Querido Flaco:
Esa mañana
cuando cerraba la tranquera del campo y renegaba como siempre con el candado
gigante de llave extraña, por la radio del auto me llegó la noticia de tu
muerte. Fue una puñalada cruel, desprevenida. Era una mañana luminosa de
primavera. No recuerdo bien si solté un insulto o la conmoción me paralizó.
Tampoco me acuerdo cómo fue que recorrí los veinte kilómetros que me separaban
de mi casa. Sí debo haber ido escuchando los pormenores de la fatalidad, las
voces dolidas, los pésames falsos, de rigor, imaginaba cuántos estarían
festejando, y maldecía mi desidia. Después supe que eso se llamaba
procrastinación, pero de poco me sirvió saber que es un mal que aqueja a
tantos, no me ayudó para sacarme la espina que quedaría clavada hasta la
eternidad porque no tuve el coraje, la valentía de acercarme a vos y pedirte
disculpas. Sí, Flaco, no creía en vos, de entrada, me pareciste uno más que
venía a enroscarnos la víbora, ya sabés, era un tiempo de descreimiento total,
muy mal se habían hecho las cosas como para confiar en nadie. Me da vergüenza,
flaco, cómo te defenestré, cuántos epítetos puse al lado de tu nombre y qué
necedad, cómo podía seguir negando lo evidente, cómo no fui capaz de ver en tus
gestos definitivos que venías para otra cosa.
Sí, claro, después fue fácil enamorarme de vos, fuimos tantos que pasé
desapercibido. Fue un día, claro que lo recuerdo, claro que lo recuerdan los
que te quieren para siempre, un día inolvidable, vos y yo sabemos qué día fue,
que me dije: basta ya, imbécil, tenés que conciliarte con ese hombre, tenés que
acercarle un pedido de disculpas, de arrepentimiento, más allá de que la mejor
manera de hacerlo es levantar su nombre, seguir su ejemplo, qué sé yo, pero
tenía que llegarme hasta vos y decírtelo de una, así, pero te fuiste, te me
fuiste y me quedé con todo atragantado. Ahora es tarde. Encima no creo en el más
allá, así que ni siquiera tengo ese consuelo. Dicen que escribirlo ya es parte
de la sanación, no sé. Solo puedo decirte que mientras escribo me estremezco,
cómo puede ser que te hayas ido así, claro, nadie tiene la vida comprada, y
menos la de aquellos que como vos nos dieron todo, nos dejaron todo. Ahora solo
es de nuestra parte hacernos cargo, pero ya
ves, qué sé yo si lo ves, viniste a plantar una bandera y en eso estamos,
flaco, es lo único que puedo decirte; me consuela creer que si te hubiera visto
y te hubiera pedido perdón, vos me hubieras tomado del hombro y me contarías lo
lindo que está quedando la casa, de cómo
resolverías esto o aquello y yo me dejaría ir con tus sueños, porque es eso lo
que nos viniste a traer, a soplar el aire putrefacto de la desesperanza, a
proponernos un sueño y yo andaba cazando pajaritos rojos, infecto de historias mal contadas,
disculpame, flaco, quisiera creer que me estás escuchando, que te estás riendo
de esta pavada, pero no me queda otra, te lo digo, me ganaste, y yo que me
creía saberlas a todas. No te lo pude decir, tampoco tengo la certeza de que no
te diste cuenta de cómo enmendé mi error de apreciación, para ser discreto con
las palabras. De todos modos, querido flaco, me sigue estremeciendo tu
recuerdo.

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