El corral del
campo del tío Juan tendría cien metros de largo por ochenta de ancho. Está como
una postal imperecedera grabada en mis ojos y puedo describirlo con lujo de
detalles. Estoy seguro de no inventar nada. Partamos de dos elementos centrales
del corral. El poste del medio, para manear, enlazar, atar, el palenque,
seguramente de quebracho o algarrobo, de metro y medio de alto y un diámetro de
veinte centímetros, por lo menos. También palo para que se rasquen las vacas y
los caballos, que no palenque o juez para rascarse.
Y el otro
elemento que se nos viene es el fatídico espinillo en el rincón noroeste del
corral. El adjetivo es significativo y merece un tratamiento especial el famoso
espinillo. Por ahora, en él perdió un ojo Miguel, al levantarse tras ordeñar
una vaca y clavarse una espina.
Ese corral era
el de la leche al pie de la vaca; de botas, alpargatas o zapatillas llenas de
barro y bosta, de pisadas vacunas; de balidos y gritos a la mañana, apenas
salido el sol, dejando entrar a las vacas desde los lotes del norte acudiendo
al llamado de los terneros encerrados en el corralito al costado del corral,
hacia el suroeste, al lado del tanque australiano.
Al corral se
accedía por varias tranqueras. Desde el norte,
por una de postes y alambres hacia la izquierda, en el rincón del
noroeste que conducía, entre alambrados, al antiguo camino hacia las Lajas,
justo al lado de la gran barranca que con otras más o menos del tamaño,
cortaron el acceso y se lo abandonó como llegada a ese arroyo con dique, pileta
y espacios recreativos. Por esa
tranquera y cruzando el camino abandonado, en sesgo por el campo se iba y venía
a la casa de la Ñata y su tropel de mujeres.
Un senderito hondo de tanto andarlo la Ñata con sus hijas yendo y
viniendo del ordeñe y el tambo.
Por el frente,
a la izquierda, estaba la tranquera por donde entraba la jardinera para cargar
los tachos de leche. Los tachos estaban en el lado sur del corral, en una
estructura de caños y madera; dos o tres tachos grandes donde se vaciaban los
tachos chicos del ordeñe individual, leche que pasaba por un cedazo blanco para
colar las basuras.
Los bebederos
se ubicaban en el lado sur, cerca del molino, orientados hacia el centro del
corral. Dos largos bebederos, siempre con agua, mariposas amarillas y blancas y
abejas y moscardones. Hacia el oeste del corral lucía un cuadro siempre
sembrado de alfalfa. Y junto a la alambrada de ese cuadro, Juancito tenía el
colmenar.
El olor del
corral es imperecedero, inigualable, inolvidable. No hay otro olor igual. Por
la labor del ordeñe, el vaso de leche espumoso después de soltar el ternero y
volver a atarlo, cuando se la engaña a la madre y larga la supuesta reserva
para su cría, esa leche, ese sabor, nunca más fue experimentado. A veces, con
reminiscencias de sabores, alguna leche de estas pasteurizadas nos lleva a
aquella, apenas como para despertar el recuerdo.
Desde la
salida del sol hasta acabar con la última vaca, unas veinte o treinta, dependía
de la época y los balidos y mugidos, la risa y gritos de la Ñata y las
ordeñadoras, el Coquín dando vueltas por ahí, buscando maneas o trayendo alguna
vaca chúcara, el lazo para las más rebeldes hasta manearle las patas traseras,
largarle la cría desde el corralito, dejar que se prenda a las tetas y ahí
nomás, acollararlo con una manea más corta a las patas delanteras de la madre e
iniciar el ordeñe manual, a dos manos, chorros blancos, humeantes en invierno,
espumosos, con la habilidad de esas mujeres dispuestas a todo generando una
música más estridente cuando el tarro debajo del animal estaba vacío y
amenguando los sonidos a medida que ese balde, tarro o fuentón se iba llenando
para vaciarlo en los tachos grandes e iniciar el recorrido con otra y otra más,
hasta acabar. Después vendría la elección del caballo para la jardinera, la
disposición para salir hasta el pueblo con el reparto, la lista preparada por
la tía Ana para traer del pueblo: verduras, pan, carne, cosas para la
limpieza y las infaltables zanganorias,
y al atardecer, sería el Coquín con los perros, con el Corbartita y el
Guardián, y alguna de las chicas y nosotros a traer los terneros hasta el
corral, encerrarlos en su corralito, dejar que las vacas sigan pastando en el
lote vecino, total, apenas el sol apareciera ellas mismas se agolparían en la
tranquera, que les abrieran el corral ansiosas y nerviosas por los llamados
lastimeros de sus crías también arremolinadas en la puertita de chapa que
cerraba el corralito.
Ahí también se hacían las capadas, pero era en otra época, en otoño o invierno, también ahí se hacían las selecciones para vender las vacas viejas, o los caballos ya chuncanos. Ahí estaban, al costado, los bretes por donde se las enfilaban y se las llevaban. El corral era el punto central del movimiento del campo. Ese olor a bosta fresca, a barro resbaladizo, a música de tarros y balidos. En ese aire de mañanas, el aroma de los cuerpos, el sabor de la leche, el sonido insistente, y el cielo que despertaba con sus luces, con sus lluvias, con el viento de siempre, para un día más, inolvidable.

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