Una puerta de chapa a la izquierda de los ventanales de la parrilla El Patio, en la Bolivar, daba paso a un pasillo largo de apenas un metro de ancho por donde entraban los proveedores. Un pasillo a cielo abierto flanqueado por una pared altísima, la medianera del Instituto Médico y por una de las paredes del salón comedor. Casi hacia el final, antes de llegar al patio trasero que daba nombre a la parrilla, las ventanas de los dormitorios, de los padres y de los niños, con la vista gris de una pared y la entrada de un aire viscoso.
Por ese
pasillo entraban los proveedores. Pero además era la entrada obligada de otros
personajes, entre ellos Cabanillas, Corbatita y el Tatana. Cabanillas con sus
instrumentos de deshollinador para limpiar las campanas de la cocina y la
chimenea del asador. Con su mugre a cuestas, un hombre de porte grande, de edad
incierta que se llevaba, además de la escasa paga en dinero, restos de comida y
varias botellas de vino tapadas, conteniendo las sobras de vino de las copas de
los comensales, que con mis hermanos le juntábamos para él. Ese era Cabanillas,
cepillos y vino fraccionado. También por allí entraba Corbatitas, un hombre de
tez blanca, delgado, frágil que, como al señor Quijano del Quijote de la Mancha,
se le había secado la cabeza de tanto estudiar tratados voluminosos de
medicina. Él venía diariamente, con su corbata fina en el cuello de su camisa
blanca, con su sonrisa ida, a paso tímido por el pasillo a buscar la sobra de
los huesos para sus perros. Traía una bolsita de tela, se la cargábamos y se
desvivía en agradecimientos mientras salía apurado por el largo pasillo hacia
la calle.
También entraba por ahí un muchachito que
traía la leña o el carbón o la carne del mercado o las verduras. Después,
muchísimos años después, me volví a encontrar con ese muchachito, ahora
escobero, compañero de futbol, el Tatana Leal.
A ese pasillo,
escape a la libertad, muchas veces lo transitamos con Oscar huyendo a
escondidas hacia las fiestas de la noche. Hasta que fuimos descubiertos y se
escondió la llave de la puerta de chapa y tuvimos que acceder por los techos
del Instituto Médico con la complicidad de las enfermeras. Pensé en juegos en
su extensión, pero no, era un pasillo gris, despintado, con esa puerta de
emergencia si hubiera ocurrido Cromañón en aquel entonces. Fue por el 66, con quince,
dieciséis años, y la vida recién abría sus hojas para descubrir contenidos
inimaginables. Vendrían años después, pero ese pasillo trajo estos nombres de
Cabanillas y Corbatita. Luego supimos que Cabanillas tenía una casa de material
de buena factura, pero totalmente descuidada. Nunca supimos con quién vivía. Y
Corbatita provenía de una familia acaudalada o de abolengo, cuya casa estaba en
el corazón del Boulevard Roca. Sabíamos de dos hermanas, que seguramente lo
despojaron de todo. Esto es lo que disparó el recuerdo de aquel pasillo del
comedor El Patio que ahora, desde la calle no se puede saber si acaso lo techaron
o quedó como un corredor de aire en el ahora extendido Instituto Médico hasta
la mitad de la cuadra Bolivar.

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