, fue como palabra muerta.

3.     Fui acusado de Asociación Ilícita e infracción a la ley de seguridad, procesado, y luego de la apelación, sobreseído por la Cámara Federal y de manera definitiva por el Juez Federal y de manera simultánea, pasado a disposición del PEN, por un decreto 3317 del 10 de noviembre.  Se me niega hacer uso del derecho de opción. Ya estaba claro que el poder judicial se doblegaba o era obligado a doblegarse frente al plan macabro que preparaban las fuerzas oscuras del poder real, con ensayos macabros con la presencia de la triple A o el Comando Libertadores de América, con secuestros, desapariciones y muertes, donde el centro de detención de Informaciones había adquirido su fama de temeridad. Nos tocó permanecer en él durante diez días en lo que se podría decir fue un interregno más suave. Meses atrás habían muerto varios detenidos por la tortura y las denuncias caían sobre ellos. Se cuidaron un tiempo hasta que asumió meses después Telleidín y fue, si cabe el término, un entrenamiento previo, la entrada en calor al partido que a partir de marzo desatarían contra lo mejor de nuestra sociedad, sus dirigentes obreros, sociales, comunitarios, estudiantiles con las listas provistas por los dueños del poder real de la Argentina, instalando el centro de operaciones en el Tercer Cuerpo de Ejército.

4.     La situación en la cárcel a partir del 24 de marzo de 76 fue de incomunicación absoluta, bloqueo de ventanas, requisa de todos los elementos, golpizas cotidianas, mala alimentación.

5.     La incomunicación era tal, la incertidumbre completa, que mi madre dirigió una nota al Tercer Cuerpo del Ejército, al Gral. Vaquero, por intermedio de algún amigo en común, y tengo aquí la nota enviada legalizando mi paradero. Un testimonio concreto. Con sello oficial y firma, afirmando que todos estábamos bajo las órdenes del Tercer Cuerpo. Uno piensa en la tranquilidad de mis padres al leer la respuesta: “Lo siguen investigando”. Que sabrían ellos de que la justicia trabajaba de noche, que podrían buscarme para continuar las investigaciones y que, rumbo al palacio de justicia, intentaría fugarme y me matarían. Si los que estábamos de algún modo legalizados corríamos esa suerte, cuál fue la suerte de los miles que fueron a parar a los otros campos de exterminio, de los que pocos salieron.

6.     La presencia cotidiana de los militares en los pabellones comienza en abril. Tras la primera gran requisa, desnudos en el patio, a la noche, al volver al pabellón ocho, celda Nº 9, la última al fondo a la derecha, con las ventanas hacia el patio, nos encontramos que se habían llevado todo, solo una manta, un colchón y la ropa que teníamos puesta. En una requisa similar, un mes después, los que aguardábamos el turno de la brutalidad o después de ella, escuchamos un disparo que luego supimos fue la muerte del Paco Bauducco que estaba detenido en el pabellón 6, el de abajo. Imposibilitado de levantarse por los golpes recibidos, fue rematado por el cabo Pérez, del Ejército.

7.     Compartí el suplicio de las torturas de varios compañeros, de los que recuerdo que quedaron hemipléjicos, con secuelas, por la ferocidad de los golpes:  Fermín Rivera, Birt y Pablo Balustra. Pablito Balustra, paralítico, muerto por intentar fugarse durante esas: “continuándose las investigaciones” con que el General Vaquero le contesta a mi madre sobre mi situación, en septiembre de aquel fatídico año.

8.     Puedo recordar día a día, momento a momento, de cuando 29 fusilados de la Penitenciaría fueron sacados, algunos por haberlo presenciado, otros por enterarnos al instante o por las vías de comunicación por el lenguaje de manos, golpes de Código Morse en las paredes o confidencias de empleados o presos sociales.

9.     Ya en abril y mayo, fueron sacados varios compañeros y llevados con destino incierto. Estos traslados eran hechos por personal del Ejército, con un oficial a cargo, suboficiales y posiblemente algunos soldados. El personal penitenciario, al menos por lo que podíamos apreciar, solo se limitaba a abrir las celdas de los trasladados, llamarlos, esperar el procedimiento, todos similares, venda en los ojos, ataduras con cables o alambres de las muñecas a la espalda y traslado a golpes por los uniformados. El costado humano de cualquier guardiacárcel, frente a tamaña atrocidad es comprensible que haya caído en el pozo del miedo, del terror, y aun así, algunos supieron tener algún gesto de dignidad. Otros, ya se sabe, se sumaron al festín de los chacales. No puedo dar nombres, tal vez el recuerdo borroso del viejo Caminos. Sepan aquellos que tuvieron vestigios de dignidad que no están en nuestra memoria mezclados con los asesinos.

