Aburrimiento eterno

 

Si se trata de pedir, pedimos lo máximo, y nos ofrecen treinta años hacia adelante, que demos un salto ecuestre y caigamos allá por el dos mil cincuenta, una cifra redonda para un número redondo. Por supuesto que muchos de los que nacimos bajo esas mismas lunas y esa cuadratura de planetas ya no estaremos, ya no estarán, claro, todavía no se nos ofrece un número así de años, y la historia de Matusalén es para engatusar a incautos. Con todo, podemos dar ese salto y ubicarnos dentro de treinta años, que es casi lo mismo que ubicarnos en el verano del veintidós y mejor ni aproximarnos a la primavera del veintitrés, que se salva solo porque es mi número mágico, y seguro que el veintitrés lo corono en pleno, rojo intenso, frente al negro que siempre tiene escondido un cuchillo entre las faldas. Qué será que seremos transitando este mundo que perdió hace rato su bipolaridad y por supuesto, mucho antes la multipolaridad, es el reino del sálvese quien pueda, y quien pudo o no podrá serán los que ya sabemos tuvieron atada la vaca desde tiempos inmemoriales. Podríamos jugar un rato, imaginarnos sorbiendo un helado debajo de la escafandra, haciendo el amor a distancia, bueno, desde siempre hemos amado a la distancia, pero ahora que no podemos ni tocarnos, ni saber cuál es el roce de la piel, menos mal que están los simuladores, dicen que son infalibles, pero me ha tocado cada bodrio en esto de rozar las pieles que termino por desconfiar, que es seguro que aún persiste el bien para pocos, más allá de que se han caído las fronteras, que se decretó la clausura de las clases y que las diferencias son de forma y no de fondo, que al fin y al cabo como humanidad nos hemos encontrado y festejamos porque zafamos de las obligaciones de lo ético y lo moral, esas dos variantes que nos condicionaban, que nos impedían hacer lo que realmente se nos cantaran las ganas. Pero convengamos que lo que hace treinta años parecía imposible hoy es una realidad; podemos seguir viviendo en la medida que tengamos ganas, que hay un programa regenerativo hasta un límite, no creamos que podremos hacer lo que nos venga en ganas, no; una cosa es la ciencia y otra la fantasía. Ubicado en mi centuria, me río de los que huelen desde un programa. Qué saben del olor del jazmín de la vecina, qué de la madreselva, y cómo se huele ese lechón al horno que nos comimos una madrugada de cuarenta años atrás, antes de que todo comenzara a derrumbarse.
Ha transcurrido una eternidad, ya he perdido la cuenta, no hay manera de medirlo con la vara con que solía medir cuando el tiempo era una variable al menos manejable. Decíamos ayer y era pasado, y decíamos mañana y nos parecía que se abría un caleidoscopio de expectativas. Ahora no sabemos, no sé qué es el tiempo, si acaso existe eso, si podemos decir centuria y nos dijeron que al fin y al cabo estábamos llamados para la eternidad, y se despertaron los dioses o las energías de las cosas y nos otorgaron ese don que suena más a un suplicio inacabable.

Todos los días, si existe eso que es un día, tenemos idénticas acciones, es un girar alocado en un círculo vicioso, el otro gira en el suyo y así andamos, y nadie nos dice si esto alguna vez parará o continuará hasta que a alguien se le ocurra una nueva idea genial, porque esto que nos ocurre, estar acá, es lo que uno se imaginaba cuando vivía en la época de las estaciones, de los tiempos y de los espacios mutables, nos imaginábamos cómo sería estar dentro de nuestro ataúd pues en la última reunión de todos los líderes del mundo, se convino en eso, que el alma es eterna, tomaron lo que muchos filósofos desde los orígenes de la historia habían vaticinado desde su mero pensar y lo pusieron en el laboratorio y resultó que era así, que el alma es inmortal, que asiste a la degradación sin prisa y sin pausa del cuerpo que la contuvo. Después vinieron las disputas inconciliables si acaso las almas migran, si van a parar a otros seres, a animales, a plantas, a cosas, y así hicieron un pacto de no agresión, dejaron el libre albedrío reducido a eso, que cada cual pudiera pensar en su transmigración, sea pájaro o gallareta. Era eso nomás con la diferencia que nada se mueve, que nada transcurre, que quisiéramos que hubiera un cambio de punto de vista, un soplo en la oreja, una visión fantástica, pero ya nos dijeron que hasta que vuelva a reunirse el consorcio mundial deberemos permanecer en este espacio carente de emociones. La verdad, es muy aburrida la eternidad.

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