Saber que es una llave que enciende
Y luego apaga.
que somos, apenas,
tres puntos suspensivos encerrados entre paréntesis.
R.P.
Uno no está
presente ni cuando abrimos el primer paréntesis y ni estamos al final, cuando
se cierra. El primero viene así, esperado o no, inevitable, pero el Negro Jorge
se adelantó dos meses, sietemesino, tal vez el traqueteo del viaje de retorno a
casa, a la casa que todavía sus padres no habían inaugurado como hogar. Al
papá, milico de raza, zumbo obediente y mandón, le salió una misión de la que
nunca se supo su propósito, con una tropa de diez hombres hacia Los Toldos, un
paraje en medio de la pampa húmeda, en los confines de la provincia. Las cosas
se complicaron y le tocó quedarse un par de meses más. Y la mamá, la Dorita,
que acompañó al sargento, ocupó la casa del destacamento militar del pueblo, mientras
los muchachos de la tropa dormían en los vivacs de los alrededores. Cuando a la
noche la Dora empezó a gritar, que no daba más, que se le rompió la bolsa, qué
no podía ser, a Ceballos se le ataron las ramas. Llamó con su vozarrón de mando
a los soldados, que fueran al hospital a buscar a alguna partera, alguna
enfermera. Era una madrugada helada de agosto, los obedientes muchachos
salieron del vivac y uno de ellos, que después supieron todos que era medio
femenino, un contenido, bueno, se ofreció a colaborar con la parturienta,
notable el muchacho, como si supiera de qué se trataba o simplemente se arremangó
y ayudó a que el Negro Jorge llegara al mundo.
El Negro mostraba gracioso el pupo pulposo que le quedó, cómo habrá
atado el cordón vaya uno a saber, lo cierto es que el Negro nació asistido por
un soldado en un destacamento en medio de la pampa extensa en invierno. Cuando
llegó la partera Jorgito ya estaba prendido de la teta de la Dora. Quedó como
sietemesino como quedaban en aquel tiempo todos los que habrían sido
engendrados antes del casorio, ya se sabe.
O sea, apuró su llegada al mundo y estos entretelones lo tuvieron
preocupado hasta que fue un muchachote, la voz le siguió aflautada y la vida le
presentaba otras opciones.
Los tres puntos suspensivos del Negro Jorge son una cadena de
situaciones extremas, que van desde la entrada a la universidad, su inserción
en las luchas revolucionarias, la persecución, el ocultamiento en los barrios
periféricos de la docta, el destierro, y el alcohol con anfetaminas primero, y
drogas pesadas después que lo pusieron en los límites de la vida. Gracias a los
preceptos de AA, se alejó del mal, con una cirrosis expectante, expandió su
creatividad artística, ofreció sus trabajos serigráficos a entes de gobierno,
hizo mucha plata y emigró por su voluntad (hay versiones contrapuestas) al
viejo continente. Allá nació un hijo y de un día para otro, cuando vivía con
otros refugiados del mundo en un contenedor, se acabó la asistencia gratuita
del primer mundo; no es que fue puesto patitas a la calle, sino que lo
agarraron como chicharra de un ala, lo subieron a un avión y lo depositaran en
un hospital de acá. Allí lo encontré, desecho, partido, sin rumbo,
desorientado. Fueron algunos años y recuperó parte de su lucidez, de sus
capacidades motrices, de sus habilidades, aunque su ánimo, su mirada agria del
mundo, su vocación de reo, de amor a los bizarros más impresentables, lo fue
dejando solo.
Solo lo agarró la pandemia, y solo murió de muerte adelantada.
Apagó la luz y cerró paréntesis.

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