10.  Estando de fajina en el pabellón 8, haciendo la limpieza del pasillo, fue sacado René Mourkarzel por recibir elementos alimenticios desde los presos comunes. Por las vías de comunicación existentes en cualquier cárcel supimos que fue llevado al patio del pabellón de las mujeres, estaqueado y muerto por golpes, mientras le tiraban agua helada en el día tal vez más frío de ese invierno. Una detención, una pausa, para honrar su memoria, a la grandeza del Turco, del querido Canoa, médico solidario.

11.  Quiero relatar, mejor sería decir, mostrar un puñado de fotografías indelebles, hechos que quedaron grabados sin mella del tiempo y que me retornan a los ojos y me recorren todo el cuerpo como si estuvieran ocurriendo ahora mismo. Son de distintas especies, las más trágicas, cargadas con sentimientos humanos plenos, otras aleccionadoras, otras alegres. Basta mirar cualquiera de ellas para reflexionar, sacudirse la pesadumbre de las cuestiones cotidianas y honrar la vida. Haberlas vivido es paradójicamente, un agradecimiento. No solo no pudieron destruirme sino me dotaron de herramientas que son mi pan cotidiano.

12.   En uno de los tantos procedimientos, de nuestro pabellón, se llevaron a dos de los hermanos De Breuil, Eduardo y Gustavo, junto a Higinio Toranzo y Miguel Hugo Vaca Narvaja. De ese procedimiento, retornó uno de los hermanos De Breuil, Eduardo, con la orden de contar celda por celda el destino que nos tenían asignado los militares. El presenció la muerte por fusilamiento de su hermano. El retornado de la muerte, no puedo asegurarlo, pero creo que estaba en la celda vecina a la mía, cumplió, si cabe el término, con la orden de los asesinos de su hermano, y lo puedo ver, en el pasillo, junto a la mirilla de nuestra celda, contándonos. Me corre un escalofrío de solo intentar ponerme en el lugar del sobreviviente.

13.  Compartí la celda con Ricardo Tramontini. Una noche de agosto, bien de madrugada, lo vinieron a buscar. El celador lo llamó. Afuera, en el pasillo del pabellón lo esperaba la patota de militares. Ricardo exclamó una puteada, nos fue saludando uno a uno en nuestras camas, desoyendo la orden de apurarse de los militares y se lo llevaron, amordazado e indefenso para luego aparecer como uno de los muertos en cualquier enfrentamiento en la ciudad. Ya lo habían amenazado con que lo vendrían a buscar ese día. La esperanza, aun cuando nos habían prometido la muerte a todos, uno a uno, tal vez nos llevó a tranquilizar al Larguirucho, a decirle que era una más de las tantas amenazas con que querían aterrorizarnos, destruirnos moralmente. Ese día, Ricardo estuvo como ausente. Cada cual le alimentaba serenidad, aliento. Ninguno nos atrevíamos a que nos cantara Barco Quieto con su dulce voz. Cuando llegó la noche, un suspiro de alivio hubo en la celda. Ahí lo veo, en el último camastro contra la pared que da al patio. Yo estoy en una cama casi al frente de él, junto a la pared que da al pasillo del pabellón. Y nos habremos querido dormir en silencio, que pasara la noche, que no pasara nada. Viste, Ricardo, no pasó nada. Sí, nada había pasado, hasta que cerca de la medianoche, o después, (a la noche actúan los chacales), lo vinieron a buscar. Nunca nadie tocará más el violonchelo ni cantará Barco Quieto como él. “Quédate, no te vayas, que ya estamos de vuelta de todo, nuestra casa es nuestro modo, de ser”.

14.  Compartí la celda, con Carlos Sgandurra. Compartí esos meses de campo de exterminio en lo que fue convertida la Penitenciaría de San Martín. Y si hay algo que me acompaña como un hecho recurrente, como una eterna pesadilla, como el hecho más horroroso al que asistí en mi vida, al que puedo relatárselo como si en este momento estuviera ocurriendo, es la atrocidad con que se descargaron sobre ese cuerpo indefenso. En una de las habituales palizas a las que nos vimos sometidos en el pasillo del pabellón, un oficial, luego de introducirnos en la celda, se enfrascó con el cuerpo de Carlos Sgandurra, tirado en el piso, desnudo, junto a la puerta de entrada de la celda. Con su sable bayoneta, con el filo de su cuchillo, fue tajeando la espalda del indefenso, mientras la sangre acudía, lo bañada y nosotros asistíamos al terrible espectáculo. Lo único que se oyó, de la voz de Sgandurra, fue una letanía de dolor pronunciando una única palabra: “Infames, infames”. Se ensañaron con él, lo dejaron literalmente cuadriculado en flujos de sangre, casi agónico. Cuando la patota patriótica se retiró, cuando el silencio nos avisó que ya se habían ido, a sus cuarteles, tímidamente llamamos al celador, quien, en un gesto de inconsciencia, de terror, de solidaridad, vaya uno a saber qué, lo condujo a enfermería. Supimos en los días siguientes que Carlos estaba ahí, curándose de sus heridas, y le habrán llegado nuestras voces de aliento. No puedo precisar cuántos días pasaron, diez, quince, no sé.  Una tarde, Carlos volvió a la celda, cicatrizándose sus heridas, aterrado, destruido. Lo alentamos esa tarde, le dijimos que lo peor ya había pasado, pero él renegaba de nuestro aliento. Tal vez le dimos a fumar el único cigarrillo existente, tal vez lo protegimos con nuestra palabra, pero él sabía que estaba condenado. Esa misma noche, o a la tarde, (siempre es noche en los recuerdos de nuestros fusilados), el mismo oficial que lo destruyó, u otro, (eran todos iguales), lo vino a buscar: vendó sus ojos en el pasillo, ató sus manos y se lo llevó con él a la muerte.

