Salimos a la terraza, desde
aquí fijamos la vista en cualquier punto del horizonte. A lo lejos, un camino
que lleva y trae mercaderías y personas; del otro lado nos viene la idea del
hidrógeno verde, una nueva invención que aspira a salvarnos. Detrás del pueblo,
un poco sobresaliendo las últimas estribaciones de los Comechingones se ve en
su constante girar las aspas de los gigantes molinos de viento, le dicen ahora
aireadores, máquinas infernales eólicas,
basta con acercarse a ellas, meterse debajo de su estructura para sentirse
pequeño, nada, cómo es que de lejos parecen un juguetito que gira y gira, que
genera luz apenas eso, pero son unos monstruos grandes que pisan fuerte sobre
las serranías, degluten el viento, lo fagocitan, lo transforman en energía que
se va hacia las arcas de los pocos, sí, tan es así que el pueblo vive a oscuras
dos por tres, un viento fuerte, vaya paradoja, tira los postes de pino que
sostienen los cables que traen la electricidad de un pueblo vecino y uno se
pregunta cómo es posible, por qué la avaricia de esta compañía sea tal que no
deje ni un chorrito para acá, una
canillita abierta de luz para iluminarnos la vida. Sí, ya sé, no es un tema de
redacción de colegio, ni menos de ficción, porque la ficción está en el vuelo
de esas golondrinas que ya en noviembre inician su estadía por acá, estas son
las adelantadas, las que vuelven a contratar árboles y barrancos para parir sus crías, ya vienen y tiemblan los
insectos depredadores, porque ellas comerán toneladas y toneladas de bichos y
semillitas, y serán germinadoras, eso, fructificarán, polinizarán por acá y por
allá, y me quedo absorto en el azul del lago, podemos hacernos los agrandados,
podemos hablar del gran espejo de agua, un espejo límpido no roto aún por las
construcciones humanas porque la bonhomía del habitante de acá no tienen ganas
de ser inundados por las troupe de gentes de turismos, esos que dejan latitas
tiradas por todas partes, pero no, ya vendrán los emprendedores, los
inmobiliarios, los hacedores y se llevarán puesta la virginidad y harán un
vergel económico con postales de aire puro y disfrute de la naturaleza.
Es envidiable la vista, siempre
igual, siempre distinta. Basta clavar los ojos en aquel punto verde, con
algunos brillos que enceguecen, bordeado de gusanos blancos que acaparan el
fruto mal distribuido de la tierra, y correrse en un salto visual y temporal
hasta la infancia, con la honda al cuello, la caña de pescar, el caballo
montado en pelo, perdiéndonos por las hondonadas de las sierras bajas, a la
búsqueda de las canteras de mármol abandonadas donde los caracoles trepan como
expertos equilibristas de la vida. Y ese camino de tierra apisonada en meandros
que se pierden entre los árboles, esos caminos de películas, de sueños, ante
nuestros ojos, se ve una sombra que anda por ahí.
Es que podríamos continuar con
cada casa, con su estilo distintivo, la casa del músico loco que aún no pudo
colocarle las ventanas, el mirador del pintor de acuarelas de paisajes, el
farsante que se refugia detrás del pinar, y el pobre albañil que apenas si pudo
levantar una pieza hace veinte años y ahí quedó, porque un albañil construye
para otros y su casa será siempre una promesa incumplida.
Que hasta ayer nomás la niebla
espesa desdibujó el paisaje, apenas los techos de las casas vecinas, los pinos
cercanos, los cables de la luz. Nada. Anoche era un cielo de estrellas
anticipando la mañana luminosa, pero a las seis de la mañana la niebla otra vez
como un ladrón de colores, se apropió de todo, hasta del ánimo. No dan ganas de
enfrentar el día en estas condiciones, no. Y, sin embargo, ahora que ya estamos
pisando las nueve de la mañana, se abrió el cielo, el azul se impuso y entonces
sí, me paro en la terraza de la casa, y miro, qué miro, sino a ellos los cerros
primorosos, ellos son los habitantes originarios del lugar, ellos hablan de un
antes y un después, de un delante y un atrás.
Se hace fuerte el sol. Enciende
los verdes. Se aposenta sobre las hojas de las múltiples especies que mantienen
el sano pulmón de las serranías. Los rayos chocan contra las chapas de cinc de
los techos dispersos, brilla a lo lejos en el constante andar del tránsito
entre las provincias. Claro que sí, las lluvias tenues del octubre limpiaron el
aire, entonces uno se atreve a decir que no hay un verde, que su paleta es
múltiple, es la oscura espada solitaria del pino que sobrevivió al rayo cruel
que mató a su compañero, es el álamo plateado que encontró una grieta en la
piedra y desde su raquítico brote creció y ahora mira a sus congéneres y
aledaños desde la altura de sus ramas que cobijan casas de horneros y nidos de
calandrias. Un ceibo con rémoras de flores avanza hacia lo alto, amenaza con
impedirme la contemplación de los cerros gemelos: pechos de adolescente,
suavidad de tiempos primeros. Deberé acudir a la crueldad, cercenar su
hidalguía, no dejar que se expanda, tenerlo a raya, que dé sombra, que su copa
se abra y cobije una tropilla de sueños.
Rompe el manto verde el rojo
furioso del grateau, el amarillo hiriente de las retamas silvestres que como
plaga se apropia de las umbrías y remeda al sol. Lejos, allá lejos, detrás de
una hondonada se ven los retazos del sembradío. Serán girasoles, sobrevivientes
a la soja voraz, infecta, desalmada. Se le ha puesto tope a su expansión, no
llegará hasta aquí, con sus fluidos mortales, que ha matado mariposas, apenas
algunas vuelan confundidas en su soledad, sí, de a poco, implacable avanzó el
glifosato, sube con el calor y baja con la lluvia, cae sobre nosotros, mata lo
que vive entre las ramas, en la tierra, en el aire, mientras por allá, por
Escocia, se delibera acerca del futuro incierto de los que vendrán. Cómo
nombrarlos con sus nombres de pila, a los originarios y a los implantados. Ahí
están los chañares, sauces y jacarandás, los espinillos y los talas,
algarrobos, acacias y piquillines, los exóticos pinos, los olmos expansivos, el
álamo plateado que reparte hijuelos a mansalva, los siempre verde que dan
sombras, la serena araucaria que tiene un par de abuelos o tatarabuelos en el
pueblo.
La pandemia nos trajo acá, un
lugar de descanso, de solar, ahora es de seguridad, de refugio, de disfrute
pleno de las estaciones. En los últimos meses han llegado moradores estables,
hay perros dando vueltas por los alrededores, hay niños que sueltan sus
bicicletas en las bajadas, hay cabañas temporarias que se han transformado en
hogares. Nada alcanza para describir el paisaje, porque hay un plano dominante
en el entorno, basta con que uno los vea, como un rezo, como un rito diario,
basta con verlos, saber que ellos están, que los dos cerros bajos, con su
nombre incorporado cobijan el paisaje de este lado, donde se extiende el
pueblo, guarda su lago, abre las puertas para acceder a otra provincia, pero
sobre todo testimonian al niño que fuimos. Ellos, su sola presencia, despiertan
todos los recuerdos, los sueños, las aventuras, en su cuerpo supimos encontrar
valiosos objetos, imaginamos la presencia de nuestros antepasados, descubrimos
huellas fantásticas, así era, la escritura propuesta, un mero trasegar lo que
se ve y lo hago desde acá, desde la memoria, que al atardecer serán otros los
colores y las formas que nos abracen, con el sol muriéndose a mis espaldas.

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