Me dan ganas de meter en dedo
detrás del globo terráqueo, solo para ponerme de punta con los terraplanistas. Qué
se han creído estos tipos, que todavía estamos sostenidos en el mundo por un
par de mastodontes mitológicos, ¿o eran elefantes?, que más allá del horizonte
viene el vacío, que todo es plano como es plana la mente de los que quieren
reducirnos a eso, a nada. Entonces busco el globo terráqueo, no lo tengo más,
es un instrumento que desapareció cuando llegó la computadora; ya no está más,
ese era el adorno símbolo de la educación, el maestro en su escritorio con el
globo terráqueo para enseñarnos el mundo, para decirnos lo que hay más allá de
nuestras narices, contarnos de la historia, de las culturas, de las guerras y
entredichos. Todo eso ahora se perdió y cada cual se rasca como puede porque
las guerras repartieron continentes y partieron países y cada cual escribió la
geografía como su perspectiva de vida le dictaminara.
Hago un esfuerzo de imaginación,
subo a la tarima del aula, le pido permiso a la seño para tocar el globo
terráqueo y me salen dos impulsos, dos opciones: o lo hago girar como una
calesita y, con los ojos cerrados, dejo que el dedo caiga en cualquier lugar,
detengo la bola en la ruleta en un punto y ahí me sumerjo, o hago lo que tengo
ganas de hacer desde siempre, irme al culo del mundo, tocarle el culo al mundo
y, hasta que se demuestre lo contrario, el culo siempre está detrás. Entonces,
subo despacio a la tarima, pido el permiso correspondiente, espero que se haga
silencio en el aula, sostengo el globo desde el polo norte (recordemos que
siempre el norte está arriba, que el sur existe, pero siempre abajo, ¡qué es
eso de poner el mundo patas arriba como pedía un uruguayo, un tal Eduardo!), Para
evitarme una reprimenda de la seño y la burla de los compañeros, que no se me
venga el mundo abajo, sostengo el globo desde el polo helado, llevo la mano
hasta tocarle el trasero y dejo que el dedo tome contacto con el frío lado
oscuro de la luna, giro, sin que el dedo se mueva un instante y me encuentro en
una isla pequeña, con forma de caimán, aparezco de pie en una playa, con la
ropa mojada y se me viene una mulata con el pelo recogido, unos pechos como
globos terráqueos y me interpela: oye, chico, cómo es que has llegado acá, ven,
ven, toma, caliéntate y cuéntame, que si andas desorientao y sin saber te
contaré una historia linda, una historia para que te pongas bonito y otra vez
vuelvas a creer en que al fin y al cabo los seres humanos nos vamos a salvar,
ven, me dijo la mulata y me empezó a contar una bella historia, una historia
que hablaba de derechos, de igualdades, de solidaridades, me contagió su
entusiasmo inagotable, su risa franca, su desparpajo y entonces me dije que el
culo del mundo no es ese lugar prohibido, esa metralla de palabras crueles, que
está al alcance de la mano, cuestión de soñar un poco, de creer que es posible
alcanzar otros horizontes en la vida. Eso lo dije en voz alta, con los ojos
cerrados y hubo un silencio. La maestra me tomó el dedo, me dijo que está bien,
que para eso uno se educa, para saber, para conocer por propio impulso, y dijo
otras cosas que mejor no cuento porque no quiero comprometerla. Me fui al banco
de la tercera fila y sentí que la Mariela me miraba como nunca nadie había puesto
los ojos en mí.

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