15.  En mi celda también estaba Federico Bazán, director de la escuela cine de la Universidad de Córdoba, el que fue sacado una noche junto a dos presos de otras celdas, traslados de los que sabíamos nunca se regresaba. Pero a Federico lo retornaron. Aterrado, sin poder explicarse por qué aún vivía; soportó el tiempo esperando a que volvieran por él. Pero, entretanto, la veintena de presos que compartíamos esa celda pudimos disfrutar noche a noche de los relatos de las películas que nos contaba cuando se hacía el silencio, entre tropel y tropel de botas asesinas. Tuvo suerte Federico, aunque fue trasladado como rehén varias veces y, al final, pudo salir del país.

16.   Mientras estuvimos en el Campo de exterminio de la Penitenciaría, la sensación diaria era que nuestras horas estaban contadas, que, en cualquier momento, una provocación culminaba en un baño de sangre total. Esa sensación es la que me recorría día a día mientras estuve en la Penitenciaría, entre marzo y septiembre del 76. Seis meses, lapso que pone un antes y después en mi vida. Uno recuerda el poema de Brecht sobre a quienes venían a buscar. Sí, algunos tenían causas más pesadas, eran de militancia conocida, y uno esperaba que serían a ellos a los que primeros llevarían. Pero esa falsa ilusión, esa creencia en un vestigio de racionalidad, se hizo trizas cuando se lo llevaron a Claudito Zorrilla, estudiante de arquitectura, con otros jóvenes, casi adolescentes, como para dar una señal de la peligrosidad de la juventud. Todos lo éramos, pero algunos más, casi niños. Claudito, contrario a la violencia armada, un pacifista, un reformista si cabe el término. Y ahí se nos acabó la certeza de que a mí no. Y a cada provocación, a cada humillación, a cada violación de la persona, contestamos con gritos de dolor y con silencio. Quedábamos tendidos en el piso, luego de los garrotes, puñetazos, patadas y corridas, pensando que alguno no se levantaría más. Ese horror estuvo infinitamente compensado con la solidaridad sin límites que aflora en el hombre sometido a esas bajezas. Qué pensarían ellos, qué nos harían si hubieran sabido que apenas el inconfundible sonido del cierre de las rejas del pabellón nos avisaba que ya no volverían. Por ahora, solo por ahora, y nos mirábamos, nos cobijábamos, empezábamos con una risita nerviosa, que se hacía risa, gracia, aparecía un cigarrillo para compartir, un libro para leer, continuábamos la charla, el estudio, la fajina solidaria, porque la alegría siempre, siempre triunfa. No podían destruirnos. Solo podían matarnos.

17.  Imposible olvidar la escena de un oficial, pistola en mano, gatillando, apuntándonos, saltando desaforado arriba de una de las camas, amenazándonos con matarnos a todos, obligándonos a obedecer sus órdenes, de cantos, de insultos, de: ¡Viva el Ejército Argentino, muera el comunismo! mientras nos arengaba sobre su ejército patriota. ¿Quién era ese oficial joven, rubio, atlético? Por algún sobrenombre, por su presencia frecuente, por ser los que siempre estaban cuando las palizas eran mayores, supimos que le decían Nabo, pero el ensañamiento con que nos trataba demostraba un grado de placer, de un desenfreno total de lo peor de la condición humana. A ese oficialito que seguramente será alguno de los que están ahí sentados, puedo decirle que no me movió ni un ápice de mi meridiano de vida, que aún me duelen los golpes y las muertes, pero son las caricias de los míos y el sol de cada día quienes guían mis pasos. Pobre infeliz, partícipe del genocidio e instrumento de los que, sin calzar armas, tienen aún las manos teñidas de sangre, temerosos que los gloriosos patriotas que están aquí, recibiendo un trato justiciero, algún día confiesen sus crímenes y los involucren, embardunen a sus mandantes.

18.  La vida y la muerte habían perdido sus distancias. Solo pude volver a tener la sensación de que la vida continuaba cuando fuimos trasladados a Sierra Chica.  Es una anécdota que se transforma en un hecho vital en mi vida. Una alegría inconmensurable. Podría relatarla con detalles. Quién diría. Pero fue desde ese día y por mucho tiempo más que ni siquiera se impuso el ansia de libertad. Estaba vivo, había sobrevivido a la barbarie: la esperanza cierta de seguir viviendo.  Ese momento fue de felicidad. Y el otro momento, varios años después, caminando junto a la verja perimetral de la cárcel de la Plata rumbo al abrazo con los familiares: la reconquista de la libertad. Habíamos sobrevivido.

19.  Y cómo no dar gracias por haber sobrevivido. Ya preso en el 76, una patota militar fue a buscarme a la misma casa donde había sido detenido un año atrás. Nunca lo supe, tampoco he querido o he tenido fuerza para corroborarlo. Tal vez he querido dejarlo en la ficción, algo que pudo ser resultado de una pesadilla. Pero hay una anécdota significativa. Sería el año 1983, en mi vuelta transitoria a Córdoba, entro a una verdulería o almacén y me encuentro con una mujer que al verme exclama: “—¿¡Sos vos, Rubén!?Sí, claro, soy yo. —¿Pero, cómo? si vos estabas muerto, si te leí en el diario que apareciste muerto en un enfrentamiento en una esquina de Córdoba. Me conocía bien, no estaba equivocando nombres. Tal vez tuvieron la intención esa misma noche que fueron a buscarme a mi casa para “continuar las investigaciones” del Segundo Jefe Vaquero, de matarme ahí nomás, tal vez alguien cambió los nombres. Será por eso que quienes pudimos seguir viviendo, por puro azar, por caprichos del destino, por incongruencias de los dueños de la vida, no por merecimiento, sentimos que en nosotros siguen viviendo cada uno de los compañeros muertos y no nos queda otra posibilidad que honrar la vida.

20.  Las secuelas de la cárcel son varias, perceptibles y ocultas. He aprendido a convivir con ellas. Y agradezco la contención que tuve de mis padres y de mis cinco hermanos con quienes hemos afianzado lazos indestructibles. La cárcel lo pudo. Y debo agradecer a Mirta, mi mujer con quien hace casi 30 años convivimos, por su infinita paciencia, su tolerancia y comprensión, el respeto por mis silencios y mis miedos, por el amor intacto, su compañía incondicional. Y debo, además, agradecer al grupo de contención emocional, impulsado por el servicio de Salud Mental del hospital de Río Cuarto, integrado por dos profesionales y varios ex presos políticos, grupo en el que hemos podido compartir temas silenciados, adquirir una identidad y saber que no se está solo con sus fantasmas. Sin esos apoyos, tal vez hoy no estaría aquí. Esas secuelas, psíquicas, emotivas, de rupturas de proyectos y algunos afectos no me han impedido continuar una vida casi normal, agradecido de poder contarla, de estar aquí para testimoniar sobre el horror padecido, sabiendo que nuestra vida o nuestra muerte era una decisión absoluta de los dictadores. Sí, uno siempre fue consciente de ser un sobreviviente. De tener la vida de prestado. Y es muy grande la responsabilidad de continuar la vida llevando tantos muertos adentro de uno.  En el fondo, uno se siente orgulloso por haber pasado esa prueba y haber salido airoso: poder mirar a los ojos y saber que la integridad quedó a resguardo.

21.  Entretanto, la justicia, no la oscura y siniestra, ha ido poniendo blanco sobre negro, hemos ido dejando atrás el miedo y el silencio. Estos hechos tienen casi cuarenta años y, como se ve, no se han olvidado, no pueden olvidarse. Debo decir que este tribunal es una muestra cabal de que los argentinos vamos ya por el inexorable camino de la memoria, la verdad y la justicia.

 Por último, quiero dejar como cierre de mi testimonio, un poema que resume el ánimo con el que estoy aquí:

No he mudado de casa

He cambiado el color de la camisa

Y del vino

Hasta he cambiado de mujer

Y de barrio

Pero no he mudado de casa.

Bombardearon su techo

Aflojaron los cimientos

Quisieron clausurar puertas

Y tacharon paredes

Con blasfemias

Y no he mudado de casa.

Dormí en sueños de auroras prometidas

Bebí el discurso del agua entre los dedos

Comí el pan amasado con sudores extraños

Pero no mudé de casa.

 

 

 

 

 

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